Cannes, día 2: de ausencias y búsquedas

Con Ingmar Bergman (Escenas de un matrimonio, 1973) en espíritu y Tsai Ming Liang (Vive l’amour, 1994; Perros perdidos, 2013) en espacio, Andréi Zviáguintsev ha creado con Nelyubov una pieza de extraordinario rigor formal y de dureza, quizás en ocasiones excesiva y maniquea, sobre los fantasmas del apocalipsis que se ciernen en el mundo desde el profético 2012.

Despues de haber diseccionado el interior de la bestia gubernamental que dirige la Rusia actual en Leviathan (2014), el cineasta ruso pone el ojo en un contexto más íntimo pero que tiene una repercusión mucho mayor que la de su obra anterior: una pareja en crisis cuyo hijo desparece un día de casa y la búsqueda que viene a continuación. La simpleza de la historia permite que Zviaguintzev haga una exploración clínica del padecimiento social más terrible de la era contemporánea: una suerte de narcisimo maligno.

Ahogados en sí mismos, la pareja al centro de la película se convierte en el principal verdugo de su hijo, un joven corroído por la ira y desprovisto de todo afecto. Desde los cuadros iniciales, la película plantea un mundo gélidamente estético y simétrico, en el que la nieve nunca deja de caer y la bandera rusa se iza a media asta, como si Rusia viviera un duelo prolongado. La búsqueda no cierra la herida, como se podría prever, sino que la hace dolorosamente más profunda.

Nelyubov pone a su país como la epitome de un colapso moral que lleva a una destrucción completa de toda emoción, no desde un arranque, sino desde la indiferencia. Crimen del que todos somos culpables.

Todd Haynes es antes que cineasta, semiólogo. Es decir, una persona que estudia los signos y símbolos, su lenguaje, así como su interacción con el mundo. Es un coleccionista de imágenes y objetos que son capaces de evocar complejos universos personales. Haynes es un cineasta que hace que los objetos hablen con extraordinaria elocuencia y sensibilidad, por ello no es casualidad que su más reciente película Wonderstruck sea un meticuloso diorama fílmico.

Basado en la novela homónima de Brian Selznick (quien también escribe el guión), la película presenta a Ben (Oakes Fegley) un niño que vive en el medio oeste de Estados Unidos en la década de los 70 junto a su madre (Michelle Williams) y que después de la muerte de ésta, decide buscar a su padre. Eso lo lleva a una sorda odisea  que lo conecta misteriosamente con Rose (Millicent Simmonds) una niña sordomuda que agobiada por el yugo de su padre, sale a buscar a su madre, la actriz Lillian Mayhew (Julianne Moore) en la Nueva York de los años 20.

Anclada en un extraordinario trabajo aural, tanto en diseño de sonido como una resonante banda sonora a cargo de Carter Burwell, la película es bastante simple en su estructura y su riqueza viene de la sublime forma en la que Haynes lleva el relato, con aguda fidelidad al material original. Sin embargo, la película no deja de sentirse como una versión alterna y muy superior de la ramplona sensiblería de Extremely Loud and Incredibly Close (2011), de Stephen Daldry, y aunque Haynes sortea la gran mayoría de dichas trampas con hábil gracia, la fuente tiene demasiados hoyos en los cuales caer.

Haciendo homenaje a la época del cine silente con elegantes citas a Sjostrom (The Wind, 1928) y Griffith (Broken Blossoms, 1919) y deconstruyendo a través de una maqueta el personaje que es Nueva York, Wonderstruck es una película de belleza y detalle inigualable, sin una contundente narrativa. Una maqueta cuya historia e interés  reside exclusivamente en su construcción.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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