‘X-Men: Apocalipsis’: Dramas mutantes

Bryan Singer dirige X-Men: Apocalipsis (X-Men: Apocalypse, 2016) la que, al parecer, será la última entrega de la saga de los “Hombres X” aquella que él mismo iniciara en el 2000, cuando el cine de superhéroes comenzaba a tener sus taquillazos. La cinta está basada en una serie de cómics publicados hace casi 30 años, pero esto importa poco, pues este universo Marvel ya se cuece aparte; lo que sucedió Bryan Singer en papel es sólo la vaga referencia a lo acontecido en el cine.

Algo que se apreció de aquel primer filme, X-Men (2000), fue la capacidad que hubo para presentar a cada uno de sus personajes, y dar el peso e importancia específica a todos ellos. Después la saga devino en Wolverine y sus amigos, pero esa es otra historia. Lo importante radica en que esta última entrega toma lo mejor y lo peor de sus antecesoras; lo que la hace ser gris, opaca, descolorida y pasiva. Nada sucede, pero al mismo tiempo, intenta abarcarlo todo.

La cinta está hecha para los fans, para complacer y emocionar, para hacer reír, para cumplir; para que nadie se queje. Sí, todo está bien, todo está en su lugar y la fórmula de Sid Fields vuelve a hacer de las suyas. La maquetación hollywoodense juega el papel que le corresponde y, como casi siempre, termina ganando. Las escenas de acción nos tienen pendientes de un hilo, y la trama encaja en el rompecabezas mental del espectador; da lo que se espera, con la turbulencia normal del vuelo, porque a final de cuentas, qué sería de Norteamérica sin la fascinación por las explosiones rimbombantes que nos recuerdan quién manda en este planeta.

La bronca (perdón por decirlo así pero enoja) es que esta fórmula ya comienza a saber amarga, ya es el chiste contado por el tío la navidad pasada, y la antepasada y la de 1999. Quicksilver (Evan Peters) vuelve a tener la secuencia cool de pasmosidad musicalizada de la cinta pasada (X-Men: Days of Future Past, 2014), a diferencia de que en esta entrega lo que comienza con carcajadas termina con resoplidos. La presencia de Hugh Jackman y su mutante, causa más emoción en el tráiler que en la cinta misma, y la fascinación curiosa al ver a tus superhéroes favoritos con look de los ochentas se acaba a los 5 minutos, cuando la importancia que le dan al vestuario es arrojada por la ventana.

Es cierto que en esta película no debemos esperar una profundidad kieślowskiana, pero Bryan Singer vuelve a hacer una (muchas) de las suyas, al volarse la barda con momentos de exaltación pomposa. Como cuando el villano hace a sus secuaces pasar por un proceso de “enchúlame al mutante” para que se vean más malos, o más buenos, que sé yo; al final hay algunos, como Psylocke (Olivia Munn) que sólo sirven para adorno y provocación. Y si ustedes creían que “el efecto Martha” (proveniente de Batman vs Superman: Dawn of Justice) ya había tenido sus 15 minutos de fama, déjenme decirles que el sufrimiento de Magneto, a pesar del profesionalismo de Michael Fassbender, es uno de los clímax más anticlimáticos del cine reciente, y evoca a actores como Libertad Lamarque y Víctor Junco en el dramón cincuentero llamado La mujer x (1955), que nada tiene que ver con mutantes, pero sí con el melodrama.

Total que la cinta cuenta la historia de un mutante arcano que despierta para conquistar la tierra, y nuestros héroes harán todo lo posible para evitarlo. Ya sabrán quien pierde  quien gana, ya saben todo lo que espera conforme a la trama, a final de cuentas, eso es lo que menos se toma en cuenta; los que vean esta cinta será por motivos extracinematográficos, pues el cine es lo que menos importa, esto es un espectáculo. La pantalla verde llena los huecos necesarios, todo lo demás es un pozo sin fondo por el que caemos, si no me creen, vean la cinta, esa misma idea, se repite, tanto o más, que las encomiendas de la abuela. 

Por Ali López (@al_lee1)

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