FICG | Unas vacaciones del terror en ‘Tiempo compartido’

El frenético ritmo con el que vivimos nos ha condenado a alienarnos. Construir trincheras donde pocos caben. Crear sectas virtuales que tranquilizan nuestra soledad, aun cuando los pixiles nunca podrán compararse con el contacto humano. Es complicado sentirse parte de algo cuando las horas eternas de trabajo nos lo impiden. Tener una relación a largo plazo significa mucho trabajo, aun más agotador si hay hijos involucrados.

La primera película de Sebastián Hoffman, Halley (2012), tenía como protagonista a hombre que se descomponía poco a poco, su carne caía por su propio peso hasta disolverse. Algunos lo llamaron zombie, intentando categorizarlo, temerosos, tal vez, de verse reflejados en la descomposición de su cuerpo. En la distancia que la vida lo había obligado a tomar con respecto a los otros. Era un ejercicio interesante (incluso tomando en cuenta ese final discordante enmedio de un paisaje nevado) que pintaba a un cineasta con potencial. Alumno de Carlos Reygadas y de David Cronenberg por igual.

Su nuevo largometraje nos lleva a una semana vacacional de terror (y no precisamente al estilo de Pedrito Fernández) en el Caribe mexicano, aunque podría tratarse de cualquier destino paradisíaco alrededor del mundo. Al inicio de Tiempo compartido (2018) vemos cómo dos padres, Pedro y Eva (Luis Gerardo Méndez y Casandra Ciangherotti), llegan con su pequeño a un exclusivo resort, al cual accedieron gracias a una tramposa promoción, sólo para descubrir que sus habitaciones fueron apartadas por un error para una segunda familia. Ante el desconcierto, solo les quedará aceptar compartir el espacio con reticencia.

En otro punto del hotel, uno de los instructores, Andrés (Miguel Rodarte), rompe en llanto en una bodega para, después, sufrir un ataque frente a los clientes. La generencia lo condena a vivir en las entrañas de ese gigantesco Leviatán de diversión, donde un día tras otro deberá lavar, secar, doblar y acomodar las toallas de sus anónimos clientes. Su descontento lo llevará irremediablemente a chocar con el destino del personaje de Luis Gerardo Méndez.

El ambiente propuesto por Hoffman recuerda a un catálogo vacacional por su artificio, por esa sensación de imposible perfección que ofrecen los colores vibrantes y las inmaculadas fotos de familias creando “memorias permanentes” sobre la tersa arena. El realizador aprovecha esa perturbadora impresión para hablar sobre la descomposición familiar y el desgasta que provoca mantener una familia unida, además de pegarle un par de codazos al capitalismo salvaje que nos coloca en dicha posición.

Tiempo compartido es una comedia de humor negro (en ocasiones negrísimo) donde, de manera contraria a Haley, las personas retratadas se descomponen de manera interna hasta caer por la fragilidad de su espíritu. El personaje de Luis Gerardo Méndez, un papá básico de clase media (agobiado por las deudas y la post-depresión de su esposa), es sometido a un viacrucis de inclemencias, desde la forzosa convivencia con su indeseable vecino con Crocs y esposa portadora de trenzas playeras, que incontables veces interfieren con su vida matrimonial (aun estás a tiempo de darle al “Ratón”, su hijo, alguien con quién jugar), hasta el instructor de tenis celoso del atractivo físico de su esposa. Sus pesares se manifiestan de manera física, como el de Haley, no obstante sin llegar a pudrirse en vida.

La música sutilmente desconcertante (del italiano Giorgio Giampà) y la fotografía saturada (Matias Penachino) son clave para crear esta atmósfera de constante tensión plástica. Hoffman ha creado un relato, perturbador a ratos, sobre la locura que nuestro modo de vida nos provoca. El mundo que nos rodea, creado por nosotros e impuesto socialmente, es frágil. Está a un imprevisto de distancia de volverse hostil, impersonal y solitario.

El personaje de Miguel Rodarte, sin estar tan logrado como el de Méndez, se encarga de encarnar esa idea dentro de la película. Su matrimonio está destrozado por una tragedia familiar, la misma que le ha licuado el cerebro hasta llevarlo a percibir una realidad alterada.

Es la demencia de lo cotidiano, sufrida en un ambiente donde las personas pasan de manera fugaz. Los vendedores les dirán que firmar un contrato con el resort es entrar a un familia, sin embargo la verdad es diferente. No son dueños de un espacio, apenas de unos días en el “paraíso”, dos semanas al año en que pueden sentirse parte de algo, no obstante en la vida vaya a ser verdaderamente suyo.

Para Hoffman el capitalismo nos convierte en seres endebles, quebradizos, a merced de los deseos de alguien más. Nunca de los nuestros.

Por Rafael Paz (@pazespa)

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