‘Yo soy la felicidad de este mundo’: Soledad de dos

El cuerpo es un instrumento que muchas veces no es aprovechado como medio expresivo en el ámbito cinematográfico contemporáneo. Cineastas de línea dura radical como el francés Phillipe Grandieux encuentran en la corporalidad y su liquidez un medio para expresar un bello grotesco, e incluso en trabajos como Pina (2011), de Wenders, sobre la brillante coreógrafa Pina Bausch, el cuerpo encuentra cabida como un artificio sublimado de la realidad. Con el cineasta mexicano Julián Hernández y su último filme, Yo soy la felicidad de este mundo (2014), el cuerpo y el gesto se desenvuelven en espacios finamente construidos que evaden, en la medida de lo posible, la palabra.

Conocido por filmes como Mil nubes de paz cercan el cielo (2003) o la operática Rabioso sol, rabioso cielo (2009), Hernández ha forjado una carrera reconocible a base de estudiar y diseccionar mecanismos de deseo, fijación erótica y una lírica pasional que le han valido alabanzas en diversos festivales, particularmente el de Berlín. Después de una pausa de casi cinco años, Hernández presenta la historia de un emocionalmente frustrado cineasta (Hugo Catalán), que en pleno rodaje de un documental sobre baile desarrolla una fijación por Octavio, un joven bailarín.

Permanecen muchas de las características más reconocibles de la filmografía de Hernández que a estas alturas parecen más un ejercicio de lustrosa comodidad que la imposición de nuevos retos como cineasta o narrador. Su sentido para la composición que nos remite a las creaciones pictóricas del maestro Tsai Ming Liang permanece intacto, así como un agudo uso de presencias físicas, más que actores, quienes con sus conversaciones intercambian lo figurativo por lo sentimental.

Se puede apreciar el ímpetu de empujar a terreno más radical las aristas del deseo como en el episodio que se encuentra en el centro del filme*, un inconexo pero eróticamente fúrico mediometraje protagonizado por Gabino Rodríguez, del cual se desprende una intensa rabia que está vinculada a un placer casi sádico.

Sin embargo, este pasaje parece estar inserto en medio de una “película tradicional” de Julián Hernández, uno de los pocos cineastas mexicanos actuales con una firma autoral identificable. En esta ocasión, estamos ante un filme que es ejemplar desde un punto de vista formal, pero que empieza a tropezar con los límites de su discurso, uno que no sale de esos “dos” a los que alude la fabulosa canción de José José que cierra con fuerza el filme. Pero en esa dualidad no parece haber más que un grito desesperado de soledad. Quizá sea tiempo de mirar hacia fuera.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)
*La Cineteca Nacional exhibe la versión que incluye este episodio

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