Diarios del FICG: ‘Tschik’ de Faith Akin

Tschik, la más reciente película del director turco-alemán, Faith Akin, entremezcla dos géneros incónicos de la cinematografía y la literatura para contar la historia de dos chicos outsiders que “toman prestado” un viejo coche de la época soviética y recorren la periferia de Alemania, lejos del Berlín que habitan, lejos de la presencia de los adultos y las figuras de autoridad, lejos del resto de los otros chicos que los han marginado por ser diferentes. Se trata por un lado de una road movie, pero en la campiña germana y también nos encontramos ante una historia de crecimiento o de aprendizaje, vinculada a la tradición de novelas norteamericanas como Huckleberry Finn. Elemento que se arrastra desde la novela homonima de Wolfgang Herndorf, de la cual surge esta adaptación.

La historia está protagonizada por dos jóvenes de 14 años: Maik, el niño de cabello largo y tímido, enamorado en secreto de la niña popular, sensible incluso para amar a su madre alcohólica, y Andrej ‘Tschick’ Tschichatschow, un rizoma humano. Un niño con rasgos asiáticos, de origen ruso, viviendo en la Alemania actual, que bromea sobre sí mismo diciendo que su familia es de todas partes, que es un judio gitano. Una construcción que el mundo de los adultos parece disparatada e imposible, incluso para sectores reaccionarios podría constituir una ofensa. Me parece que es justo por eso que Akin se vale del tono cómico y del corpus de dos jóvenes para trazar una radiografía controvertida, aunque superficial sobre la juventud alemana. Acierta (y es donde podríamos rastrear el interés autoral de Akin) en utilizar dos protagonistas atípicos, culturalmente opuestos, pero que a través de procesos de globalización encuentran puntos en común: uno de ellos, quizá el más importante es la ruptura entre su mundo y el de los adultos que los rodean, que conforme avanza la película van diluyéndose hasta casi desaparecer.

Resulta interesante que Akin utilice estructuras que tradicionalmente se relacionan a la cultura estadunidense para contar procesos de construcción de identidad alemana. En ese sentido la película remite a la pelicula francesa, West Coast de Benjamin Weill, una cinta que sigue a un grupo de jóvenes franceses que han adoptado por completo la cultura del hip hop como forma de vida. Y como sucede en las narrativas de los supuestos perdedores, al final demuestran que sus valores y temores son exactamente los mismos que preocupan al adulto occidental: la aceptación del otro género, asumir su propia sexualidad, demostrarse probos, inteligentes, capaces de ir más allá de lo establecido y en Tschik la posibilidad de decirle no a la presiones sociales externas. De mantenerse en el margen.

Akin demuestra una vez más su interés por moverse a través de distintos géneros, renovarse y alejarse, pero quizá en ese interés de entregar una manufactura pulida en términos técnicos, descuida la profundidad narrativa de los personajes, que aunque es verdad que logran diversos momentos entrañables, no abandonan la superficie para mostrar el potencial de su transformación o la justificación de cómo aparecen y conviven ciertos personajes. El ejemplo quizá más evidente sea la confesión de Andrej sobre su sexualidad. El recurso funciona como un giro de tuerca, más que en una sucesión verosímil de elementos narrativos y es quizá en ese sentido que Akin queda de deber al público habituado a su cine de autor, pero se abre a nuevas audiencias más amplias con una comedia inteligente a modo, que es del conocimiento público fue ligeramente realizada por encargo.

Por Davo Valdes (@Davovaldes)

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