Macabro | ‘Nosferatu’: La sombra del vampiro

En el resplandor dorado del cine mudo, el folclore del vampiro encontró su primera plataforma creativa a través del expresionismo alemán de la época, siendo Nosferatu (1922) calificada no únicamente como la primera cinta de vampiros en la historia del cine, sino también como una de las referencias más icónicas del horror, mucho antes que el género en sí se viera afectado por clichés y concepciones sui generis como Crepúsculo.

En la ficticia Wisborg, Hutter (Gustav von Wangenheim), un vendedor de inmuebles, es enviado a Transilvania para ver a un cliente, el Conde Orlok (Max Schreck), un vampiro que se obsesiona con mudarse hacia la ciudad alemana, y en Ellen (Greta Schröder), la esposa del joven. Así, una serie de acontecimientos amenazarán al poblado y a la pareja.

Tratándose de la primera cinta inspirada en el Drácula literario del escritor irlandés Bram Stoker, el periplo del realizador alemán F.W. Murnau en su visión vampiresca, ensombrecida en su época a causa de problemas de derechos de autor con los familiares de Stoker, encontró con el paso del tiempo un estatus de culto significativo, similar al que obtuvieron cintas congéneres alemanas como El Golem (Der Golem,  1920) y El Gabinete del Doctor Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, 1920).

Dentro de una narración lineal que poco a poco entrelaza el misterio de Nosferatu y las consecuencias de su andanza, el horror no se encuentra en ningún tipo de sobresaltos ni en el sadismo, recursos sobreexplotados en las cintas modernas del género, sino en la intención de sembrar una sutil incertidumbre y amenaza en el ambiente en que se desarrolla, acompañado por poderosas imágenes representadas en la presencia del propio vampiro, sin importar si es en las sombras que habita o en el rincón menos imaginado en el curso de un día.

Al igual que su contemporáneo, el austriaco Fritz Lang (Metrópolis), Murnau se apoya en la concepción visual de la corriente expresionista, remarcando a través de su escenario el dramatismo, la psicología y el modus vivendi de sus personajes, en la arquitectura y en los interiores.

Conjugando en los diversos actos del relato lo concerniente al propio origen de Nosferatu en una lírica un tanto poética y con una evocadora fotografía que ensalza el peligro real e invisible que representa la presencia de un ser obsesivo y engañoso, el romanticismo se torna en una característica propia más aproximada a su lado oscuro. No sólo es visible en la exaltación del amor entre Ellen y Hutter, uno optimista que sucumbe paulatinamente ante la desesperanza y la tragedia, sino también en su esencia sobrenatural y un tanto gótica, desde el lúgubre castillo que habita hasta la ciudad alemana que poco a poco se torna siniestra.

El Nosferatu de F.W. Murnau consolidó a Max Schreck en el imaginario colectivo como la caracterización ideal del enigmático vampiro portador de plagas, despertó homenajes en algunos realizadores como Werner Herzog, en una canción de rock de Blue Öyster Cult y en inspiración para recrear, ficticiamente hablando, los altibajos de su filmación en La sombra del vampiro (Shadow of the Vampire, 2000), jugando de manera satírica con los acontecimientos en su rodaje, en las personalidades de los involucrados en su filmación y en la figura del Conde Orlock. Un chupasangre que continúa su legado a base de su lúgubre atmósfera.

Por Mariana Fernández (@mariana_ferfab)

Toda nuestra cobertura del décimo cuarto Macabro FICH.

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