La quinta jornada del décimo Festival Internacional de Cine UNAM (FICUNAM) estuvo marcada por espíritus que deambulan, cuerpos en movimiento deseosos de encontrar consuelo y almas en pena intentando cruzar el desierto. A continuación les contamos:

Luna roja (Lúa Vermella, 2020)
Dir. Lois Patiño
Sección: Atlas

Las imágenes de Lúa Vermella, el trabajo más reciente de Lois Patiño (Costa de Morte), tienen la fuerza visual suficiente para permanecer atemporalmente en nuestra memoria, como un impacto sensorial que se registra en un sueño. Los paisajes de la costa de Galicia son en realidad los protagonistas de esta historia, que parte del imaginario colectivo de la región y que el director reconstruye, cuadro por cuadro, a través de referentes culturales, mitológicos y espirituales.

Patiño recurre a los mismos habitantes del lugar para narrar la tragedia de un pueblo de marineros que pierde a uno de los suyos en el mar. La imposibilidad de sepultar su cuerpo, que desapareció con la marea, expone el dolor y el miedo de cada uno de los personajes, inmóviles ante algo más grande que ellos: la fuerza de lo sobrenatural. Frente a la incertidumbre, la humanidad suele recurrir al pensamiento mágico para sobrellevar la existencia, aquí no es la excepción; los relatos de brujas y fantasmas de la comunidad nos acompañan hasta concluir la historia.

Así como el tiempo onírico avanza de otra forma, el ritmo cinematográfico de Luna roja propone su estilo narrativo, con planos inmensos que se extienden junto a nuestros pensamientos sobre lo desconocido. A lo largo de 88 minutos, transitamos un lugar geográfico único, extraño, con su propia lengua, hasta encontrar un tema que reconocemos bien sin importar nuestra procedencia: el poder del duelo frente a la muerte.

Los hijos de Isadora (Les enfants d’Isadora, 2019)
Dir. Damien Manivel
Sección: Competencia Internacional

El francés Damien Manivel es bailarín y acróbata, además de cineasta. En Los hijos de Isadora su trabajo con el cuerpo marca el espacio físico, tal como se hace en el baile, en cada cuadro que compone frente a la cámara. La precisión visual con la que narra esta historia fue probablemente la razón por la que obtuvo el premio de mejor dirección en el Festival de Locarno en 2019.

Sin embargo, más allá de una técnica pulida a la perfección, la fuerza dramática de esta pieza cinematográfica surge de su guión. Junto con Julien Dieudonné, Manivel adaptó La Mère, una coreografía creada en 1921 por Isadora Duncan, quien intentaba en ese momento superar la trágica muerte de sus hijos pequeños. El resultado de esta transposición de la danza al cine es la historia de tres mujeres que descubren y viven la danza de Isadora de forma diferente, cada una determinada por sus circunstancias individuales. La bailarina profesional que no es madre aunque, tal vez, lo ansía o no puede serlo. La adolescente que, junto a su maestra de baile, aprende a expresar nuevas emociones, más allá de las palabras pero siempre a su manera. Y la espectadora, una mujer adulta que observa la danza desde la condición sin nombre de haber perdido a un hijo y quien finalmente nos muestra la cara de la catarsis, tan anhelada por Duncan.

Los movimientos de La Mère, se repiten una y otra vez, con cada uno de los personajes, hasta que, aun sin saber nada de baile, logramos descifrar la intención de cada uno de ellos. Junto al Etude, Opus 2 No. 1, de Alexander Scriabin, una melodía que solo dura dos minutos y que acompaña a la danza durante toda la película, resulta asombroso ver cómo algo tan breve y contenido puede ser tan poderoso en pantalla.

La sombra del desierto (o el paraíso perdido) (2020)
Dir. Juan Manuel Sepúlveda
Sección: Competencia Internacional

Para los que nacieron ahí, el desierto es la vida. No obstante, para los otros, aquellos que perdieron su propio paraíso buscando otro, el desierto significa la muerte. De estas dos cosmovisiones encontradas surge la línea narrativa que dibuja el territorio de La sombra del desierto (o el paraíso perdido). El documental de Juan Manuel Sepúlveda muestra los contrastes que actualmente se viven en la región fronteriza entre México y Estados, El Gran Desierto de Altar, protagonizados por los pobladores originarios, integrantes de la etnia Tohono O’odham, y por los inmigrantes centroamericanos que están de paso.

La violencia y la militarización parecen ser los acontecimientos que envuelven la cotidianidad de cada grupo. Mientras que los nativos se resguardan durante el día para disfrutar de la noche, los extranjeros luchan por sobrevivir bajo el sol, que los acaba por fuera y por dentro, mientras esperan su momento para cruzar al otro lado. La cámara del director acompaña a los dos de forma diferente: junto al primero captura el misticismo de la vida en el desierto, con el segundo no puede más que observar en silencio, pues la muerte espiritual del desplazamiento forzado lo dice todo.

Con intertextos de John Milton, fragmentos extraídos de su libro de 1667, El paraíso perdido, el montaje de la película –trabajo de Lorenzo Mora Salazar–, acerca lo terrenal a lo divino, la vida a la muerte y al bien con el mal. Este desierto puede ser al mismo tiempo salvación o perdición; su sombra es refugio para algunos pero desamparo para los demás.

Por Leslie Solís (@leslie_solis)

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