FICM | ‘La tierra y la sombra’ & ‘Alias María’

Un fenómeno dentro del marco de los grandes festivales internacionales que ha sido señalado de manera mordaz por varios programadores y críticos latinoamericanos ha sido el tema de la exportación de filmes de esta misma región al extranjero, particularmente en la repetición de cierta fórmula que se ha convertido en un imán de galardones que premian primero la política discursiva antes que considerar estándares de creatividad y estilo cinematográficos que sean realmente novedosos, radicales o distintivos. Este fenómeno no crea películas que sean malas, el problema es que en su dolorosa mayoría son simplemente mediocres o que apenas resultan memorables, una vez disipada la importancia de los temas presentados.

Abrumados por su propia solemnidad y por cuán plano su estilo visual es, el cine latinoamericano que obtiene mayor difusión en el globo y que es galardonado no dista mucho de un reportaje televisivo filmado con un grado un poco más elevado de pericia, más “importante” por su temática que por sus valores y cualidades técnicas o artísticas, impidiendo que propuestas de otro tipo, que no atañan necesariamente a un problema social, encuentren cabida en tan grandes escaparates. Las historias que se presentan en filmes como La tierra y la sombra o Alias María merecen, y sobre todo, necesitan ser conocidas por una audiencia global, así como otros cineastas nos hacen participes de las crisis y problemas que atañen a sociedades locales o foráneas, como Losnitza en Maidan (2014); Zviaguintzev en Leviathan (2014); o Sissako en Timbuktu (2014) por mencionar ejemplos recientes y en Latinoamérica ejemplos tan brillantes como el colombiano Luis Ospina (Agarrando pueblo, 1974), el argentino Octavio Solanas (La hora de los hornos, 1968), el chileno Patricio Guzmán (La nostalgia de la luz, 2010) o la mexicana Tatiana Huezo (El lugar más pequeño, 2010), la diferencia está en la agudeza autoral para hablar de esos mismos tópicos, algo que, en su amplia mayoría, adolecen las películas latinas mencionadas al inicio. 

En La tierra y la sombra, no muy meritoria ganadora de la Cámara de Oro en el Festival de Cannes -premio otorgado a la mejor opera prima del certamen, el año pasado fue a dar a la execrable Party Girl, el cineasta colombiano César Acevedo presenta a Alfonso, un viejo granjero que ha regresado a casa para atender a su hijo, quién se encuentra gravemente enfermo, en el viejo hogar donde solía vivir con su esposa, un desolado cañaveral de penas que perpetua la enfermedad del hijo levantando cenizas constantemente. Acevedo presenta, principalmente a través de planos secuencia realizados con gusto y decoro, la historia de esta familia, azotada por los demonios del progreso, tan encomiables como reprobables en el actual clima de depredación económica, un mensaje pertinente, desde luego, pero aquí se nota la mano de un elegante cronista más que la de un prometedor artista.

Caso similar en la menos formalista y “cruda” Alias Maria, presentada en Un certain regard de Cannes este año y que documenta ficcionalmente la historia de María, una joven guerrillera de 13 años que es testigo del nacimiento del bebé de su comandante, mientras que ella piensa en lo que hará con el que esta esperando. El conflicto armado de Colombia es entonces “feminizado”, de manera efectiva en gran parte gracias al tiznado candor de la debutante Karen Torres y de un manejo solvente de recursos técnicos que simplemente dan registro del problema. Rugeles busca un ángulo diferente para presentar el conflicto armado y logra un filme solido, pero perfectamente olvidable y dispensable, tan vigente como el conflicto que presenta. El cine, aunque se nutre de todo y su espacio de admisión tan amplio, desde la más retorcida ficción hasta la más recalcitrante realidad, necesita celebrar menos a los  cronistas y esforzarse en hallar y proyectar más autores.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

Los invitamos a revisar nuestra cobertura del 13° Festival Internacional de Cine de Morelia.

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