Un entrevista sobre ‘Yo’ con Matías Meyer

Yo (Matías Meyer, 2015) ganadora del premio a Mejor Largometraje Mexicano en el 13º FICM y con el apoyo del Foro de Coproducción del rivieraLAB 2013, es una película que con poco presupuesto logra articular una narración tensa y minimalista donde la perversidad se asoma en pequeñas ventanas.

Yo (Rubén Silva, debutante y ganador del premio a Mejor Actor en el 13º FICM) es la adaptación del cuento homónimo de Jean-Marie Gustave Le Clézio, la historia de un adolescente con facultades mentales limitadas y su transición a la adolescencia. Meyer nos cuenta que los claroscuros expuestos tanto en el lenguaje cinematográfico como en narración misma, buscan indagar en el “inconsciente” y su relación con la realidad. Los saltos temporales y el mundo onírico son parte de la mente atribulada de Yo, que tiene manifestaciones futuras en sus sueños.

La dualidad, tanto en la estructura –claroscuro- como en el guión, son uno de los hilos conductores del filme en la medida que busca exponer los lados “luminosos y oscuros” del subconsciente y sus aristas. La transición que experimenta Yo de la infancia a la adolescencia se manifiesta en la pérdida de la inocencia; “La sexualidad se aborda a partir del deseo, pero Yo es muy brusco y torpe: no distingue los límites. Es una tensión en la que no se controla el deseo sexual y quiere obtener ese objeto (su madre y Elena, una niña de doce años)”. La perversión asoma a manera de guiños en la película de Meyer, la excitación que le produce al hacerle un masaje a su madre, la brusquedad con que trata a una niña de doce años para tenerla corporalmente cerca y cuando pierde su virginidad, una de las escenas mejor logradas: “El juego de los espejos es así porque es una de las pocas secuencias que a Yo lo tratan como un igual, no hay superioridad”.

Meyer nos dice que en el cuento, el personaje de Yo permanece inalterable, pero en una narración cinematográfica el personaje debe evolucionar: “su evolución no sólo es sexual, sino laboral y de desprendimiento de la madre”, una especie de liberación: “Las secuencias en interiores buscan que el espacio fuera una prisión para Yo en contraste con los exteriores que son una “liberación, un descanso y paraíso”.  Otra de las dualidades abordadas en el largometraje es la dicotomía entre “parálisis” y el “movimiento”: Yo vive con su madre en una casa al lado de una autopista y su restaurante “La Colmena” es la fuente de sus ingresos. Un no-lugar por el que la gente pasa sin reparar en él, un lugar que sólo es un respiro en lo cotidiano; en cambio para Yo, el respiro, la pausa, se vuelve eterna.

En la constante búsqueda de métodos y formas diversas en sus películas, Meyer trabaja en esta ocasión con actores no profesionales, de los que nos dice que si bien “no puede compartir un lenguaje en común (estados de ánimo, psicología, narrativa, momentos dramáticos), sí hay una confianza en el guión, en que la película se va armando plano tras plano y el intercambio humano es un sabroso”.

Por último, el director egresado del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) reflexiona acerca de la sexualidad y la experimentación cotidiana, tensión que busca desglosar en su trabajo: “Vivimos en una sociedad donde se nos ofrece el sexo continuamente y en todos lados pero por otro lado está la carga religiosa del pecado muy fuerte que prohíbe; no hay una libertad sexual. Hay una frustración que provoca tensión, una temática que abordo por primera vez”

Por Icnitl Y García (@Mariodelacerna)

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