‘Saint Laurent’: La tela de la memoria

Siento que constantemente estoy rememorando
un pasado que no es nada más
que la historia de otra persona
Marcel Proust, En busca del tiempo perdido

El retrato manierista: Bonello & Gericault

El retrato manierista: Bonello & Gericault

Se sabe que hacer un filme sobre cualquier período de la vida de una celebridad o figura pública muchas veces es un apelativo a aburrida sobriedad y la sequedad en la representación de la misma. Muchas cintas del género generalmente son manufacturadas para el lucimiento del actor que “encarne” a tal figura, resultando en olvidables ejercicios de adulación sin sustancia o trascendencia. El distintivo de estas historias es la voz autoral que descompone la solemnidad de la cronología y reconstruye esas vidas como ficciones rebosantes de estilo e ideas: desde Martin Scorsese en El aviador (2004), Maurice Pialat con Van Gogh (1989) o Luchino Visconti luciendo en Ludwig (1972); filmes que difícilmente pueden ser tildados como “objetivos” o apegados a la “versión oficial”, que es justo de donde viene su atractivo.

A esta tradición es a la que pertenece el más reciente filme del otrora crítico de Cahiers du Cinema, Bertrand Bonello, cuya Saint Laurent (2014), una ambiciosa reconstrucción de un periodo que comprende diez años en la vida del híper celebrado modista Yves Saint Laurent, se empapa principalmente del estilo de la pintura manierista, predominante en el Alto Renacimiento y presente en la obra de otros pintores más cercanos como Theodore Gericault,  para presentar los cuerpos masculinos que pululan en el filme, particularmente el de Gaspar Ulliel, quien destila gracia y sofisticada pose como el modista, quien Bonello fetichiza, junto a Jeremie Renier, Louis GarrelLéa Seydoux como si fuesen uno de los atléticos modelos de Miguel Ángel o Caravaggio.

2.3

Saturación de los sentidos: Bonello, Demy & Flavin

Aunada a la elegante sobriedad de su manierismo, Bonello reconoce como cineasta la oportunidad de saturar y exaltar los sentidos, al igual que Saint Laurent, decantándose por una fortísima saturación de color que remite a las exquisitas paletas de color del cineasta francés Jacques Demy en filmes como Los paraguas de Cherburgo (1964) o en su adaptación de la obra de Jean Cocteau, Le bel indifferent (1957), donde los cuartos y el espacio adoptan una personalidad propia y vibrante, expresando por momentos, aún más que los personajes que deambulan ahí. Bonello presenta en la primera parte del filme un ambiente de colorida festividad queer, particularmente en un antro trés chic bellamente decorado con luces de neón, inspiradas en el minimalista trabajo del artista plástico Dan Flavin, quien creó para Louis Vitton una serie de coloridas luces bautizadas como Rainbow.

La opulencia decadente: Bonello, Couture & Visconti

La opulencia decadente: Bonello, Couture & Visconti

A medida que la película progresa, la festividad y la opulencia se van gradualmente descomponiendo por el éxito alcanzado en una pomposa decadencia. Tomando como epítome la escena de la orgía en el departamento de Saint Laurent, en la que un cuidadosamente compuesto grupo de individuos son sodomizados, drogados, moqueados, inyectados y basculeados como en la clásica pintura de Thomas Couture: Los romanos de la decadencia, Bonello sublima el espíritu corroído de tales fiestas y de la escena underground parisina, llevándola a niveles que evocan al Visconti de La caída de los dioses (1969), obra citada en más de un sentido dentro del filme, dado que Helmut Berger, el actor fetiche de Visconti juega con su propia imagen al interpretar al Yves Saint Laurent viejo. Es así como los juegos semióticos de Bonello se desdoblan generando interminables y finas redes alrededor de la enigmática figura del modista.

El austero lujo: Bonello, Antonioni & Ophüls

El austero lujo: Bonello, Antonioni & Ophüls

Una de las cualidades que Bonello utiliza con mayor astucia es el uso del espacio cinematográfico, evidentes desde sus elaboradas puestas en escena presentes en De la guerre (2008) y L´Apollonide (2012), diametralmente opuestas en cuanto a su mise-en-scène, pero sin duda, ambas con un distintivo sello, de seca belleza. En Saint Laurent, Bonello hace un uso más que eficiente del espacio, convirtiéndolo en un referente de desasosiego, opulencia o decadencia. Tomas que remiten a los maniquiés del ennui de Antonioni de El eclipse (1962) o El desierto rojo (1964) hasta los minuciosamente barrocos planos del maestro vienés Max Ophüls hacen que el filme de Bonello goce de un estilo visual tan vistoso, tangible y resistente como la más fina tela, ambos maleables y dúctiles.

Proust & Saint Laurent: la obsesión por la memoria

Proust & Saint Laurent: la obsesión por la memoria

En el filme existe una persecución de los recuerdos que se escapan del viejo Saint Laurent, lo que hace que Bonello ponga un estilo difuso en su montaje, que por momentos llega a ser confuso en su reconstrucción, pero viene de un lugar profundamente subjetivo, de ahí que Bonello haga hincapié en la admiración que el modista francés sentía por la obra del escritor Marcel Proust y de cómo la memoria se convierte en algo elusivo, errático y sobre todo fetichista, de un poder tan breve y efímero, como una pasarela de modas.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

    Related Posts

    Cannes, día 5: Risas desde la sombra
    ‘La chica desconocida’ y los crímenes del primer mundo
    Primer tráiler de ‘Juste la fin du monde’
    ‘Las montañas deben partir’: Viento del oeste
    ¿Cómo le fue a ‘La fille inconnue’ en Cannes?
    ¿Cómo le fue a ‘Juste la fin du monde’ en Cannes?