Bitácora del GIFF – Día 3: La vuelta turca

Guanajuato es una ciudad llena de callejones, trovadores, leyendas y serenatas con música de estudiantina. Su folclor está definido desde hace años, puedes venir en cualquier época del año y saber qué te espera. Eventos como el Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF, por sus siglas en inglés) ayudan a romper esa inercia de continuidad. Este año la nota más alta del certamen pertenece a la delegación turca, sus enviados y su programación. Venir para conocer el otro lado del mundo.

  • Miradas del Imperio Otomano

Entre las curiosidades del país invitado se encuentra la banda Baba Zula, al parecer, de buen recorrido y fama por aquellas tierras. (El GIFF este año contó con una fuerte presencia musical para cerrar todas las jornadas). Un día antes dieron un magnífico recital al pie de la Alhóndiga de Granaditas y hoy repitieron la dosis sonora acompañando los cortometrajes del programa Miradas del Imperio Otomano, una iniciativa holandesa que busca rescatar y restaurar cortometrajes filmados en la zona ocupada por dicho reinado en los albores del siglo pasado.

Como mucho del cine de esos años, los cortos se componen de las clásicas vistas al estilo de los Lumiere. Tomas de ciudades o hechos importantes componen la parte fuerte del rescate cultural. Sin embargo, al estar acompañados por la música de Baba Zula cobran una dimensión diferente. Añadiendo capas de textura, perfecta para clavarse y dejarse llevar.

Un trabajo de nombre Charlie en Turquia (Charlie in Turkey, 1919) resultó ser toda una curiosidad dentro de la selección. Creado por el animador Pat Sullivan, famoso por ser el padre de Felix el Gato, lleva a Charlie Chaplin a un viaje onírico por el país del título, donde aprende a usar una alfombra voladora, se besa con la esposa del jeque y se roba a una de las chicas del harem. Un vago, sin duda, mucho más cachondo del que vimos en clásicos como El chico (The Kid, 1921) o Luces de la ciudad (City Lights, 1931).

Un cortometraje por el que valía la pena el viaje al GIFF.

  • Sivas y yo

El año pasado una película sobre una niña y su perro, Hagen y yo (White God, 2014), producida en Hungría se volvió en la más comentada del año en los círculos de los amantes de los peludos. Su obvia metáfora sobre la inmigración y una segunda parte que hacía agua como el Titanic eran dejadas a un lado por las intensas imágenes, y el lógico estrés que causaban, de peleas y maltrato animal.

Bueno, alguien en Turquía decidió hacer la versión cruda de dicha historia y trasladarla a una especie de coming of age. En Sivas (2014), Aslan es un pequeño de 11 años que suspira por la niña más linda del pueblo. Es hijo de un hombre sin dinero y hermano de un bueno para nada, así que su posición en la jerarquía del poblado es más bien inexistente. Cuando el maestro de la escuela decide montar Blancanieves y los siete enanos, el hijo del líder de la aldea es nombrado inmediatamente el Príncipe encargado de besar a la dama en peligro. Aunque lo intente y quiera, Aslan nunca tendrá ese papel. Pero la llegada de un moribundo peleador a su vida cambiará un poco su suerte.

Con un estilo que recuerda al cine de los hermanos Dardenne (El chico y la bicicleta), el joven realizador turco Kaan Müjdeci nos transporta a una pradera de Anatolia donde la vida parece estancada. Todos los pueblerinos nacen y mueren sin cambiar en realidad de sitio. No hay intención de buscar un porvenir diferente al ya dictado. Aslan parece existir en ese limbo turco, pero el can y su regreso de una muerte casi seguro se convierten en una metáfora de la posibilidad de cambiar algo, aunque sea poco.

La presencia del animal viene a representar un punto de inflexión porque es aquello que lo diferencia del resto. Aun cuando su padre, hermano y el líder lo usen para su beneficio personal o para satisfacer su necesidad de un poco de acción entre tanta desidia. Por ello Kaan no rehuye a las secuencias donde los perros pelean y las filma con la crudeza de La tribu (Plemya, 2014). Hasta el momento desconozco si eran caninos reales o algún truco de cámara. La vida en Anatolia es dura y el ojo del artista no podría presentar las cosas de otra forma.

Aquí eres el perro que nació para pelear y lo haces hasta morir o languideces lentamente hasta llegar a la tumba sin nada más que huesos.

  • El artista condenado

En tres películas Anton Corbijn demostró talento para narrar sus historias, casi todas relacionadas con la muerte y la imposibilidad, incluso poniendo la forma por encima de su contenido, nada extraño si tomamos en cuenta su antigua profesión: fotógrafo.

Para su cuarto largometraje el director parecía estar cubriendo terreno conocido, el sujeto principal es un hombre dedicado a la captura de imágenes y a su lado hay un artista trágico, cuya leyenda ha trascendido su trabajo frente a la cámara. Suena similar, pero no, LIFE (2015) debe ser el trabajo más genérico de Corbijn hasta la fecha.

Dennis Stock (Robert Pattinson) es un obrero de la imagen esperando su gran oportunidad para consagrarse, pero su mundo está lleno de frivolidad y alfombras rojas llenas de flashes en el jet set de Los Angeles. Su corazón está en Nueva York, donde los verdaderos artistas surgen a cada momento. Un día en una fiesta conoce a James Dean (Dane DeHaan), un desconocido y joven actor, su personalidad lo captura desde el primer momento, parece que Stock encontró la chance de destacar.

El cineasta remarcó antes de iniciar la función que su intención no era hacer una biopic sobre James Dean. Su interés en la historia se debió al hombre que capturó algunas de las fotografías más genuinas de la leyenda. Su objetivo se logró a medias porque es imposible que la sombra de Dean no cubra el relato, su inminente muerte juega en contra de la cinta como la partida de Ian Curtis provocaba lo mismo en Control (2007), otra biografía sobre un artista que nos dejó demasiado pronto.

Como lo remarcaba Alonso Díaz de la Vega en Butaca Ancha: “Ian (Curtis), como lo muestra Corbijn, se condena a sí mismo a la muerte, y a sus seres queridos a la pérdida, de manera similar a Jack, en El ocaso de un asesino. La distinción entre ambos radica en la voluntad de vivir, disipada en Ian, y rechazada en Jack hasta que descubre la transformadora experiencia del amor. Son parásitos melancólicos en busca del cambio, pero perseguidos por la inevitable consecuencia.” La situación se repite en LIFE porque tanto Stock como Dean deciden buscar su destino aun cuando conocen las consecuencias: en el caso del primero, estar lejos de su hijo y tal vez nunca entenderlo; el segundo sabe que la frivolidad de Hollywood lo vuelve un paria, incrementando su popularidad entre el público y condenándole a la perpetua búsqueda de sentirse vivo.

Es la estética clásica y un par de actuaciones que buscan alejarse de la imitación, optando por un retrato impresionista de sus contra partes de carne y hueso, las que provocan que Anton Corbjin entregue su película más “convencional” hasta el momento.

  • El susto mexicano

El día cerró con la presentación de México bárbaro (2014) en el panteón, un proyecto compuesto por cortometrajes. Cada uno inspirado por una leyenda mexicana diferente. Para leer largo y tendido al respecto, aquí la crítica coral del equipo de Butaca Ancha.

Por Rafael Paz (@pazespa)

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