‘Después de Lucía’: Antes de Lucía, la trampa

El sufrimiento de una persona ante una situación genera gran impotencia en aquel que no puede intervenir, sentimiento recurrente en los dominios del cine, donde las vejaciones encuentran la manera de ofrecer un sádico entretenimiento y al mismo tiempo gran coraje y malestar. Esta idea ha sido explotada con creces por cineastas de talla internacional como Michael Haneke en Funny Games o Lars Von Trier en Dancer in the Dark y Dogville.

Sin embargo, donde Von Trier o Haneke pueden ser calificados como ‘morbosos o ‘misántropos’ , ha habido una creciente tendencia en el cine de corte ‘independiente’ (etiqueta cada vez más maleable) a distanciarse de la explotación y manipulación emocional con resultados dispares. Ejemplos recientes de esta alienante tendencia incluyen a cineastas como la argentina Lucrecia Martel (La Mujer Sin Cabeza, 2008), Sean Durkin (Martha Marcy May Marlene, 2011) o Markus Schleinzer (Michael, 2011).

El cineasta mexicano Michel Franco se ha unido a Lemon Films (que nos trajo cosas tan zopencas como Salvando al Soldado Pérez y Navidad, S.A.) para su segundo largometraje, que retoma el estilo de esta tendencia del cine mundial a alejarse de la emoción para dar imágenes frías, calculadas y cerebrales. A veces resulta y da un sentido perturbador, pero en Después de Lucía el estilo se siente plano, monotonal y con leves erupciones de shock, desprovista de cualquier retazo estética en la imagen.

Sin duda, Después de Lucía se trata de una cinta tramposa, dado que hace creer al espectador que el poder de sus imágenes y la convicción del mensaje son resultado de el plano estilo de Franco para dirigir, su parco trabajo con actores o su poco inspirado estilo auterista, el poder de la imagen viene del morbo que Franco aparantemente quiere evitar. Su dirección de actores es sin duda heredada de los ‘modelos’ bressonianos, donde no hay ‘actor’ sino ‘modelo’, con el cual se genera cero empatía y afecto.

Con una presencia tan marcada y dulce como es la de la encantadora protagonista Tessa Ia, presenciar los sufrimientos a los que es sometida por una trama calcada de La Rosa de Guadalupe nos estruja, incomoda y molesta, como lo es verlo en la vida real o en Corona de Lágrimas. Ver el sufrimiento de una niña ante tales situaciones y su pasividad antes las mimas es lo que genera la emoción en el espectador, pero esto no es mérito del director ni de su estilo. Las motivaciones de las personajes se encuentran tenuemente definidas apelando a una idea de ambigüedad que es tan nueva en el cine como un game boy color.

La película toca un tema que ha ganado relevancia en los últimos años, pero se limita a ser descriptiva de un caso sin generar en el espectador más que lástima y una pobre reflexión sobre el tema, fuera de que para frenar esto no contamos más que con el viejo adagio ‘ojo por ojo’. Que no haya confusión, esta película no habla sobre el fenómeno del bullying sino de una niña y su emocionalmente estreñido padre que cargan un trauma tan grande que se permiten ser aplastados por sus asfixiantes circunstancias, una de ellas, el mentadísimo abuso.

Nos encontramos ante una cinta que busca un acercamiento totalmente válido en no explotar el drama de manera barata y fácil, pero termina sintiéndose terriblemente plana, por veces forzada y artificial, con personajes incompletos, sacados de un repertorio digno de Amarte Duele, una cinta clasista que ha cegado a gran cantidad de gente con un mensaje arribista, oportunista y frío disfrazado de propuesta y honestidad. Lo único que sabemos al final es que Después de Lucía, solo está el engaño.

 Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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