Iniciamos nuestra cobertura del Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF, por sus siglas en inglés) comentando tres películas: dos propuestas latinoamericanas en clave lúdica y una película tan cruel que logró ahuyentar a decenas de miembros de la prensa en el pasado Festival Internacional de Cine de Venecia, proeza que repitió en Toronto.

La Llorona
Dir. Jayro Bustamante

La búsqueda de justicia y retribución política no se detiene en un género específico, sus implicaciones son tan vastas actualmente que permean los códigos y reglas del cine llamado de género, usualmente reservada a los solemnes dominios del cine documental o el melodrama. El cineasta guatemalteco Jayro Bustamante, famoso por la recepción de Ixcanul (2015), lleva un caso de genocidio a los lamentos de una figura mítica en el imaginario latinoamericano: La Llorona, título de su nueva película. Ésta presenta a Alma, una mujer que trabaja como empleada doméstica para una acaudalada familia en Guatemala. Enrique, el padre, fue responsable de la muerte de los hijos de Alma, quien ahora, después de un fallido juicio busca ajustar cuentas con el enfermo hombre.

Dentro de la película existen similitudes temáticas con algunos documentales de Patricio Guzmán –como La nostalgia de la luz o El botón de nácar–, particularmente en lo que concierne al duelo de las mujeres que perdieron familiares en los innumerables conflictos armados que han aquejado a Latinoamérica durante las últimas décadas. El duelo se convierte en una recurrente preocupación temática. En La Llorona, el horror proviene de los horrores descritos más que de los vistos. Bustamante dirige la película siguiendo todas las convenciones del horror contemporáneo esperando que la adición de un tema sensible y vigente le permita pasar como novedoso o “arriesgado”.

Si nos basamos en lo que hay en su trabajo, La Llorona podría ser una efectiva para cubrir la cuota semanal de cine de horror, sin embargo, sus intenciones la llevan a una zona gris, similar a la de Pájaros de verano (2018), en la pretendida “novedad” de mezclar un tema político con las reglas de un género fílmico. El problema radica en seguir las convenciones que buscar una genuina innovación.

Mi piel luminosa
Dirs. Nicolás Pereda & Gabino Rodriguez

Los trabajos más recientes del cineasta mexicano Nicolás Pereda orbitan sobre cierta necesidad de narrar y encontrar vías que permitan replantear la forma en la que podamos forjar un vínculo reparador con el mundo. Sea en el profundo sueño de los durmientes en Minotauro o los relatos de migrantes en Historias de dos que soñaron, Pereda encuentra en la narración un estado natural y más inocente que ingenuo para cada uno de sus personajes, virtudes (¿o defectos?) que también se encuentran en Mi piel luminosa, su nuevo cortometraje.

Partiendo de unas líneas del escritor Mario Bellatín, Pereda y Rodriguez, uno de sus más cercanos colaboradores, transforman el entorno de una escuela rural en un lugar que excede los límites de la educación con las posibilidades de la narración. La voz en off de Gabino detona ejercicios de imaginación en las imágenes registradas por Pereda, lo que puede dar la impresión de no tener un foco claro o ser demasiado disperso, no obstante las digresiones de Pereda buscan volver siempre a un lugar lúdico, inocente e ingenuo, pidiendo al espectador ser parte de dicho ejercicio. Una cualidad que ciertamente le puede traer luminosidad a cualquier piel.

The Painted Bird
Dir. Vaclav Marhoul

Un niño corre por el bosque –en un prístino blanco y negro– cargando un hurón que chilla. Otros niños finalmente lo alcanzan y someten, lanzan al hurón al suelo, lo rocían con gasolina y le prenden fuego. La película corta de un primer plano del hurón quemándose a la cara de su dueño. Una y otra vez. Así, resumido en su secuencia inicial, el principio de la abyección de The Painted Bird –película del cineasta checo Vaclav Marhoul, basada en los relatos de varios sobrevivientes del holocausto– que somete durante casi tres horas a todas las torturas posibles e imposibles a su protagonista: un puberto judío que busca cruzar Europa del Este ante la amenaza nazi.

Más allá de la mera crueldad, está el sensacionalismo y el choque con el estilo minimalista que Marhoul trata de imponer a su película, siguiendo lo hecho por maestros del cine checo como Frantisek Vlácil. En este minimalismo, en que cineastas como Vlácil dieron cabida a la sensibilidad e inteligencia dentro de lo cruento, Marhoul anula todo rastro de dichas características y si se asoma cualquier rastro de empatía o compasión debe ser aniquilado. Esto convierte a Marhoul en el verdugo de su protagonista, más que los propios nazis, un mercenario que cree que la tortura puede ser poética.

Si la gigantesca Ven y mira (1985), de Elem Klimov, hubiese sido dirigida por Mel Gibson tendríamos una película menos abyecta y despreciable que The Painted Bird, que en su intento por denunciar los horrores del mundo simplemente termina por convertirse en una extensión de ellos. Llamarla sádica sería darle cierta dignidad intelectual a una película carece de ello. No existen ideas alrededor del Holocausto, solo un horror tan expuesto que Marhoul no teme, sino desea.

Por JJ Negrete (@jjnegretec), desde Toronto

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