FICUNAM | Carlos Mayolo: encuadres de pueblo

Dentro de la cinematografía de Colombia, junto con otras cinematografías latinoamericanas, particularmente la brasileña, se vivió un momento de regeneración debido a los movimientos sociales y políticos gestados desde la contracultura de los años 60, de la cual el cineasta y documentalista Carlos Mayolo se convirtió en figura emblemática, específicamente en la ciudad de Cali.

Como todo cine pujante, el de Mayolo fue primero una labor colectiva que nació de la solidaridad de otros amigos, como Carlos Ospina, que se convertiría en su colaborador más cercano en varios documentales como Cali: de película (1973) o la denuncia de la segregación ocasionada por los VI Juegos Panamericanos Oiga, Vea! (1971), forjando un cine que se llegó a conocer como el “gótico tropical”, y buscando llevar las propiedades literarias del género para reconfigurar la identidad del cine latinoamericano que, hasta ese momento, había sido objeto del arribismo de otros cineastas, nacionales y extranjeros, que explotaban los problemas locales para obtener prestigio internacional.

Hacemos un breve acercamiento al cine de Mayolo a través de dos de sus filmes más emblemáticos:

  • Agarrando pueblo (1977)

Una de las cuestiones fundamentales en el documental es la veracidad de lo que se presenta. ¿Qué tanto de lo presentado tiene efectividad debido a un montaje tan sofisticado que todo puede parecer accidental, espontáneo o, aun peor, real? Una semiótica oportunista es la que Carlos Mayolo, acompañado de Luis Ospina, pretende desenmascarar en el hilarante tratado de lo que fue acuñado como pornomiseria, término que designa el material fílmico que presenta los problemas económicos, sociales y culturales de una localidad específica, convirtiéndola en un codiciado producto de consumo en los “exigentes” mercados europeos.

En Agarrando pueblo, un grupo de documentalistas hace elaborados montajes para poder obtener imágenes que mientras más crudas sean, mas elevan su valor económico, haciendo de la marginalidad una vulgar vendimia. Al estilo de un falso documental, Mayolo y Ospina exponen, armados de una aguda satirización, la explotación del explotado, no para ayudarle, sino para profundizar su condición de objeto capitalizable.

Desde los pomposos títulos (El futuro…¿para quién?) hasta la ingenua postura que implica que la exportación de un problema conlleva su expiación, los directores hacen de manera sucinta una completa presentación del método de trabajo de estos pseudodocumentalistas que usan los textos del antropólogo Oscar Lewis como peligroso y directivo dogma para construir una realidad ficticia destruida hacia el final del filme por un personaje que con sarcástico y descarnado júbilo enfrenta a estos “vampiros sociales”, despreciando el dinero ofrecido y envolviéndose en las cintas, celebrando una acérrima dignidad, en medio de una pobreza sin cámaras o luces.

  • La mansión de Arucaima (1986)

“Si entras a esta casa, no salgas,
si sales de esta casa, no vuelvas,
si pasas por esta casa, no mires,
si moras esta casa, no plantes plegarias”

Basada en la novela  homónima del colombiano Álvaro Mutis, La mansión de Arucaima presenta una mansión que parece estar suspendida en el tiempo y habitada por personajes arquetípicos presentados por la Maniche, voluptuosa y poderosa dama de carnita extra, a cada uno de los cuales va dando un poco de su insaciable amor. Si en Agarrando pueblo Mayolo sentó las bases de la pornomiseria, aquí parece ceñirse más a la pornochanchada brasileña, de la cual emergieron cineastas como Rogerio Sganzerla (Sem essa, aranha) y hasta cierto punto el trabajo, más políticamente sexual que abiertamente pornográfico, del gran Julio Bressane.

Contando con el apoyo de su más cercano colaborador, Luis Ospina, en un arrítmico y desorientador montaje, la presentación del ritual erótico hecha por Mayolo, abigarrada, simbólica y sin atisbos de preciosismo alguno, no adopta una tradición narrativa tradicional, prefiriendo decantarse por un relato que se desdobla a la manera del gran literato Lewis Carroll, autor de Alicia en el país de las maravillas, particularmente en la introducción de un espacio cuasionírico cuya realidad define la simple complejidad de cada uno de los personajes, como si el desenfreno sexual alterara la dimensión y jerarquía de cada uno de los arquetipos, que incluyen a un mecenas, un fraile y un piloto. La llegada de Ángela, símil de la Alicia de Carroll, redefine cada una de las identidades de estos seres marginales, así como la del lugar. Lo que se aprecia en La mansión de Arucaima es la metonimia de una sociedad colombiana deformada, atrapada en un tiempo perdido y de una profunda crisis en la que  “sólo los muertos no sueñan”.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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