‘El apostador’: La confianza en la suerte

El hecho más esencial y evidente cuando se ve El apostador (The Gambler, 2014) es que se trata de una película escrita para Martin Scorsese. Las preocupaciones existenciales, los bajos fondos y los vislumbres de afirmación masculina hacían de este un proyecto atractivo para el maestro, que en algún momento consideró dirigirlo. El expresivo soundtrack nos recuerda constantemente a las selecciones de Scorsese, y los profundos y a la vez vulgares diálogos de William Monahan son una continuación directa de los que escuchamos en Los infiltrados (2006). Sin embargo, la falta de identidad y un final que parece contradecir el resto del filme son los pecados del director Rupert Wyatt en una cinta que podía haber alcanzado la grandeza. En busca de la perfección estética, y acaso con la frustrada participación de Scorsese en mente, Wyatt decide imitarlo en vez de crear el espectáculo de una voz propia. Lo más lejos que llega de él es cuando se acerca a Steven Soderbergh en sus cintas sobre Danny Ocean.

Quizás el mayor triunfo de la cinta es la actuación de Mark Wahlberg. Su profesor de literatura, Jim Bennett, existe dentro de su reiterado papel del bravucón, pero adquiere una dimensión filosófica gracias a Monahan y al cinismo de Wahlberg. Dedicado al estudio de Albert Camus, este apostador es un hombre que prefiere una vida de riesgo como desafío al absurdo de la existencia. Su pensamiento lo convence de la predestinación y de la necesidad de resignarse a la suerte. En una de sus clases incluso afirma que la genialidad “es mágica, no material”. Él cree que, en su aceptación del hado, el hombre no se limita; se libera. Por ello incluso señala a su alumna, Amy Philips (Brie Larson), como la única que posee, o más bien que está poseída por un don literario superior. No sólo eso, ella trabaja como mesera en el casino donde él hace algo más que perder dinero: desafía su suerte. Amy es su cómplice, su víctima y nuestra guía hacia los misterios de la personalidad de Bennett, pero desafortunadamente Wyatt no es capaz de desvelarlos de una manera coherente. Neville Baraka (Michael K. Williams), un gangster asiduo al lugar, nota que Bennett es “la clase de apostador al que le gusta perder”, pero sus afinidades sugieren algo más que termina siendo menos.

The Gambler 2

Bennett es un personaje complejo que al final responde a la necesidad en vez de la convicción. Esta no es una mera incongruencia, sino una negación trágica. En busca de probar su espíritu, Bennett adquiere una deuda inmensa con Baraka y le pide dinero a otro gangster, Frank (John Goodman), para pagar. En un extraordinario discurso sobre la rebeldía, Frank le sugiere a Bennett vivir bajo una transmutación moderna del non serviam joyceano: “fuck you”. Estados Unidos, le explica, “está basada en fuck you”. Por un lado, Wyatt describe una respuesta a la realidad en tono con la premisa absurdista, pero apostar no refleja una revuelta contra la mortalidad, sino más bien un abandono del yo a la disposición de la causalidad. Ni el apostador Alexei Ivanovich, de Dostoievski, ni el de la película de 1974 estelarizada por James Caan, Bennett se origina en las preguntas de Camus pero no llega a las mismas respuestas. La libertad, según el final de El apostador, es más bien el resultado de una personalidad caprichosa, obsesionada con abandonar su vida de privilegios.

La relación entre Bennett y su madre, Roberta (Jessica Lange), apunta hacia los orígenes de este desprecio. Roberta es una mujer protectora que ha rodeado a su hijo con lujos y seguridad que él resiente como la base de su endeblez. Desconocemos si su fracaso como escritor lo hace creer en la magia del genio o si ésta simplemente no lo eligió. Wyatt nos niega la posibilidad de comprender algo más que la liberación de Bennett bajo circunstancias que en apariencia son fortuitas. Sólo su necedad es clara en el filme, pero el estudio de su carácter y de los temas que lo obsesionan permanece oculta, inexplorada.

El espíritu determinista más bien es una detracción de las ideas de Camus, que adquieren una importancia central durante una clase en que Bennett explica su teoría sobre por qué Meursault no disparó todas sus balas en El extranjero, y convierte una cinta interesante por su extrañeza narrativa en un fracaso y un éxito a la vez. Hermanada con otros filmes recientes cargados de diálogo, como Cosmópolis (Cosmopolis, 2012) y El abogado del crimen (The Counselor, 2013), en El apostador la dialéctica interna se mide con base en las acciones que incita la conversación; es decir, si una película es una ecuación que resulta en un significado, los factores aquí no son tanto las acciones, sino las palabras. El error es que aunque todos los elementos plantean una cosa, el resultado se orienta hacia otra. Sin embargo, El apostador no deja de ser inusual y por tanto fascinante, para una producción de Hollywood. Son sus elementos dispersos los que la sostienen y ocasionalmente nos asombran, pero es su confusión intelectual la que nos presenta no un misterio; más bien, una visión incompleta de un tema superior a las capacidades de Wyatt. Si Robert Bresson expresó el acto de vivir como la única opción ante la mortalidad en Un condenado a muerte se ha escapado (Un condamné à mort s’est échappé ou Le vent souffle où il veut, 1956), Wyatt sólo atisba esa grandeza y nos pide confiar en el destino.

Alonso Díaz de la Vega (@diazdelavega1)

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