Guasón: Jesucristo degenerado

Desde luego, la tarea de Joaquin Phoenix resulta extraordinaria, poco más puede decirse. Su habilidad actoral mutante, capaz de deformarse y adoptar pieles de personajes diversos —las más de las veces, dolidos en exceso—, le vuelve de un atractivo indudable…
Leandro Arteaga sobre No te preocupes, no irá lejos, en Página 12

Joaquin Phoenix, posiblemente el actor más camaleónico e imprevisible del cine actual, está perfectamente odioso, irascible, decepcionado con la vida.
John Tones sobre No te preocupes, no irá lejos, en Espinof

…nadie como Joaquin Phoenix para interpretar a este hombre hundido en su propio infierno…
Javier Pérez sobre Nunca estarás a salvo, en Cine Premiere

Nadie como Joaquin Phoenix, posiblemente el actor más camaleónico e imprevisible del cine actual, para interpretar a este hombre hundido en su propio infierno. Desde luego, su tarea en Guasón (Joker; Todd Phillips, 2019) resulta extraordinaria, poco más puede decirse: la cámara tiene la misma obsesión fetichista con cada gesto desmedido y cada vejación de su torso y espalda que El maquinista (The Machinist, 2004) tenía sobre Christian Bale. Cada plano está donde está para que Phoenix haga lo suyo. Carcajadas dementes, tics nerviosos, bailecitos autistas. Para los que vimos a Gabino Rodríguez retorcerse con sus walkman en Los ausentes (Nicolás Pereda, 2014), todo esto está un poco de sobra.

Mejor, a fijarnos en otra cosa: en la banqueta de una ciudad desbordada hay un payaso trabajando como anuncio humano. La película se llama The Crowd (King Vidor, 1928). Su protagonista, John Sims, es un joven soñador que un día voltea a ver a este payaso con superioridad. Se burla de él con su novia. Como si se tratara de un castigo divino, The Crowd lo lleva, a través de una serie de desgracias, a ponerse en el lugar del hombre por el que inicialmente mostró desprecio. No sé si así inicie la narrativa del ciudadano heroico en el cine estadounidense, pero sin duda John Sims fue uno de los primeros ejemplos del everyman que aprende una lección de humildad para rebajarse al nivel del otro. El arquetipo ha sido enaltecido por James Stewart, Gary Cooper, Clark Gable, Gregory Peck, Tom Hanks, Robin Williams y otro montón de luminarias de Hollywood. Es un hombre siempre virtuoso. Casi 100 años después, Joker retoma la imagen del cartel humano haciendo el ridículo en una calle sobrepoblada, pero pone el punto de vista en el despreciado, donde incluso el más mínimo acto de solidaridad de cualquier John Sims (que no hay muchos aquí) se entiende como una señal de absoluta hipocresía.

La realidad que se plantea alrededor de Arthur Fleck, el futuro némesis de Batman, parte del resentimiento colectivo a esos sujetos aparentemente bondadosos. Decíamos que el ojo de Todd Phillips está casado con la corporalidad y la locura de su personaje principal, pero también le da entrada a los rumores (a veces muy obvios, a veces no) de una ciudad consumida por la pobreza, el vandalismo y la impunidad. Fleck vive en un departamento jodido, tiene un empleo mediocre y su acceso a los medicamentos que regulan su enfermedad mental está mediado por un sistema de asistencia social precario y al borde de la extinción. En un vagón del metro, sucio de basura y de grafiti, un grupo de borrachos, uniformado con saquitos de escuela privada, acosa a una pasajera. No hay policías por ninguna parte y los únicos oficiales que vemos en toda la película son caricaturas de los detectives de alguna serie policiaca o de adaptaciones del mismo universo de Batman, completamente inútiles. Dos figuras públicas parecen vivir libres de todo esto: Murray Franklin (Robert De Niro), conductor de un talk show medio ojete al que Fleck idealiza por su aspiración al submundo de la comedia de stand-up, y Thomas Wayne (Brett Cullen), magnate, candidato a la alcaldía de Gotham y padre de ya-sabemos-quién. Dos beneficiados del sistema que podrían estar haciendo algo para ayudar a los demás en lugar de llenarse los bolsillos de dinero.

