Macabro | El esqueleto de la Señora Morales, ataque al tradicionalismo

Es muy probable que el origen de la psicopatología se encuentre irremediablemente enraizado en la interacción social. Esto no es en absoluto nuevo, dentro de la terapia familiar se ha manejado que el origen de la esquizofrenia se debe a mensajes de “doble vínculo” o mensajes psicotizantes dentro del ámbito social nuclear.

Ahora tomemos este concepto de patología naciente y extrapolémoslo a los arquetipos familiares mexicanos de los años 40 o 50. La fascinación por el tema mórbido o la nota roja siempre ha sido de inmenso interés para el mexicano, basta ver simplemente la devoción dedicada a la lectura de bellísimos clásicos de hoy y siempre como son las fotografías de La Prensa o El Alarma que engalanan baños, salas o, en el peor de los casos, se utilizan como papel higiénico.

¿De dónde proviene esta fascinación por lo mórbido? Podríamos decir que el creciente y latente interés por la nota roja (no por comunistas, desde luego) funciona, dentro de la cerrazón y puritanismo de la idiosincrasia mexicana de manera amplia, como descarga de impulsos tanáticos del inconsciente. Es decir: subsana impulsos agresivos del colectivo social mediante la representación cotidiana (y real) de la violencia.

Aunado a este interés por el hecho consumado en sí, se une la recreación del psicópata. Amplia es la historia del perfil psicopatológico creada por los medios de comunicación, su satanización y su inevitable explotación para fines comerciales (ahí se codean “La Mataviejitas”, “El Caníbal de la Guerrero” o “Paulette’s Mom”).

¿A qué viene este breve “baño de pueblo”? No es posible dar cabida a una cinta como El esqueleto de la Señora Morales (1960) sin brindar una perspectiva de la fascinación del mexicano moderno (y posmoderno) con la explotación de lo “tétrico” o lo “lúgubre”.

El esqueleto de la Señora Morales se presenta como otro increíble fresco de la sociedad y es, en realidad, una película que condena la eterna dicotomía del cine mexicano de manufactura entre los años 40 y 60, el eterno debate entre el “tradicionalismo rural” o la “modernidad urbana”.

El perfil del supuesto psicópata es expuesto y es realmente desarrollado de una manera magistral por el Sr. Arturo de Córdova –el señor de aquél otro estudio clínico de celotipia-fetichista-surrealista: Él (1953), de Luis Buñuel–. El desarrollo y los motivos presentados del supuesto “psicópata” son desarrollados con increíble destreza. De Córdova interpreta a un taxidermista quién gusta del jolgorio de los niños de la calle y sus pequeños perros, de beber “una que otra copa” con los amigos “de vez en cuando” y ahorrar celosamente dinero para adquirir una cámara fotográfica que le dará acceso a la modernidad anhelada.

El personaje de Arturo funciona como un constructo de la modernidad y sus “demonios”, como son percibidos por el otro lado del espectro. Una bellísima pero distante Amparo Rivelles (La Sra. Morales) condena a su marido con un puritanismo extremo y lo atormenta mediante chantajes, exageraciones que comparte con un sacerdote, su hermana (La Bruja del 71), su hermano y un par de viejas chismosas de la vecindad.

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La Sra. Morales se presenta como el constructo simbólico de ese “tradicionalismo” –más pastoral que rural–, que enraíza el arquetipo de la madre chantajista y lo lleva al nivel conyugal. El matrimonio de ambos simbolismos se muestra como disfuncional, en un México enmarcado por un acelerado desarrollo económico, un tímido ingreso a la modernidad y los inicios del capitalismo. La radicalización de los polos se encuentra presente en una gran mayoría de las características de ambos pares: uno empírico y devoto del mundo científico; la otra, visceral y devota del mundo espiritual y de la obligación moral/“católica”.

