Escuadrón 6 y la responsabilidad del fantasma

Si nos basamos en la tendencia del contenido audiovisual que se produce hoy en día alrededor del mundo, con plataformas nuevas como Tik Tok, podríamos pensar que existen dos principios estilísticos que la rigen: la brevedad y la saturación. Estos han caracterizado la filmografía del cineasta Michael Bay, cuyas películas condensan una fortísima carga ideológica y estética. Ésta ha quedado patente en títulos como Armaggedon (1998), Pearl Harbor (2001) y la saga de Transformers (2007-2015), a ellas se suma Escuadrón 6 (6 Underground, 2019), producida junto al coloso Netflix, quienes parecen no haber escatimado en los grandilocuentes excesos del esteta estadunidense.

Escuadrón 6 presenta la historia de un millonario creador de tecnología digital (Ryan Reynolds) que después de una reveladora misión humanitaria en la ficticia Turquistán, decide fingir su muerte para poder reunir un equipo de seis mercenarios que habrán de ayudarlo a derrocar el régimen de terror dominante en dicho país y ser, ahora, un garante de la “libertad y la democracia”. Si en Pain & Gain (2013), Bay exhibía el lado más grotesco de la convicción de grandeza y superioridad del estadunidense promedio, tipificado por un voraz fisicoculturista, en Código 6 dicha convicción es reivindicada con plástica pompa y pretendidamente ennoblecida por perseguir los ideales “democráticos” de “libertad” y “soberanía” de las que el gobierno estadunidense se asume como garante en el mundo.

Al inicio de la película, el millonario interpretado por Reynolds afirma que la mayor ventaja que obtuvo de fingir su muerte fue, después de tanto tiempo, ser “libre” y sobre todo, perseguir a los vivos por sus crímenes, privilegio que se asume como una vocación para extender esa noción de libertad a los pueblos oprimidos por regímenes autoritarios, muchos de ellos manejados por intereses de gobiernos extranjeros más poderosos e, incluso, del mismo gobierno estadunidense.

Tomando el sigilo y el anonimato como ideales, el equipo conformado por seis desconocidos –cuya identidad es neutralizada por un número– no podría ser más escandaloso y destructivo. Las ambiciones de discreción y sutileza quedan tan destrozadas como las calles de Florencia en la vertiginosa secuencia inicial, particularmente ilustrativa de las virtudes y vicios de la puesta en escena de Bay, perfeccionados en películas como The Rock (1996) o Armageddon y explotados hasta el punto de la abstracción en las películas de Transformers, particularmente en The Last Knight (2017).

Lo que hay en Escuadrón 6 es una integración de las tendencias del audiovisual contemporáneo que el mismo Bay contribuyó a crear desde sus videoclips: vigencia efímera, caducidad inmediata y belleza industrial, donde la diferencia esencial parece radicar en la velocidad de revolución, en su mesurada iconoclastia y en la hipererotización de la virilidad, no es casual que dentro de su desbordada persecución en coche, los personajes se tomen un breve espacio para contemplar la majestuosidad del David, de Miguel Angel.

La virilidad de la película y sus personajes es casi tan ingenua como su política, fundamentadas en convicciones asociadas al desbordado nacionalismo al que las películas de Bay son propensas, tan excesivas que irónicamente se convierten en parodias involuntarias, excepto cuando se toca la ética del soldado, tema que adquiere una vaga solemnidad en películas como Pearl Harbor (2001) y de forma mucho más contundente en 13 Horas (2016), película con la que Escuadrón 6 comparte ciertos ideales.

Después de que en la vorágine de cortes, sangre salpicada, chistes y volcaduras de auto que es la secuencia en Florencia, el equipo comandado por Ryan Reynolds pierde a uno de sus miembros y debe reclutar a uno nuevo. El elegido es un joven veterano de guerra (Corey Hawkins) que no pudo salvar a uno de sus compañeros por no habérsele sido autorizado un tiro. Actuar por encima del protocolo, o más bien, de la ley, dejando de lado la identidad civil y convertirse en un fantasma que pueda actuar con impunidad y sin dejar rastro de sus acciones parece ser el mantra del escuadrón de Bay, sin embargo lucen mucho más comprometidos con el espectáculo que con el sigilo, más mercenarios que fantasmas.

La bandera que se defiende no es la de los Estados Unidos, necesariamente, sino la bandera liberal-demócrata, auspiciada por los nuevos millonarios y con flamante empaquetado para atraer a las generaciones más jóvenes. Más que una glorificación banal, Escuadrón 6 encierra una serie de contradicciones tanto ideológicas como estéticas que ilustran la única certeza que existe en las películas de Michael Bay: la dispersión y la fugacidad, únicas características que comparte con los tan preciados fantasmas que este estridente escuadrón pretende emular.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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