Midsommar y la búsqueda de comunidad

Después de su paso por el décimo octavo Macabro: Festival Internacional de Cine de Horror de la Ciudad de México (Macabro FICH), Midsommar (2019), el trabajo más reciente de Ari Aster llega a nuestro país, consolidando a su director como una de las jóvenes promesas del cine en Estados Unidos.

Su nuevo largometraje nos transporta a un festival veraniego en Suecia, donde un grupo de estudiantes busca experimentar la fiesta (psicodélica) al tiempo que avanza en la investigación de su tesis. Una joven integrante del equipo, Dani (Florence Pugh), experimenta, además, con los sentimientos provocados por una reciente y cruenta pérdida familiar.

Dos de nuestros colaboradores discuten sobre la película:

Rafael Paz (@pazespa): Eric, ¿fuiste fan de Hereditary? Tal vez sea extraño iniciar con esa pregunta, pero me parece que las expectativas de cada espectador respecto a Midsommar tienen que ver con cómo recibieron la película anterior de Aster, sobre todo porque aquí vuelven a aparecer muchos de los temas (relacionados con la familia) que su ópera prima abordaba.

Eric Ortiz (@EricOrtizG): Me gustó bastante, aunque no terminó en mi top de ese año; en otras palabras, no la considero una obra maestra como muchos otros colegas.

Y es apropiado empezar a abordar Midsommar de esta manera dado que antes de los créditos iniciales, Ari Aster nos remite inmediatamente a Hereditary: otra vez salen a relucir temas duros como el suicidio y las dolorosas tragedias familiares. Asimismo, considero que Midsommar es una continuación de la forma en cómo Aster ha abordado el género del terror. Si en Hereditary ese potente drama sobre la pérdida gradualmente arribaba en un territorio por demás común del terror (la mamá intentando comunicarse con el más allá, por ejemplo) para luego desafiar las convenciones del género, Midsommar se tarda incluso menos en explorar un escenario cliché: los jóvenes universitarios americanos que, guiados por un amigo europeo, viajan a Suecia para experimentar cosas desconocidas en una comuna, aunque eventualmente encontrarán terror puro.

Más que seguir los pasos de una película como Hostal, de Eli Roth, en esta ocasión Aster indaga en un subgénero conocido como folk horror, del cual uno de sus principales exponentes es la inolvidable cinta británica de 1973 The Wicker Man, protagonizada por Edward Woodward (histrión a quien también recordamos por Hot Fuzz: Súper policías, de Edgar Wright) y el legendario Christopher Lee. Aster sigue el camino de The Wicker Man una vez que los chicos americanos se adentran en una comuna pagana que continúa practicando sus rituales ancestrales, obviamente ajenos a la modernidad, a lo que consideramos normal y, a últimas instancias, totalmente pirados y brutales para nuestros estándares.

Lo valioso de Midsommar es que, equivalente a lo que hizo en Hereditary, Aster logra brindar su propia voz a partir de adentrarse al folk horror. Por una parte, es vital que en el núcleo de la cinta se encuentren los problemas de pareja entre los protagonistas Dani y Christian (Jack Reynor); por otra, hay muchos elementos únicos que por supuesto la separan de The Wicker Man, ya sea la fotografía de brillo deslumbrante (todo ocurre de día), el retorcido sentido del humor o el ejercicio inmersivo al que nos somete el autor (esas tomas POV que buscan enfatizar los estados alterados de los personajes).

@pazespa: Me parece interesante que cites al folk horror, porque aunque Midsommar, sin duda, tiene referencias a ese subgénero del horror rápido las deja atrás, aunque suene extraño, el largometraje me recordó más a un drama familiar de Ingmar Bergman –del que Aster es declarado fan– que a cualquier cinta de horror folk.

Aster se cuida muy bien de mantener un equilibrio entre los elementos de terror y el drama. Su preocupación está en cuestionar al público: ¿quién es más primitivo? ¿La comuna con sus ideas de, precisamente, comunidad o los americanos, con sus deseos de imponer al individuo? Aster no quiere que tomemos partido sólo por la aparente “brutalidad” de las costumbres de los integrantes de la comuna. Es un ataque frontal a la audiencia.

Lo más sencillo habría sido dotar a los habitantes de las montañas de cualidades repulsivas o agresivas, una gran parte de las películas de horror en los 70-80 funcionan por ese miedo de los “civilizados” a lo desconocido. Aster conscientemente hace gris esa área del encuentro. Como si Secretos de un matrimonio y Holocausto caníbal tuvieran un hijo.

@EricOrtizG: Me parece que hay dos vertientes respecto a las prácticas de la comuna; la primera gran secuencia respecto a sus rituales es shockeante para los americanos (y la otra pareja británica que decide huir en consecuencia), pero fríamente es un suicidio de un par de viejos que han muerto felices por sus propias creencias. El ciclo de la vida ha llegado a otra etapa para ellos, un ritual equivalente a algunas tradiciones prehispánicas.

Tampoco se puede negar que terminan actuando de manera brutal, asesinando en retribución por las acciones idiotas de los americanos. Estoy de acuerdo en que Aster en ningún momento quiere que nos pongamos del lado de sus jóvenes protagonistas, al final del día Christian es un tipo detestable por donde se le vea (pésimo novio, plagiador de temas de tesis, egoísta, etc.) y sus “amigos” Josh (William Jackson Harper) y Mark (Will Poulter) no se quedan atrás, particularmente cuando se muestran irrespetuosos hacia la comuna (violan la santidad de un libro y orinan en un lugar venerado). Imaginen hacerle esto a una comuna que no escatimará a la hora de cobrar cuentas pendientes.

Y bueno, para contestar a tu pregunta, Midsommar no es, para nada, terror de jump scares (que mucha gente erróneamente piensa que es el único tipo de terror), sino que es continuamente desconcertante, un mal viaje que siempre nos encamina rumbo a un ritual que –como el ritual en The Wicker Man– podrá ser parte de las creencias de una comuna, pero que no deja de ser imaginería terrorífica y retorcida.

@pazespa: Precisamente esos castigos, de apariencia “brutal”, y sus ceremonias me llevan a pensar en la película como ajena al horror. En Estados Unidos, por dar un ejemplo, hay pena de muerte, un correctivo bastante severo que, aun para otras culturas occidentales, es propio de una sociedad violenta. Tal vez Midsommar esté más cercano al horror “antropológico” de algo como Death Line (1972), que nos invita a cuestionarnos sobre los efectos sociales del olvido en los estratos más bajos de la sociedad.

Me provoca más terror la idea de pasar unas vacaciones peleando con mi pareja que ser testigo de un sacrificio ritual. Eso si no se lo deseó a nadie.

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