La aproximación del mundo científico al mundo espiritual es buscada por Arturo de Córdova a través del acercamiento sexual (ambos mundos se unen en la cópula). Sin embargo, este acercamiento es rehusado por el fortísimo puritanismo de Amparo Rivelles, dejando al Sr. De Córdova frustrado. Otro ejemplo del fallido matrimonio de religión-racionalismo o modernidad-tradicionalismo, es cuando el Sr. Morales decide comprarse una cámara fotográfica con “fines científicos”, mientras que su mujer planea donar ese dinero a un padrecito que se pasa de metiche. El conflicto termina en la destrucción fúrica de la cámara, símbolo de la modernidad fracturada en el “Nuevo México”.

Carlos Monsiváis alguna vez mencionó que Arturo de Córdoba se instauró como el patrono conductual y verbal de todos los médicos, abogados e, incluso, políticos del país, gracias a su sobadísima elegancia, tesitura de voz media, bigote perfectamente bien recortado, tono afable y uso de palabras rebuscadas, combinadas con una construcción de “orden complejo” del lenguaje. Aunado a esto, la profesión del Sr. Morales en la cinta no podría ser más atípica y, al mismo tiempo, tan simbólica: un taxidermista. Lo es tanto en el campo científico como en el campo conyugal, el Sr. Morales busca mantener la ilusión de la eternidad y la esencia estóica tanto de los animales, que con empeño busca mantener en una posición etérea, como la de su fallido matrimonio con la Sra. Morales.

Esta dicotomía es abordada en el filme con precisión. Somos llevados del estudio a la recámara y viceversa, ambientes en los cuales observamos la precisión y el cuidado con el que trabaja el Sr. Morales para mantener tanto el negocio como su matrimonio. Uno necesita más conocimiento técnico; el otro, amígdalas. El hombre de ciencia reacciona con la más oscura y contenciosa ira, al ser sorprendido por los rumores que su incita su esposita, quien denuncia cada acto del mismo –y le pone de su cosecha– para lograr despertar la lástima de quienes conviven con ella (un hato de locas, el padrecito metiche, la hermana ojete, el cuñado rompemadres). Todos y cada uno parte del imaginario colectivo de los personajes clásicos del folklore mexicano.

¿Dios es el culpable o lo son las malas lecturas? El fanatismo religioso en México data de tiempos ancestrales. La religión siempre ha tenido una posición tremendamente privilegiada, hasta convertirse en un bastión de poder espiritual y político. El tipo de conducta que engendra el fanatismo religioso es arquetípico o estereotipado, personas inflexibles que justifican sus actos en base a la “palabra de Dios” y que ven hasta en el simple hecho de cagar un pecado o una falta imperdonable a la perpetuidad divina o un escupitajo a la Santísima Trinidad.

Amparo Rivelles se regodea en la caricatura que crea de su propio personaje por que no hay redención narrativa para estos seres, no hay profundidad, no hay dimensión. La única es el miedo a la nada, miedo que es remendado con una rigidez del dogma católico, que piensa lograr inmunidad religiosa convirtiéndose en falso paladín del dogma religioso que practican.

Lo cierto es que la Sra. Morales ha adoptado el matrimonio como mero tramite para cumplir con el Dios católico-carga culpas que tanto ama-odia-teme. La religión es representada como obsoleta o retrógrada desde una perspectiva progresista (la del Sr. Morales). Sin embargo, sigue siendo una postura vigente en muchísimas partes del país (en especial, para algunos líderes panistas) y muy a pesar de que sus nocivos daños se han demostrado en otras películas del mismo cine mexicano (Canoa).

Como en una gran mayoría de los capítulos de la vida mexicana, el final de la película resulta totalmente irónico: por mucho que el progreso modernista y la elaboración del tan buscado “crimen perfecto” busquen acabar con cualquier noción teológica, Dios en la forma de un destino (apropiadamente) socarrón se apropia de uno de los adagios más populares de la cultura: quien ríe al ultimo, ríe mejor.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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