‘Solteras’: Historia de una película desesperada

La comedia, particularmente la romántica, es uno los géneros favorecidos con el gusto de las audiencias mexicanas, quienes demuestran su preferencia con saludables números de taquilla. Hay seguridad, confort y una notoria displicencia en la gran mayoría de las comedias románticas con las que la audiencia busca divertirse, disociarse o evadirse. Esa es, también, la oferta de Solteras (2019), el más reciente largometraje de Luis Javier M. Henaine (Tiempos felices, 2014), una película más elocuente sobre el sistema de producción que del consumidor.

Estelarizada por Cassandra Ciangherotti, quien continúa demostrando un notable rango actoral, la película presenta la historia de Ana, una mujer que después de ser dejada por su novio ante la presión por casarse, termina envuelta en un grupo dirigido por la flemática dama Lucila (Gabriela de la Garza) cuyo objetivo es ayudarle a mujeres como ella a “sellar el trato” con el hombre que ellas deseen. En el grupo se encuentran otras mujeres en situación similar a la de Ana: buscan desesperadamente contraer matrimonio y esa intención es su único móvil.

La directiva de estas mujeres es clara y simple, como la de la película misma, pero ambas fallan justamente por que ninguna de las dos tiene claro para qué o cómo piensan llegar a dicho objetivo. Las supuestas victorias, tanto de la película como de su protagonista, son ilusorias, resultado de la inercia y el mínimo esfuerzo. A la película le urge tanto generar risas como a sus mujeres casarse, por lo que ambas generan más enfado y antipatía gracias a su terrible superficialidad.

El desempeño del ensamble femenino, completado por Irán Castillo, Eduarda Gurrola, Mariana Cabrera y Sophie Alexander Katz, desempata con la oquedad de un guión al que muy probablemente rasuraron hasta dejarlo completamente “pelón”, conservando únicamente su anécdota para moverse. Solteras usa el fracaso de sus mujeres como elemento cómico, pero el fracaso más evidente es el de la película y la creencia de que una mera anécdota puede empujar la película a las cotizadas risas o la identificación del público. ¿Qué similitud comparten la necesidad de casarse y la necesidad de hacer reír al público? Estabilidad financiera. Reír es bueno para los negocios, aunque ¿de qué nos reímos?

El problema de Solteras no radica en “forzar” un mensaje de liberación e independencia tomando impulso de las tendencias que dicta la agenda social, algo considerablemente problemático, sino que, sencillamente, la cinta no sabe exactamente qué quiere ser. Cuando menos es algo que la película puede darle a Ana (Ciangherotti) al final, aunque para Solteras, la fidelidad de la audiencia parece ser frágil, aún si los números en el banco son saludables. Un matrimonio por puro interés.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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