Francofilia neoyorkina

Arte moderno y arte contemporáneo se funden en “Midnight in Paris”

Constantemente se desvía la mirada y el pensamiento del presente, la renuencia a la actualidad se reduce a la pérdida de la juventud, la nostalgia es la expresión mas consumada del duelo patológico. El dolor de una pérdida irrecuperable (aquella del tiempo) y la incapacidad de formar parte del presente.

No, estimado lector, no es el prólogo para el nuevo libro de Mariano Osorio, simplemente es una idea latente en la más reciente cinta del septuagenario más talentoso de Hollywood. No, no es David Hasselhoff, es Woody Allen, quien continúa su proceso de proyección citadina trasladando Manhattan y sus neuróticos habitantes a las ciudades más cosmopolitas de Europa (Barcelona, Londres, París).

Resulta por demás curioso que Allen se haya avocado en los últimos años a filmar fuera de su ambiente tradicional. Surgen, como la propia identidad de Allen, eternamente sublimada en sus películas, dos teorías: la pedante, que indica que este cambio busca expresar la crisis de identidad del artista en su propio marco espacial, buscando el éxito deseado como un artista foráneo y no como un artista local. La otra teoría, la pragmática, dice: filmar en Nueva York es muy pinche caro.

Sutil Sublimación. Owen es Woody.

En Midnight in Paris (2011) Allen cumple en papel una de sus más grandes fantasías: aquella de traspasar el tiempo y, en un ejercicio “humildemente ególatra”, colocarse al mismo nivel que Hemingway, Fitzgerald, Dalí, Buñuel o Picasso. Esta dualidad en el rol que juega (“sería un genio aún más grande en su tiempo, pero soy su fan”) de admirador y creador hace que el personaje Woody Allen, encarnado esta vez por un sorprendemente mesurado Owen Wilson, esté dotado de la complejidad de la persona de Allen sin rayar en la burda caricatura como Will Ferrel en Melinda & Melinda o el exasperante John Cusack en Bullets Over Broadway.

Woody Allen parece al fin haber encontrado el punto exacto en el que puede crear un surrogate para él mismo que no abuse de los manierismos del neurótico escritor.

Palm Beach

Tea Party goes sauna!

En la cinta hay una clara distinción entre los personajes del presente y los personajes del pasado, sirviendo el personaje de Owen Wilson como justo mediador.

En el presente tenemos a los plutócratas padres de Inez (¡que quiere decir cordero de Dios!) preocupados por el matrimonio de Gil (Wilson) e Inez (Rachel McAdams), quienes comparten una chovinista concepción americocéntrica de su realidad. Los padres de Inez son un panfleto ambulante del asquerosamente vigente Tea Party republicano interpretados con astucia cómica por Kurt Fuller y la desperdiciada Mimmy Kennedy (si ven In the Loop,del 2007, entenderán porqué digo eso).

Estos tres personajes comprenden prototipos sociales que el mismo Allen debe encarar en Estados Unidos: los empresarios, sus retrógradas esposas y las buenotas pero infieles e ingenuas mujeres norteamericanas.

París. 2011

Tais-toi pute! La pedantería en rosa.

Aunada a esta fauna contemporánea, Gil debe batallar con su más grande enemigo: la pedantería encarnada a la perfección con el acento inglés y la barba cerrada, sinónimos de estrechez de ideas y de intolerancia intelectual, por Michael Sheen, quién se redime de las pendejadas que hizo en Tron (2010).

Paul es un personaje que aparece infinidad de veces en las cintas de Woody Allen, es la encarnación del esnobismo lacerante de alguien que cree que poder distinguir un vino tinto de uno blanco o recitar de memoria la biografía de Rodin, es un sinónimo de superioridad intelectual.

Hay una constante relación ambivalente con el personaje del pedante. Allen mantiene una relación apasionadamente rencorosa con el personaje, demostrando su deseo de alejarse del mismo y haciendo evidente la castración que sufre el pedante, que constantemente necesita hacerle saber a los demás que él la tiene más grandey se puede dar el lujo de pendejear a la primera dama francesa, Carla Bruni (como una guía de museo, bitch, please).

París, 1920

Los Fitzgerald, el matrimonio Bohemio.

La película se vende como una postal del París moderno y del París clásico, y si en algún lugar del mundo hay cabida para la magia, por favor que sea en París, piden los mercadólogos.

El inicio de la cinta marca esa permanencia del París clásico a través de la arquitectura, funcionando el prólogo como un pequeño comercial turístico parisino que nos adentra en el tono de la cinta, un viaje melancólico de descubrimiento artístico.

El París de los 20 está poblado por artistas hoy consagrados que, gracias al vasto conocimiento de Allen sobre los mismos, sobrepasan la identidad de estampita de papelería para formar personajes dimensionales, dotados de esa peculiarmente natural neurosis neoyorquina y que sobrepasan su rol anecdotario.

Primero nos encontramos con el matrimonio de la limítrofe Zelda Fitzgerald y su esposo, el gran escritor, Scott Fitzgerald (el Loki de Thor). Su disfuncional matrimonio toma elementos de la destructiva bohemia de Javier Bardem y Penélope Cruz en Vicky Cristina Barcelona (2008) y la ternura y complicidad de aquel de Goldie Hawn y Alan Alda en Everyone Says I Love You (1996), por mencionar algunos al azar. Luego se nos introduce a Hemingway en un bar (¡pero hombre!) haciendo filosofía de cantina y remembrando sobre una guerra que determino el rumbo de su creación artística.

Dalí explica el apareamiento de los “rhinoceros”. Algo más?

Hemingway nos conecta con Gertrude Stein, escritora cubista que funge como una figura mediadora poliglota a cargo de la matrona indiscutible, Kathy Bates. La casa mecenista de Stein es una suerte de ensamble a la Robert Altman, donde prominentes figuras artísticas de los primeros años del S. XX discuten e intercambian ideas (y fluidos). A los ya mencionados se suman Pablo Picasso, Modigliani, la música de Cole Porter, Joséphine Baker, T.S. Eliot, Matisse y Man Ray, si no los conocen, existen películas y páginas de Wikipedia que pueden consultar al gusto.

Mención aparte merecen un desdibujado Buñuel, que es redimido al final con una puntada en la que se le sugiere la idea para El Ángel Exterminador (1962) 40 años antes de su realización y la elegantemente cómica interpretación de Dalí por Adrien Brody, quién ubica a Dalí como un artista obsesionado por un elemento tan anacrónico como los rinocerontes. No es casual que Gil tenga un diálogo largo y tendido con el Sr. Dalí, ambos son productos de un encantador surrealismo.

Paris est une femme et une femme est Paris

Finalmente, la belleza de la musa.

Adriana, interpretada con arrebatadora candidez por Marion Cotillard, es el personaje de la musa. Adriana es la fantasía de Gil, la fantasía de Allen (quien por fin nos da una musa en alguien que no sea una prostituta). Adriana, como Gil, añora otro tiempo, está inconforme con su presente, pero Adriana es atemporal, permanente, única, trascendental y  bella como París misma y es aquí cuando Gil (Owen Wilson) se da cuenta que no puede cogerse una ciudad o una musa por más real que parezca, sin embargo puede vivir y crear con ellas.

¿Quién no ha ido a una lavandería y siente que esta en París?

Por JJ Negrete

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