Que este señalamiento al privilegio se haga en un relato que forma parte de una franquicia de historietas y que pertenece a una línea de personajes emblemáticos de la cultura popular de Estados Unidos resalta aún más la contradicción fundamental de los supuestos superhéroes americanos y la industria que tienen como sustento: su intervención ha sido siempre aprovechada e invasiva; sus actos de caridad, una demostración incómoda de poder sobre los débiles. El clima político en Occidente sigue virando al populismo y al proteccionismo económico, con políticas extremas de exclusión y represión, mientras que la proliferación de antihéroes y la desmitificación del superhombre gana popularidad en el mainstream de la forma favorita de escapismo de aquellos que, aunque todavía no sufren las injusticias más crueles de sus respectivos gobiernos, ya la ven venir (gran parte del éxito de HBO debe proviene de ahí: todos necesitábamos ver que las princesas y los caballeros galantes eran unos cerdos en Game of Thrones o que la Liga de la Justicia es en verdad un club de cínicos y asesinos, más recientemente, en The Boys, ésta de Amazon Prime). Los ricos y poderosos no podían ser, encima de todo, justos.

De nuestro lado de la balanza, el Arthur Fleck de Joker no es exactamente un antihéroe de la clase trabajadora: es un santo para purgar la rabia animal de una sociedad insatisfecha. Después de ser literalmente pateado en el piso varias veces, Fleck tiene una retorcida toma de conciencia (o algo que se asemeja a una) que repercute de manera indirecta en una violenta manifestación en las calles. Aunque la relación entre las dos cosas sí es causal, Fleck no es un líder con la iniciativa de quemar el mundo (un revolucionario, pues), sino alguien que, por la radicalidad de su salud mental, comete los actos de brutalidad que la gente desesperada en situación de precariedad siempre había querido hacer para desquitarse. Y si él puede, los demás también.

Los asesinatos cometidos en Joker, además de estar desprovistos de espectacularidad o de glamour, están acompañados de una de las peores cosas que pueden suceder inmediatamente a la muerte: la risa. Será una ridiculez traer a colación el humor negro y sucio de ¿Qué pasó ayer? Parte II (The Hangover Part II, 2011) —basado en humillaciones físicas y gags que no deben hacerle mucha gracia a la comunidad trans—, pero, a fin de cuentas, es del mismo director que ahora reúne un apuñalamiento alevoso y un chiste de enanos en la misma escena. Los elementos humorísticos no aparecen para justificar el acto criminal ni para aliviarlo; por el contrario, acentúan el carácter grotesco de la violencia en contraste con una de las escenas más reveladoras de la hipocresía que mencioné anteriormente: para acercarse a Wayne, Arthur se cuela en un teatro opulento donde los miembros de la clase alta de Gotham se ríen a carcajadas de las desventuras de Charles Chaplin en Tiempos modernos (Modern Times, 1936), otra película que reúne al hombre promedio, el sufrimiento físico y la explosión demográfica. Si en la cinta de Chaplin la risa llega sin culpa, ¿por qué en Joker no?

Hablando de momentos elocuentes —y sin ánimos de arruinarle nada a nadie—, la escena para complacer fanáticos, forzada como todos los requisitos del cine de cómics, coloca al mito de Batman en un círculo vicioso fascinante: cuando la negligencia de un sector político genera criminales y violencia, esta violencia engendrará a su vez a los defensores del sistema de corrupción. El héroe de los privilegiados está justificado de nacimiento para erradicar al producto de su propio descuido y, así, saltarse la parte en donde se intenta llegar al fondo de los problemas.

Por Rodrigo Garay (@Rodrigo_Garay)

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