‘Non-Stop’: La altitud de la lógica

Un viaje en avión parece presentar siempre una ansiedad inherente, la de llegar o la de regresar, que se ve incrementada por la espera angustiante dentro de una cabina presurizada, cuyas ofertas de distracción consisten en un menú de cintas en su mayoría execrables, o literatura que tiende a lo desechable, pero que cuando son efectivos, recanalizan nuestra ansiedad a un lugar servicial, a una tensión efímera que genera un vértigo superficial, la impresión de una emoción real. Esto es lo que despierta un thriller como Non-Stop: Sin escalas (Non-Stop, 2014).

Continuando con la línea trazada por películas recientes como Flightplan (2005) o Red Eye (2006), la cinta toma la historia de un Air Marshall borrachales, recién enlutado por la muerte de su pequeña hija, que durante un vuelo recibe en su teléfono mensajes de un extraño que le pide 150 millones de dólares, que, de no recibir, hará que cada 20 minutos muera uno de los pasajeros, pero lo peor del asunto es que lo único que se servirá en el avión serán bolsitas de cacahuates japoneses. Nuestro protagonista es la peculiar estrella de acción, Liam Neeson (así es señora, el de Michael Collins), acompañado de la MILF par excellenceJulianne Moore y los prometedores Corey Stoll, Scott McNairy, Michelle Dockery y Lupita Nyong’o, como una azafata del avión privado de MC Hammer.

Esperar novedades en las ficciones de aeropuerto es siempre un ejercicio fútil, lo cual no es la excepción con Non-Stop, donde varias de las sorpresas y “giros de tuerca” no son más que el producto de un ejercicio de taller de escritura angelino que estira y exprime la trama hasta lo risible e inverosímil, pero este es un lugar donde la lógica se despresuriza, encontrándose absorta por la necesidad de vértigo y asfixia disfrutables, adornadas con un atractivo texting en pantalla, la extensión de un lenguaje gramático-visual ampliamente reconocible para nuevas audiencias.

Por supuesto, la cinta no sólo se alimenta del plot device, sino que aprovecha la ocasión para hacer apuntes sobre la cuestionable ética de la orwelliana seguridad estadounidense post 9/11, la vorágine mediática y su caudal de opinología arribista, así como un pasaje racialmente ecléctico en respuesta a las necesidades de un mercado global, tan sutiles como un día de guardar con Courtney Love o Miley Cyrus.

Non-Stop es una película de tics y gestos tan reconocibles que se presenta a sí misma como el snack ideal a su propio medio, la ficción que se devora en medio de la fatiga viajera, una enérgica parábola sobre la seguridad que dinamiza el traslado, pero que muy difícilmente nos acompaña una vez alcanzado el destino.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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