FICM | ‘Chronic’ & ‘Desierto’: entre Cuarón y Franco

La trayectoria del cineasta mexicano Michel Franco ha visto cumplida muchas de las glorias que cualquier joven realizador desearía tener: premios y reconocimientos a nivel internacional en los festivales más importantes del mundo, particularmente en Cannes, donde se acaba de hacer acreedor al premio por el Mejor Guión. Una decisión que en su momento recibió comentarios encontrados por parte de la prensa y la crítica internacional, quienes habían acogido el nuevo trabajo de Franco, Chronic, con cierta frialdad.
Tras haberlo premiado como presidente del Jurado de Un Certain Regard por Después de Lucía, el actor británico Tim Roth interpreta a David, un enfermero de pacientes terminales que invariablemente termina relacionándose afectivamente con ellos, tratando de paliar los lazos y cubrir las profundas deficiencias que él padece, convirtiéndose en un enternecedor e inofensivo impostor frente a otras personas. El nivel de contacto es tan sospechoso que la familia de uno de sus pacientes, John, un viejo arquitecto, lo demanda por acoso sexual.
Franco ciertamente evoluciona como cineasta al agilizar su narrativa, dejar de lado la gratuita opacidad y rampante amauterismo de Después de Lucía y permitir la irrupción de ligeros toques cómicos y un tono menos misantrópico (Haneke wannabe) que en sus previos trabajos, pero su acercamiento como “autor” parece continuar empecinado en tomas fijas y encuadres simples, distantes y secos que han contagiado a casi todas los trabajos que han salido de su casa productora Lucía Films, entre ellos Los herederos de Jorge Hernández, cinta participante de la competencia mexicana del FICM, que también repite, con menor éxito, muchos de los vicios del estilo de Franco, uno tan conservadoramente arrebatado como el controvertido final de su película.

  • Desierto
Hannah Arendt decía que la violencia nace de un sentimiento de impotencia, de la amenaza y terror que experimenta una psique débil, que encuentra en el acto violento, una reconfortante muestra de fuerza. Ante la coyuntura de un debate basado en odio racial propiciado por el conservadurismo yuppie de Donald Trump en Estados Unidos, el cineasta y escritor Jonás Cuarón, responsable de aquel fusil menor a Chris Marker llamado Año Uña (2007) y que después del colosal éxito de Gravedad, va de la cálidamente gélida Antártica de su maravilloso corto Aningaaq (2013) al desollador calor de la arena en la frontera en Desierto.

El astro mexicano Gael García Bernal interpreta a Moisés, un joven migrante que en su arduo trayecto por llegar a los Estados Unidos queda varado en el desierto junto a dos coyotes (Marco Pérez y Diego Cataño) y un grupo de otros migrantes que tienen la mala fortuna de coincidir con Sam (Jeffrey Dean Morgan), un furtivo cazador que armado con un poderoso rifle y un aguerridamente incisivo pastor alemán llamado Tracker, comienza una brutal cacería humana.
El filme de Cuarón es indudablemente tenso, debido en gran parte al ecléctico y vibrante score compuesto a base de percusiones y cascabeles del músico francés Yoan Lemoine también conocido como “Woodkid”, así como una edición aguda, un ritmo ágil y una brutalmente efectiva escena que involucra al pastor alemán, cactus y una pistola de bengala, pero tal como en Gravity, coescrita por Jonás, el minimalismo excitante no atiende a nada sustancial y bordea peligrosamente lo nulo. Al no tener un enfoque claro, el filme no resulta ni una aguda metáfora ni un cruel documento, sino un efectivo divertimento, uno nacido, cuestionablemente, desde el mismo lugar que nace la violencia.
Por JJ Negrete (@jjnegretec)
Los invitamos a revisar nuestra cobertura del 13° Festival Internacional de Cine de Morelia.

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