Mórbido | El vértigo del confinamiento: ‘Casa Lobo’

Huir es el primero paso de la sanación, romper el ciclo y buscar una salida, pero no puede ser la única acción que tomemos para resolver el rompecabezas que existe en nuestra mente. Podemos recorrer el mundo entero y los demonios que nos atormentan seguirán cada camino que tomemos, viajan con nosotros, seguros de poder mantener el paso hasta el final.

La protagonista de Casa Lobo (2018) ha huido de sus captores, a los que se refiere de manera periférica en sus diálogos, sin explicar del todo dónde se encontraba o quiénes eran. Las referencias son vagas intencionalmente, porque una cabeza fragmentada como la suya no tiene otra manera de expresarlo. Esto podría frustrar a una parte del público, pero la cinta animada no tiene la intención de ser un documental sobre el verdadero caso de la Colonia Dignidad, que hace unos años sacudió a Chile.

Los directores de la producción, Joaquín Cociña y Cristóbal Léon, buscan transmitirnos el estado mental en que se encuentra su protagonista. La separación que se ha dado entre la realidad y la pesadilla a su alrededor. Esta es una película sobre sensaciones, áspera y dura, inspirada fuertemente por las primeras animaciones de David Lynch y el trabajo del cineasta Jan Švankmajer.

Casa Lobo tiene un impacto emocional especial gracias a la técnica de animación con la que Cociña y León narran su historia, utilizando materiales de desecho y el interior de una casa para plasmar en cada uno de sus rincones aquello que sucede en la mente de la protagonista. Es un trabajo meticuloso que, según reportes, tardó casi un lustro en completarse, hay en cada detalle una carga de significados imposible de evadir.

Al trasladarnos a la intimidad mental de su personaje principal, donde la pesadilla impera, Casa Lobo se transforma en una película de terror, aunque no en el sentido en que funciona algo como Pesadilla en la calle del infierno –por poner un ejemplo–. El terror surge al ver nuestros propios miedos reflejados en esas paredes que colapsan, en esos rostros que pierden color, en las imposibilidades de nuestra propia mente.

El descenso a lo más oscuro de la conciencia es de un vértigo abrumador.

Por Rafael Paz (@pazespa)

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