‘Mad Max: Furia en el camino’: La ecología de los salvajes

Las carreteras áridas se han convertido en un paraje común en el paisaje australiano. Se dirigen hacia las desoladas fronteras que se asoman sobre asfalto caliente, protagonistas de la excitante persecución al centro del más reciente filme del septuagenario cineasta australiano George Miller, Mad Max: Furia en el camino (Mad Max: Fury Road, 2015). Estrenado oficialmente en el Festival de Cannes de este año, este se ostenta como uno de los mejores filmes de acción en lo que va de este cáustico año.

En esta revisión al mito creado en 1979 bajo las reglas del sub-género conocido como ozploitation, Miller presenta en su nueva versión del guerrero del camino al parco Max (Tom Hardy), atormentado por visiones de su hija y esposa perdidas, el cual en un desolado contexto post-apocalíptico es tomado como “bolsa de sangre” de un guerrero llamado Nux (Nicholas Hoult), quien junto a otros vive al servicio de Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne, el amenazante antagonista de la Mad Max original), un tirano que mantiene el control del agua para los pocos sobrevivientes de un holocausto anónimo. Max se unirá a la empresa de la vigorosa Emperatriz Furiosa (Charlize Theron), quien en un viaje para surtirse de combustible se revela contra Immortan Joe, secuestrando a sus jóvenes y lustrosas esposas.

Miller rescata la abigarrada imaginería punk-glam de su popular saga Mad Max, particularmente de la segunda parte, rodada en 1981, revigorizándola con virtuosos stunts, sumergiéndola en audaz explosión de colores naranjas, ocres y amarillos, así como un trepidante trabajo de edición que nunca pierde la trayectoria central a pesar de contar con una abrumadora cantidad de violentas digresiones y aparatosos obstáculos que hacen de una simple huida un evento que reivindica la figura femenina y el anhelo del retorno a una utopía misocéntrica.

Decir que Mad Max: Furia en el camino es de tilde feminista sería bastante precipitado, considerando que a pesar del vigor y temple de un personaje como Furiosa, interpretado con maternal rabia por Charlize Theron, no estamos ante una reivindicación de la feminidad más que la disolución de géneros en un contexto post-social. Furiosa, más que defender su género, defiende a su pueblo, una especie de tribu de pulcras amazonas que busca llevar, en casi bíblica odisea, a una tierra prometida que es tan real como la mano izquierda de la diligente Emperatriz.

Por su parte, el Max de Tom Hardy, tan calladito y seriecito como de costumbre, resulta ser un solitario que rechaza todo protagonismo o heroísmo, siendo una “bolsa de sangre” durante todo el primer acto del filme para ceder control a las féminas durante el segundo y finalmente convertirse en un engranaje más del finamente orquestado y salvaje acto final. El verdadero protagonista es un personaje abstracto pero esencial para el filme: la carretera misma.

Poblada de monstruosos compuestos automovilísticos que devoran combustible y lo excretan en estridentes flamas, el camino dirige el rumbo de los personajes, retándolos a través de una majestuosa e intimidante tormenta de arena o desesperándolos en su búsqueda de una tierra por mucho tiempo perdida, además de estar saturada de monstruosa testosterona que por un lado plantea una árida versión de  la panacea masculina proveniente de la  mitología nórdica, el Valhalla, prometida a los guerreros devotos de Immortan Joe y que por otra parte bordea o rebasa el absurdo, como el carro Guitar Hero con una pared de bocinas, búfers y un demencial guitarrista que interpreta el retorcido score sinfónico/metálico del fundador de NERVE, Junkie XL, que no tiene sólo una, sino varias apariciones a lo largo del filme, ofreciendo un desorientador “alivio cómico”.

Lo más notable en un filme como Mad Max: Furia en el camino es la visión y noción que tiene del cine de acción, particularmente para Miller, un cineasta que se forjó haciendo cine de serie B en Australia, logrando traer a su más reciente trabajo el vertiginoso y álgido espíritu de las mismas, rebosantes en acción y cuidada violencia que son perfumadas con la nítida cinematografía de John Seale, momentos de mugroso y absurdo lirismo para así construir una interesante, aunque inconsistente alegoría sobre el holocausto en vida: un mundo en el que arena y acero reemplazan a la humanidad y sus recursos naturales, por que el hombre avanza más en una carretera con petróleo que con agua.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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