‘Transformers: La era de la extinción’: El alma del consumo

La capacidad de asombro es una de las chispas naturales que nuestra sociedad ha perdido poco a poco o, de cierta forma, han mutado de una manera impresionante. Cada día necesitamos experiencias más inmersivas, que produzcan una cantidad exagerada de estímulos para sentirnos parte del evento, olvidando que detrás de todo siempre habrá un núcleo narrativo.

Es claro que el monopolio de los superhéroes ha estado redefiniendo el curso de la industria del cine comercial. Sea cual sea la época, habrá un gran estreno acaparando las butacas. Pienso que esto se debe a la tremenda inteligencia de las compañías al saber cómo adaptarse a su entorno y evolucionar constantemente; a pesar de atropellar a los fans de hueso colorado, se han sabido ágiles en la construcción de nuevos seguidores de todas las edades. Michael Bay de cierta forma se dio cuenta de esto y aplicó el famoso “borrón y cuenta nueva” para que sus extraterrestes preferidos entren a la fiesta. El muy cínico hace burla de esto en un “metachiste” incluido en una de las primeras secuencias de la película.

Tal vez tú, como yo, te preguntaste alguna vez: ¿Qué demonios pasa con la población y la ciudad después de que un grupo de robots gigantes arman una pelea campal? Pues el resultado es un panorama totalmente destruido, al punto de que ambos bandos (Autobots y Decepticons) son considerados enemigos del planeta tierra. “Remember Chicago” es el nombre de una especie de campaña gubernamental en la que eres recompensado por ofrecer información acerca del paradero de alguna de estas máquinas.

Nadie quiere ser aplastado por un tráiler que puede hablar, excepto Cade Yeager (Mark Wahlberg con menos simpatía humana que Megatron), quien funge como una especie de inventor fracasado que, como buen sureño, es acumulador y compra objetos deteriorados esperando darles un uso mejor. Un día decide hacerse de un vehículo abandonado que resulta ser algo más que chatarra, lo cual le traerá grandes problemas con el gobierno de Estados Unidos. Se suman a su aventura Tessa (Nicola Peltz), hija de Cade, muchacha rubia frustrada por la actitud sobreprotectora de su padre y que no sabe qué es un reproductor de discos portátil, y su novio Shane (Jack Reynor), que al parecer lo único que sabe hacer bien en su vida es manejar a gran velocidad.

Como es costumbre, el bando de los buenos se encuentra muy limitado. Optimus, Bumblebee y tres nuevos amigos tienen que enfrentarse a la CIA, quienes se encuentran aliados con un cazador de tesoros intergaláctico, el cual busca destruir cualquier rastro de robots alienígenas en la galaxia. Por si esto fuera poco, el guión comienza a dar vueltas y vueltas abriendo nuevos panoramas y más enemigos invencibles. Las casi tres horas de duración no dan abasto para desarrollar tanta información, pero, ¡no importa! Tenemos una orgía de efectos especiales justamente pensada para rellenar todos esos vacíos narrativos.

Entre todos los temas que se quedaron volando entre balazos y gasolina se encuentran: el cuestionamiento de nuestro origen y función en el mundo. El desafío a la divinidad creadora. La introducción del tema de “El alma”, atribuyéndosela a las máquinas y el que considero más destacado: el poder de la industria del consumo sobre el gobierno y la sociedad. Esto último se desarrolla un poco más y no estoy seguro si esa era la intención. La película hace un uso desmedido, casi insultante del Product Placement. No había visto algo así desde Atlético San Pancho (2001). La presencia de marcas y comerciales es casi equiparable a la cantidad de ventanas destruidas. La cereza en el pastel resulta ser el tributo a Steve Jobs y su legado a la humanidad, o algo así.

Los fanáticos del cine de Bay encontrarán los clásicos elementos a los que se les tiene acostumbrados: piernas torneadas en mini shorts, carros caros y mucha destrucción. Lástima por los amantes de los dinosaurios, a quienes sólo se les cumple en los primeros minutos para dejarlos con un sabor demasiado amargo. Se extrañan los cameos que hacían más llevaderas las horas en las entregas anteriores. No hay rastro alguno de Sam Witwicky, o sus derivados. Lo único que queda es ambición y miedo de perder el control, tanto de los villanos de la historia como de Michael Bay.

Ojalá el título de la entrega resonara de mejor manera para darle una despedida digna a Optimus y compañía, pero lamentablemente no será así. Mientras tanto, Bay nos presenta su justificación para seguir exprimiendo a la franquicia de las máquinas sensibles y destruir todo rastro de infancia que pudimos haber tenido. Adiós para siempre, capacidad de asombro.

Por Oscar Rodríguez (@sadpizza)

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