Macabro | ‘México bárbaro’ y el terror de lo cotidiano

En este sentido, pienso que todas las fantasías tienen un trasfondo que es político.
¡Y qué mejor manera de conocer esa realidad de la que uno va a hablar que a través de una fantasía bien hecha!
Guillermo del Toro

Un proyecto independiente con ocho realizadores que respetan y admiran su trabajo mutuamente, se juntan para hacer una antología de cortometrajes de género. Las ganas de hacer cine no se agotan en la falta de presupuesto, por ello, Lex Ortega (Lo que importa es lo de adentro, 2014) convoca a un grupo ecléctico que reinterpreta las leyendas de terror mexicanas. Siguiendo el mismo criterio de elección que tuve en 13 Historias Estranhas, me enfocaré en los cortometrajes, que por arriesgados o bien construidos, detonaron una forma específica de leerlos.

La cosa más preciada (Isaac Ezban, 2014). Javier y Valeria se escapan de la escuela un día entre semana a un hotel-cabaña dentro del bosque para poder descifrar la muerte chiquita o al menos conocerla. El amor adolescente, tan menospreciado por el mundo adulto, conserva la ingenuidad y el poder que la madurez (jodidez) del adulto bebe a tragos oscuros. Escaparse para intoxicarse y hacer una ensalada (Ensalada Rochester, Rodrigo Márquez Tizano), vagabundear en las cafeterías del centro con versos a cuatro manos (Detectives Salvajes, Roberto Bolaño) o la iniciación sexo-naif-mustia de Fonchito (Elogio de la madrastra, Vargas Llosa), tienen una fuerza de memoria y acción que el adulto ya olvidó, y no sólo eso; su sustancia ha sido corrompida. Desde el principio del cortometraje, un discurso cotidiano machista y violento expone el subtexto de la narración; la valentía que da la lejanía y el pseudo anonimato incita a los despachadores de gasolina a escupir su deseo reprimido sobre la adolescente: “¿Tras tupper? Porque te voy a dar hasta para llevar”. Carcajada del público; de hecho, a partir de aquí, la mayoría del público en el Museo de San Fernando no dejará de  hacerlo. Al llegar, el conserje de las cabañas, interrumpiendo el preámbulo ansioso y torpe de Javier, les advierte que no dejen nada fuera, que cierren bien puertas y ventanas, porque el bosque no es de ellos. Valeria quiere un día especial; que en su encuentro con la muerte diminuta, pueda vaciar sus alientos. A la noche pertenecen los demonios y  los cuerpos que se buscan en la sal, en la marea y los gemidos. Alguien desde el bosque acecha; un chaneque lleno de pústulas, fluídos y perversiones contenidas. Repulsivo y violento, el chaneque tiene forma humana, porque lo humano puede alcanzar formas aberrantes. En medio del bosque, en la búsqueda desesperada de Javier, la entidad grotesca viola a Valeria; encuadres al pene granuloso e infectado del chaneque, los ojos histriónicos de la adolescente y la banda sonora hacen que el público no deje de disfrutar una violación jocosa. Al amanecer, un desolado e impotente Javier contempla los restos de su novia y la última ironía, no por última menos jodida, la aprehensión de Javier por los policías municipales.

Ezban nos ha hecho ver que los adultos hemos perdido algo, que nuestra visión torcida y podrida de la realidad tiene la mirada corta; ha hecho que el público estalle en carcajadas al presenciar la penetración violenta de un cuerpo y lo olvide a los dos minutos. Ezban entiende que el arte y la técnica tienen un potencial catártico (colectivo), pero con la misma intensidad y en sentido contrario, una manera de olvido e indiferencia (individual) que nos vuelve manipulables, egoístas y perversos. La cosa más preciada, el reconocimiento del otro, se ha roto en carcajadas.

Lo que importa es lo de adentro (Lex Ortega, 2014). El espacio y el tiempo son fundamentales en la construcción de una historia; su cuidadosa elección tendrá repercusiones en la memoria. Sea ficcional (Macondo, Comala) o de asidero real (La casa de Aura en Donceles o el café La Habana de Arturo Belano), el espacio tiene un lugar tan fundamental que por momentos puede devenir en personaje.  La narración de Ortega ocurre en Tlatelolco, en un departamento del edificio Chihuahua. Laura, una niña que tiene trastornos de lenguaje, escapa de su frustrada y violenta madre mirando a través de la ventana; por otro lado, su hijo, sin ninguna condición física específica, es tratado con cariño.

En la plaza, un chiffonnier maldito, recoge la basura del edificio. Su perversión le permite ser lo suficientemente amable para acercarse a los niños sin que la madre sospeche. El ropavejero, el coco, tiene cuerpo y deseos; estrangular infantes para luego violarlos. Laura sufre la desgracia de ver cómo el ropavejero secuestra a su hermano para matarlo; sus gritos e intentos de avisarle a su madre son infructuosos. Por la noche, la madre rota, suelta sus gritos que no tienen eco, lágrimas que encontrarán el vacío. En la misma plaza donde asesinaron a jóvenes décadas antes, lloran las madres de los hijos secuestrados y destazados. Un espejo inteligente y cronotópico  es el cortometraje de Ortega; impunidad, angustia y desesperación se condensan en una plaza que bien puede ser llamada terror.

Por Icnitl Y García (@Mariodelacerna)

Toda nuestra cobertura del décimo cuarto Macabro FICH.

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