‘Guerra de Papás 2’ y los milagros navideños

La Navidad (y por extensión Noche Buena) es una época, nos dice el cine, mágica. Donde los corazones más duros se ablandan, los ceños fruncidos encuentran razón de sonreír y cualquier cosa es posible. Basta creer y ser puro de corazón para lograrlo. Piensen en la manera en que George Bailey (James Stewart) encuentra su razón de vivir en Qué bello es vivir (It’s a Wonderful Life, 1946), el clásico navideño por antonomasia gringo firmado por Frank Capra.

Pocas películas se han atrevido a contar historias que no terminen en una epifanía similar y Guerra de papás 2 (Daddy’s Home 2, 2017). La cinta retoma las acciones donde la primera entrega las dejó: Brad (Will Ferrell), el papá torpe, y Dusty (Mark Wahlberg), el papá cool/aventurero, arreglaron sus diferencias, ahora hacen equipo para educar a sus hijos de la mejor manera posible. Además, Dusty se enfrenta a la indiferencia de su hijastra, quien continuamente rechaza su amor de padre. Las cosas se complican cuando los padres de ambos, moldes de sus vástagos, llegan a festejar las fiestas y el caos se desata cuando las familias intentan unirse.

Como buena secuela motivada por el dinero, Guerra de papás 2 repite casi nota por nota los puntos altos (en caso de existir) de la entrega previa, ahora con caras nuevas. Mel Gibson toma el rol del papá/abuelo cool, ligador, encantador y poco preocupado por los sentimientos de su retoño, mientras que John Lithgow hace de mentor aprehensivo y preocupado al exceso por crear una burbuja de protección alrededor de su delicada descendencia. El choque de estilos es inminente, como lo es, también, su navideña resolución.

La película aboga por encontrar un punto medio entre los métodos de crianza, sin criticar uno u otro realmente. Priorizar la tolerancia por encima de los demás como meta de cualquier familia. El mejor ejemplo es esa escena en que el abuelo Gibson ayuda a uno de sus nietos a “ligar” como lo haría un macho lomo plateado (incluyendo beso no solicitado y una nalgada porque “tienes suerte de tenerme”), los demás reaccionan con desconcierto pero al final lo aceptan porque el chamaco logró dar un beso. O aquellas donde los padres “sensibles” son ridiculizados (y llevados al extremo) por mostrar sus sentimientos frente a otras personas.

Guerra de papás 2 es, al final, un entretenimiento anodino, complaciente, perfecto pasatiempo para quemar un par de horas en un centro comercial con la familia completa. A veces, en estas fechas, es lo que más se necesita.

Por Rafael Paz (@pazespa)

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