Hoy el Festival Internacional de Cine de Toronro (TIFF, por sus siglas en inglés) nos llevó de la serenidad de las manos de un masajista ucraniano, a la brutalidad de una violación en Canadá, para finalmente tratar de generar conciencia sobre el acoso escolar en Estados Unidos de la mano del maestro Mark Wahlberg. Aquí nuestro resumen del quinto día de actividades:

Never Gonna Snow Again
Dir. Malgorzata Szumowzka

En Elles (2011) y, de forma mucho más rigurosa, Cialo (2013), la cineasta polaca Malgorzata Szumowska demostró una preocupación particular sobre las formas en las que el cuerpo manifiesta enfermedades físicas y anímicas, así como los remedios que existen para sanarlo. La relación entre ambas es profundizada y, literalmente, elevada hasta lo metafísico en su nueva película: Never Gonna Snow Sgain (Sniegu juz nigdy nie bedzie, 2020), estrenada en el Festival de Venecia y presentada también en el TIFF.

La película de Szumowska presenta a un joven ucraniano llamado Zhenia, éste llega a un exclusivo barrio residencial en Polonia para ofrecer sus servicios como masajista a un grupo de vecinos, cada uno con un padecimiento más extraño que el anterior. El guión escrito entre Szumowska y Michal Englert es preciso al delinear a los personajes en lapidarias líneas –Mi hijo es autosuficiente, ordena Uber Eats por sí solo–, y se apoya en un meticuloso diseño de producción. Estos elementos no sólo guían al espectador, llevan a Zhenia (estupendo Alec Utgoff) a ofrecer no sólo masajes, sino hipnosis y técnicas de sanación, tan inusuales que bien podrían ser hasta más efectivas que el tratamiento médico más sofisticado.

Tomando elementos de Stalker: La zona (Stalker, 1979) para fines más sugestivos que explícitos, la película de Szumowzka plantea una serie de cuestionamientos que, como es usual en sus películas, quedan inconclusos, pero los misterios que se van sumando son tan efectivos que no dejan una sensación de frustración. Las mismas preguntas sobre el origen de Zhenia, así como lo que sucede con él después de un peculiar acto de magia, resuenan en el núcleo temático de la película, que pone en el sanar propiedades fuera de nuestra comprensión, cuya principal manifestación es a través del tacto de unas manos frías como la nieve.

Violation
Dir. Dusty Mancinelli & Madeleine Sims-Fewer

Hace unos días, desde la cuenta de Midnight Madness –la sección para cine de horror, gore o extremo del TIFF–, se sugería ver Violation, de Dusty Mancinelli y Madeleine Sims-Fewer, junto con Possesion (1981), del polaco Andrzej Żuławski. Aunque dicho experimento ofrece puntos muy estimulantes de discusión, vale la pena evaluar Violation en sus divergencias con la copiosa cantidad de proyectos que tienen una temática similar como eje, es decir, aquellas en las que una agresión sexual da pie a una historia de venganza, como El ángel de la venganza (Ms. 45, 1981), Venganza desnuda (Naked Vengeance, 1981), o las recientes Elle: abuso y seducción (Elle, 2016) o The Nightingale (2018), a éstas podríamos sumar películas que exploran la misoginia, como Audición (Ôdishon, 1999) o Me quedo contigo (2014).

En Violation, una próxima divorciada (la co-directora Madeline Sims-Fewer) visita a su hermana, con quien lleva años distanciada. Durante la visita su cuñado la viola y su hermana decide ignorarlo, entonces ella decide buscar venganza con una inusual ferocidad. La construcción del relato se basa en la tensión de dos momentos: la agresión y la retribución, sin embargo, la forma en la que Mancinelli y Sims-Fewer estructuran dicha tensión no es equilibrada.

La fragmentación de la narrativa hace que la escena de retribución se de a la mitad de la película, no al final, sin que ello merme el impacto de la misma. De hecho, lo perturbador de la secuencia toma una presencia ominosa en el resto del metraje que, sorprendentemente, es capaz de seguir acumulando tensión. Toda la violencia contenida en la venganza se contrae en el momento de la agresión original, filmada sin explotar el dolor de la víctima, sino enfocándose en elementos periféricos como el ambiente o los insectos, cuya presencia es recurrente a lo largo del filme. Amenazas apenas visibles que atacan silentes con efectos devastadores.

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Good Joe Bell
Dir. Reinaldo Marcus Green

Mark Wahlberg ha sido una presencia viril en las pantallas desde que empezó su carrera a finales de los años 80, sin embargo, su virilidad no es la de los viejos tótems hollywoodenses como Gary Cooper o John Wayne, sino que se encuentra en la tradición que atenuaron Arnold Schwarzenegger o Silvester Stallone y que encontró cobijo entre la población masculina de Estados Unidos, particularmente los obreros. Partiendo de esa breve genealogía, la figura de Wahlberg también se ha asociado a las tendencias más chovinistas de los Estados Unidos y, quizá por ello, su papel en la película Good Joe Bell resulte sorpresivo… incluso se puede dudar de la legitimidad de sus intenciones.

En el trabajo de Reinaldo Marcus Green, Wahlberg interpreta a un trabajador oriundo de Oregon, llamado Joe Bell, que hace un recorrido a través de Estados Unidos para generar conciencia sobre las consecuencias del bullying. Esta conciencia es generada a través de la relación con su hijo Jadin (Reid Miller), un adolescente gay que se integra al equipo de porristas y que sufre el intenso acoso de un agresivo grupo de compañeros de escuela. La tensión entre Wahlberg y Miller llega a puntos que brincan de la incomodidad a la hilaridad, algunas veces involuntaria: Mark Wahlberg cantando a Lady Gaga o recibiendo piropos en un bar gay.

A pesar de las buenas intenciones de la película, ésta está mucho más cerca de un inefectivo drama de Hallmark o un episodio de TV unitario (hubiera sido un detallazo poner a Silvia Pinal al inicio, por ejemplo), particularmente porque los personajes, así como la figura de Wahlberg que describíamos al principio, son precisamente eso, arquetipos cuyo distanciamiento afectivo impide que el mensaje de tolerancia sea amplificado a través de la emoción. El mundo es infinitamente más complejo de lo que Good Joe Bell pretende, pero, al menos, admite que hay algo podrido en la necesidad de reafirmar que solo existe una forma de ser hombre.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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