‘Vicio propio’: La revisión y el sueño

Se considera que las novelas de Thomas Pynchon son imposibles de filmar. Sus libros son petrificaciones de la consciencia estadounidense que capturan el miedo de ser “All-American”. En ellas el estadounidense promedio aparece como un indagador que descubre las inacabables trampas de la realidad mientras ésta se dobla y se inventa en la imaginación de los personajes. O quizá no. El aparente nihilismo con que Pynchon cierra obras como La subasta del lote 49 expresa la futilidad de buscarle “tres pies al gato”. Lo que no está simplemente no está. O quizá sí. El punto de su literatura no es encontrar respuestas; es representar la búsqueda de una conspiración que se basa en el temor a lo desconocido y lo ajeno, pero sobre todo a lo que podría controlar la cotidianidad. Ya sea la misteriosa organización o bote o sindicato de dentistas “Colimillo dorado”, o la malévola unión de carteros “Trystero“, en Pynchon recurre el miedo a grupos secretos que actúan invisiblemente sobre la vida social. Sus intenciones nunca son claras y su existencia menos, pues responden más al miedo a la tiranía que a evidencias tangibles.

Paul Thomas Anderson, que comenzó su carrera con filmes corales sobre la esencia estadounidense en su comportamiento industrial —Boogie Nights (1997)— y místico —Magnolia (1999)— parecería la opción ideal para adaptar una novela de Pynchon salvo por un obstáculo: su filmografía carece de misterio. Anderson no es un director que se lance a la mera descripción; su obra pretende descifrar los misterios de la historia y la identidad de Estados Unidos. La mayor ambigüedad de Petróleo sangriento (There Will Be Blood, 2007) y The Master (2012) no significa que no sean filmes con tesis resueltas. Sus ideas son claras y aluden a la religión económica moderna como el principio de una decadencia que aún no se detiene. Ambas películas apuntan a sus carismáticos embaucadores como los sacerdotes supremos de la nueva fe: el materialismo. La hostia de uno es el dólar; la del otro, una vulgarización de la ciencia. Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis) y Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman) presiden una misa que consume el futuro de Estados Unidos. Son productos de la era secular, donde el misterio de la espiritualidad cede ante los remedios inmediatos de la enajenación. Vicio propio (Inherent Vice, 2014) se planteaba distinta, pero su proximidad a estas cintas la hizo fracasar.

Esto no significa que la película carezca de la excentricidad y la interminable, a veces incomprensible, atmósfera de conspiración que abunda en las novelas de Pynchon, pero sí quiere decir que su desenlace es inapropiado, inútil y contradictorio. Mientras la cinta comienza tratándose de la resaca que significaron los años 70 para la sociedad estadounidense, al final el amor alumbra ese cuarto oscuro. La felicidad del detective hippie Doc Sportello (Joaquin Phoenix) se contrapone con una década marcada por el fracaso de la psicodelia. En el filme abundan drogadictos, asesinos, traficantes, millonarios sórdidos, policías abusivos y el más grande trauma de la década: Richard Nixon. Aunque la atmósfera es la de la novela negra, donde el detective es el último testigo moral de una sociedad en crisis, repentinamente Anderson comienza a dar respuestas y, peor aún, le da un desenlace satisfactorio a la aventura de Sportello. En las novelas y películas de detectives el misterio suele ser complicado, tanto, que a los autores se les olvidan los detalles, como a Raymond Chandler, que no supo responderle a Howard Hawks quién mató al chofer en El gran sueño. En el caso de Pynchon la complejidad es tal que parece arbitraria, porque sus historias no quieren llegar al quién. Si hay una respuesta en Pynchon es un cómo que demuestra la desintegración de la psique nacional, abrumada por el poder de sus élites y las exageraciones de sus disidentes. Todos resultan cómplices en la conspiración, pero no en la que complota y controla, sino en la que inventa y descose el tejido de la realidad. Las resoluciones de Anderson van en contra de esta intención.

Vicio propio, una película sobre la desconfianza y la podredumbre social, termina en la confianza y la seguridad, de manera que demuele todo su argumento y rescata la felicidad individual por encima de la crítica colectiva. Revelar cómo sucede esto sería un atentado contra la experiencia del espectador, pero no me he contenido de advertir la contradicción, pues la variación de tono constituye la incoherencia en el significado de la película, que comienza siendo una pesadilla y termina como un sueño. La novela de Pynchon seguirá siendo un mejor modelo para atisbar la desilusión en los años 70. También seguirán siendo mejores documentos cinematográficos Gimme Shelter (1970), de DavidAlbert Maysles y Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese, que nos muestran la gran ceremonia hippie, el concierto gratuito, como un engaño, y a la “América” bicentenaria como el hogar de prostitutas, vagos y adictos que un psicótico pretende limpiar de las calles. El mundo moderno es prueba de que el verano del amor fracasó; Vicio propio es un intento de revisar el pasado y prometer algo que no pasó.

Alonso Díaz de la Vega (@diazdelavega1)

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