Macabro | ‘The Devil Rides Out’ y la moraleja de la cruz

Es imposible rastrear los orígenes de la magia; su práctica milenaria  tampoco puede delimitarse en un espacio específico. Sin embargo, sabemos que desde el siglo XV su estudio y praxis “salieron” de la esfera oculta y maligna para convertirse en una forma de conocimiento serio y exclusivo de la élite intelectual. La dicotomía entre bruja(o)/mago se ve acentuada a partir de las investigaciones de filósofos como Ficino, Agrippa o Pico della Mirandola. Cobijados en el seno de la aristocracia sus estudios no se vieron interrumpidos, por el contrario, la alta magia se relacionaba con la medicina, astronomía, astrología, alquimia y filosofía. La magia baja (brujería), practicada por los curanderos del pueblo principalmente, era condenada en la medida que el cristianismo la repudiaba. Esta contradicción trajo consigo una época de tortura y asesinatos en nombre del Santo Oficio cuando en las grandes salas de los castillos se procuraba la experimentación y el avance científico que tenían por fundamento el conocimiento de la vox pupuli; de la magia baja.

The Devil Rides Out (Terence Fisher, 1968) aborda el ocultismo, la ciencia y la religión como núcleo de su narrativa. El Conde Richleau (un elegante y sabio Christopher Lee) y su amigo Rex Van Rym (un impulsivo y enamoradizo Leon Greene) van en busca de su protegido, un joven inexperto que está por iniciarse en una secta satánica. El sacerdote supremo de la secta es Mocata (el Mourinho inglés de ojos azules Charles Gray) quien está por rebautizar a Simon, el del mentón inflamado (un ingenuo y maleable Patrick Mower) y a Tanith (Nike Arrighi). El filme producido por la Hammer (compañía inglesa llevó a cabo una importante cantidad de películas de cine de terror entre 1950 y 1970) expone un enfrentamiento entre el bien y el mal mediado por la magia, práctica que “no es ni buena ni mala, sino una forma de influencia en la voluntad y consciencia de otra persona”. La magia como ciencia y la hipnosis son las fuerzas que Terence Fisher pone en enfrentamiento. El sutil uso de la iluminación en el filme, construyen las atmósferas que acentúan la sensación de lo incognoscible y lo misterioso. Por otro lado, la cámara fina y eficiente, hace que el espectador intuya la acción que está en distintos planos y logre unificarlos; close ups a un magnífico Mocata de ojos de muerte azul, secuencias de acción en una persecución de autos y aquelarres bacanales (de un imaginario muy hippie presente en la década: Seconds, John Frankenheimer, 1966), hacen que el terror no se reduzca a la cabra de Mendes, sino a las múltiples manifestaciones de lo malévolo.

Para evitar que el Black Sabbath de lugar en la noche de los Walpurgis, el Conde Richleau y Rex llevan a su amigo y a la novia del demonio a la casa de amigos cercanos; el matrimonio Eaton. Ahí se efectuará un contrarritual que buscará contrastar la multiplicidad de formas en las que el mal se manifiesta. El subtexto del filme (evidente también en Drácula, 1958 y en The Gorgon, 1964) de moral cristiana, derrotará al escepticismo y a la superstición, a la naturaleza como lo distinto, lo incognoscible y lo oscuro y a las proyecciones  subjetivas de angustia  que pueden descansar en cualquier figura; la más recurrente, una tarántula. El dominio de las fuerzas naturales siempre exige algo en retribución, si el ángel de la muerte es convocado, alguien debe cabalgar en las flamas del tiempo cíclico. La salvación no llega a través del Val Helsing de barba y traje impecable, ni del ritual, ni la sabiduría misma; sino de una forma pura de cariño, que no es el amor contingente entre Rex y Tanith; una figura pequeña y de cabello largo, de abrazo inmediato y que no podía ser de otra forma: “Dejad que los niños se acerquen a mi”.

Por Icnitl Y García (@Mariodelacerna)

Toda nuestra cobertura del décimo cuarto Macabro FICH.

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