Maravillas polares: la ficción mexicana en el FICM

El consenso de quienes tuvieron oportunidad de ver las películas de la competencia de ficción del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), una de las cartas fuertes de la programación, es que fue un año de una raquítica selección –únicamente 7 títulos– y aún más delgada en nombres que entusiasmaran/estimularan a críticos, jurado o espectadores.

Las hipótesis respecto a los problemas que el cine de ficción ha enfrentado en México durante los últimos 15 años serán objeto de otros textos de mayor alcance, por lo que nos centraremos en tres de los títulos que cosecharon los comentarios más favorables dentro de la competencia, dos de ellos disponibles para su visionado en la plataforma Festival Scope:

  • Oso Polar: bullying críptico

La película de Marcelo Tobar llegó a la competencia llamando la atención por el formato en el que fue grabada: enteramente con iPhones. El mismo cineasta admitió haber tomado inspiración de la chillante frescura y estridencia formal de la hilarante Tangerine, del gran cineasta norteamericano Sean Baker y, al igual que este último, Tobar propone en su Oso Polar un recorrido por la Ciudad de México, tomando como arteria principal Calzada de Tlalpan. Al volante está Heriberto (Humberto Busto) quién lleva a Flor y Trujillo (Verónica Toussaint y Cristian Magaloni), dos amigos de la primaria a una reunión de generación, descubriendo en el trayecto la verdadera naturaleza de su relación.

La película pretende exponer las consecuencias que el acoso y los códigos supuestamente lúdicos de la infancia tienen sobre la psique, generando resentimiento y odio en la búsqueda de comprensión y empatía. Padeciendo de un ligero desarrollo y matizaje de personajes principales, Oso Polar se suma a las tendencias revanchistas que han estado en boga en la narrativa internacional y la frescura del formato caduca con rapidez ante la escasa inventiva formal. El valor de la película es contextual, su entrada a la competencia oficial de un festival como Morelia representa un paso importante en una incipiente democratización audiovisual, lo único que falta es tocar otros temas desde otros puntos.

  • El dibujante: El teatro del recuerdo

Habiendo estrenado un par de cortometrajes en la competencia del FICM, el cineasta Arturo Pérez Torres presentó en competencia oficial El dibujante, película cálida y competente que presenta a Miles, un joven actor de teatro de Toronto que arriba a la casa de Angus y Morgan, un par de solitarios granjeros en 1972 para observarlos y poder aplicar lo recopilado en una obra de teatro sobre lo rural. A medida que Miles se involucra en la historia de ambos granjeros, descubre que la amnesia que padece Angus oculta más de lo que no recuerda.

La película logra mantener un ritmo cadencioso y consistente en la develación de los misterios y la integración de sus personajes, sin ser meramente anecdótica, permitiendo un desarrollo con paciencia inusual en las producciones fílmicas contemporáneas. Pérez Torres incorpora asimismo con eficacia conceptos y nociones sobre la dramatización y la representación de la tan manoseada idea de “realidad” y logra una notable tercia actoral en manos de Stuart Hugues, Richard Clarkin y Jakob Ehman.

  • Ayer maravilla fui: metamorfosis metropolitana

Tomando una pristina, más no preciosista, Ciudad de México (otrora Distrito Federal), el nuevo largometraje del cineasta Gabriel Mariño continúa en su exploración de la soledad femenina iniciada en el solvente y sensible road trip de Un mundo secreto (2012) con Ayer maravilla fui, su nuevo largometraje en el que un personaje solitario cambia de cuerpo de un día a otro. Cuando conoce a la joven peluquera Luisa (Siouzana Melikian) este ente solitario, que primero conocemos como un anciano, cambia al siguiente día su cuerpo por el de una joven mujer (Sonia Franco) iniciando un apasionado idilio con Luisa que culmina cuando el cuerpo vuelve a transformarse.

Con dedicatoria al enorme cineasta francés Robert Bresson (el cual quizá hubiera agradecido pero protestado por algunos detalles), la película de Mariño es delicada y modesta en su belleza, rigurosamente estructurada y con una destacada actuación por parte de Sonia Franco, pero el idilio de Mariño no parece ser tanto entre sus personajes sino con la ciudad misma, como una especie de enorme escenario que va mutando de persona en persona y fotografiada con límpida nostalgia. Si ciudades enteras cambian de nombre, ¿por qué sus ciudadanos no hemos de poder cambiar de cuerpos?

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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