‘La La Land’: Un paraguas americano en California

En un artículo reciente para Los Angeles Times, el cineasta Damien Chazelle enfatizaba el momento en que la emoción rebasa la lógica y el sentido del mundo, encontrando como único canal de salida una tonada que dirige un movimiento: baile y música, poniendo como uno de varios ejemplos el magistral final de Beau Travail, firmada por Claire Denis. Este desafío a la lógica y el orden de la realidad es lo que fascina a nivel superficial en La La Land (2016), la más reciente película del cineasta de 31 años, que entre otras cosas, es la favorita para alzarse con el premio gordo de la siguiente entrega de los Oscar.

Protagonizada por la hiper carismática dupla conformada por Ryan Gosling y Emma Stone, la historia es, si acaso simple, fácilmente identificable para gran parte de la audiencia. Tomando como escenario una saturadamente deslavada Los Angeles, Sebastian (bucólico Gosling), un aspirante a músico y empedernido nostálgico del jazz, comienza una relación con Mia (devastadora Stone), una aspirante a actriz enfrascada en audiciones para ingratos papeles de relleno, pero su feliz destino podría verse amenazado por el éxito.

Chazelle demostró una eficiente mano autoral en la eufóricamente agresiva Whiplash (2014) y a lo largo de su filmografía ha hecho énfasis en los sacrificios que el éxito profesional implica, particularmente la tragedia del amor imperfecto.

Envuelta en un lustroso atuendo que evoca, desde luego, las películas musicales de Jacques Demy (Los paraguas de Cherburgo, 1964), Vincent Minelli (An American in Paris, 1951) o Stanley Donen (Funny Face, 1965), la película de Chazelle oscila entre la alegre vivacidad y la profunda melancolía, apoyada por el score  y canciones de Justin Herwitz, pero su esencia esta más vinculada al espíritu de los musicales de Rene Clair (Le Million, 1931) o el pretendido naturalismo espontáneo del Woody Allen de Todos dicen que te amo (1996), películas en las que una noción de “sinceridad” predomina sobre el rigor técnico de la pirotecnia.

Las sutiles desafinaciones y las evidentes deficiencias en las rutinas de baile de Emma Stone y Ryan Gosling les otorgan un candor genuino y único que es clave para mantener una conexión palpable con la audiencia, a diferencia, digamos, de la pulcritud de un musical de Broadway o similares que aunque espectaculares, se perciben artificiales y sobre diseñados. La La Land es emocionalmente efectiva por imperfecta.

La cuestión es, entonces, si La La Land rebasa el mero fetichismo referencial para ostentarse como una obra original. No lo es y aparentemente no aspira a hacerlo, lo que hace Chazelle es ejecutar una sofisticada rutina de tap sobre las tumbas de los grandes maestros del género arriba mencionados, cuidando no pisar los nombres o destrozar las lápidas. Todo esto bajo paraguas cubriendo el sol de California.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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