‘Un hombre irracional’: Asesino por deseo

Los últimos tres lustros han marcado un parteaguas para la carrera de Woody Allen y, hasta cierto punto, la revitalizaron. Acostumbrado a trabajar incansablemente (al menos una película al año), Allen se vio forzado por la falta de productores de su amada Nueva York para visitar otras latitudes dentro y fuera de los Estados Unidos.

Ese cambio de escenario lo vio renacer y llegaron algunos grandes éxitos a su carrera como Vicky Cristina Barcelona (2008) o Medianoche en París (Midnight in Paris, 2011). Las nuevas perspectivas nutrieron su cine de manera positiva, como lo demuestra su nuevo trabajo detrás de la cámara: Un hombre irracional (Irrational Man, 2015), presentada fuera de competencia en el pasado Festival de Cannes.

La historia no es nueva, incluso Allen la ha usado en diversas ocasiones. Un bohemio profesor de filosofía, Abe (Joaquin Phoenix), llega a una pequeña universidad de Nueva Inglaterra, pronto se convierte en uno de los maestros preferidos de los alumnos por sus radicales puntos de vista sobre la vida y el mundo en general. Rumores sobre su vida personal comienzan a correr por los pasillos, que si se ha acostado con cientos de mujeres, un amigo suyo fue decapitado en Irak o su mujer lo abandonó por una persona muy cercana a su vida. Todos parecen estar embelesados por Abe, en mayor medida la también profesora Rita (Parker Posey) y una tímida alumna, Jill (Emma Stone).

A pesar de la atención, Abe está desencantado con la vida. Todo luce horrible y, como lo demuestra en una reunión con los estudiantes, está más cerca de meterse una bala en el cerebro que otra cosa. Su retrato está lleno de romanticismo, porque los ojos que lo miran lo han idealizado, sin embargo hay grietas por todos lados, esperando el momento adecuado para ceder. Un día, al estar en una cafetería, Abe escucha el relato de una mujer perjudicada por un juez corrupto. Ante la cólera, el profesor decide tomar cartas en el asunto y planear un crimen sin castigo, porque, según deduce, la única forma verdadera de transformar el mundo es dejando la pasividad a un lado para tomar la justicia en sus propias manos.

Estamos así ante un planteamiento cercano en espíritu a Crimen y castigo de Dostoievski, uno de los autores favoritos del director según lo ha constatado durante su carrera. Además es una anécdota que ha adaptado con anterioridad. Basta mirar Crímenes y pecados (Crimes and Misdemeanors, 1989), La provocación (Match Point, 2005) o Los inquebrantables (Cassandra’s Dream, 2007). La diferencia radica aquí en que aquellos personajes planificaban el homicidio pensando en un beneficio económico o social; el protagonista de Un hombre irracional no busca eso. Sus intenciones se presentan en un plano emocional/intelectual: desea acabar con la vida de alguien porque el resto del mundo se le ha cerrado y, aunque no lo admita nunca, busca un reemplazo para el placer del sexo que se le niega.

Es una presentación más cercana al cine de Alfred Hitchcock, casi una relectura de los motivos detrás de Pacto siniestro (Strangers on a Train, 1951) y La sombra de la duda (Shadow of a Doubt, 1943). A la primera en la presentación de un asesino en argumentos lógico y, la segunda, por la relación entre un hombre de edad y una jovencita que ven cómo sus culpas se transfieren al momento del crimen, a pesar de que en el clásico hitchcockiano la relación de los protagonistas era meramente platónica por ser tío y sobrina.

Ya sobre el asesino de Strangers in a Train, Claude Chabrol y Éric Rohmer habían escrito en su libro Hitchcock: “Pero este perfecto técnico del crimen, es en realidad un neurótico. Estrangular a la mujer de Guy (Farley Granger) fue para él tanto un placer como un cálculo.” Es una descripción que acomoda al protagonista de Un hombre irracional. Sus movimientos están presuntamente envueltos en una fría lógica, pero es su lado más salvaje el que lo orilla a cometer ese “asesinato perfecto” que tanto anhela en su cabeza. Lo suyo, afirma, como las viejitas de Arsénico por compasión (Arsenic and Old Lace, 1944), es más un favor a la humanidad en general, la única forma de mejorar el mundo y ver los resultados de inmediato.

Asimismo sucede una transformación similar a la de La sombra de la duda entre nuestros protagonistas. Cuando la inocente Jill descubre quién se esconde verdaderamente detrás de la máscara forrada de ideas y teorías, se aterra. Abandona la adoración ciega para cuestionar el mundo a su alrededor y, sobre todo, sus convicciones hasta que una caída al vacío resuelve los problemas de un porrazo.

Es el Woody Allen más misántropo que hemos visto en mucho tiempo, poniendo en boca de Abe mucho del desencanto que siente por la forma en que se mueve el mundo. Aunque el realizador se encarga de mantener la distancia con su protagonista. A diferencia de otras creaciones allenianas, Abe carece de los ticks que tanto las caracterizan, sólo hay lugar para sus meditaciones filosóficas. Por eso en cierto punto nuestro frío asesino compara sus maquinaciones con hacer arte, para él es una expresión más de su mente que encuentra salida a través de sus acciones. Bajo esa misma lógica, un homicidio hará más por su comunidad que despachar otro libro sobre Kierkegaard a las bibliotecas que pocos se tomarán el tiempo de leer.

Aunque lejos de ser perfecta (las actuaciones y el ritmo se sienten más libres que de costumbre), Un hombre irracional demuestra que Woody Allen sigue buscando caminos para expresar las ideas que le han carcomido a lo largo de su vida.

Por Rafael Paz (@pazespa)

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