‘Wonderstruck’ y la detención pasiva

Coleccionar los objetos, porque la memoria no nos alcanza. Acomodarlos por aromas, texturas, tiempos, colores y sentimientos. El coleccionista quiere condensar el tiempo porque necesita la imagen que lo hizo sentir vivo. Organizar la memoria para regresar a ella cuando no haya norte, ni oriente.

Todd Haynes establece una narrativa paralela disociada por medio siglo: una novela que desglosa la búsqueda infantil; la más entrañable y furente, por ser la primera. Rose (Millicent Simmonds) escapa de casa de su padre para reunirse con su madre (Julianne Moore), una actriz que se está presentando en Nueva York. La fisura temporal que habita la historia de Rose es la de 1927, el espacio necesario que Haynes recupera para desarrollar su homenaje al cine silente. Rose recorre las calles de Nueva York en blanco y negro, demarcando los espacios que cincuenta años después conocerá Ben (Oakes Fegley), un niño que tras de haber perdido a su madre, queda sordo a causa de un accidente. La búsqueda de un amor fraternal es lo que empuja a los niños a transgredir su tiempo para llegar a otro espacio.

La música es un hilo conductor en la ubicación de los recuerdos: el director estadounidense ofrece recorridos por Nueva York con percusiones que oscilan entre el jazz, el funk y el disco; la paleta psicodélica de de 1977 contrasta con la sobriedad monocromática de la memoria de Rose y los acompañamientos con piano. Ser niño no sólo no es sencillo, se convierte en una tarea titánica cuando se es un relegado. Vivir en un mundo diseñado para la normalidad es la ilusión más grande que el orden ha tratado de imponer; por eso, quien alcanza a ver a través de la tela ficcional, resignifica el mundo, lo transgrede, lo apropia y lo transforma (The Shape of Water, Guillermo del Toro, 2017).

Todd Haynes no sólo utiliza la temporalidad para ligar dos historias que se beben a sí mismas, que están condenadas a repetir la memoria olvidada, sino que recurre a un no-lugar para ser habitado por la rebeldía y la disidencia: el museo. Ajeno, inmenso, frío y distante, el museo de historia natural devendrá en el espacio cálido para quien busca refugio. La disidencia, con la suficiente fuerza siempre resonará: en el camino en solitario que emprenden los niños, encontrarán en la empatía el cariño necesario para llegar al sitio al que pertenecen: “We are all in the gutter, but some of us are looking at the stars”. Sólo quien ha sido atravesado por el dolor de la violencia, puede reconocer en el otro, su propio sufrimiento. Nada es gratuito en el mundo de Haynes, la clara exposición de su imaginario en Carol (2015) nos lo demostró, así como nada es casualidad en sus historias periféricas: Ben, un niño que ha quedado sordo, es ayudado por un latino y su amigo de raza negra para encontrar un pedazo de anhelo, de memoria viva. Rose, una niña sorda de nacimiento, es despreciada por ambos padres y encuentra refugio en su hermano, un artista e intelectual que vive solo.

Haynes expone que si bien los espacios y las narraciones nunca son coincidentes, sino necesarios; no logra llegar nunca a la transgresión del ciclo, su narrativa se bebe a sí misma para mostrarnos los hilos, pero nunca logra romperlos: “Though I’m past one hundred thousand miles / I’m feeling very still”.

Por Icnitl Y García (@Mariodelacerna)

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