El Festival de Sundance inició con una asistencia considerablemente más numerosa de prensa internacional y un número reducido de películas en su programación que, como muchos otros festivales hoy día, recurrió al formato digital para garantizar su continuidad. A diferencia del Festival de Toronto, Sundance no padeció de una moderada crisis mediática por sus criterios de acreditación de prensa, además de conservar sus secciones de programación definidas, permitiendo cubrir de manera más amplia distintos nichos.

En nuestra cobertura del festival de apertura del año cinematográfico, incluiremos películas de diferentes secciones y algunos cortometrajes. Comencemos:

El sueño más largo que recuerdo
Dir. Carlos Lenin

Poca óperas primas han causado en el cine mexicano un impacto similar al que tuvieron cineastas en la primera década del 2000 como Carlos Reygadas o Amat Escalante. La paloma y el lobo (2019), de Carlos Lenin (egresado de la ENAC), se sumó a esa lista de primeros trabajos destacables usando preocupaciones vigentes en el panorama nacional a través de un formalismo que fue recibido con tanta admiración como escepticismo. Éste se refina aún más en El sueño más largo que recuerdo, su trabajo más reciente que es protagonizado por Paloma Petra, aquí encarnando a Tania, una joven que abandona su pueblo natal para buscar a su padre que ha desaparecido como muchos otros en el país.

El cortometraje combina un acercamiento etéreo con uno terrenal, esto lo coloca en una línea similar a la de Tatiana Huezo o, más reciente, Fernanda Valadez y Astrid Rondero, cuya Sin señas particulares (2020) comparte con el cortometraje de Lenin una fijación particular con el fuego, elemento con una presencia recurrente en el cine mexicano durante los últimos años, con un rol que suele denotar una notable tensión entre destrucción y renovación. Ese mismo enfrentamiento parece empujar el cortometraje de Lenin, cuyos espacios físicos también son atravesados por la ausencia, como aquellos de La paloma y el lobo, reafirmando que los desiertos, paraje común en el norte del país, se han extendido hasta alcanzar los poblados.

El tono discretamente lírico que Lenin imprime a muchas de las imágenes y texto del cortometraje implican cierto riesgo de banalizar un tema que de entrada demanda solemnidad y es difícil afirmar, después de un visionado, que se llegue a ese punto. El interés del cineasta en estos temas, presentes también en su ópera prima, se decantan por un estilo que, quizá, no busca imponerse al tema que retrata –una objeción que se le hace a La libertad del diablo (2017), por ejemplo–, pero que nos deja ligeramente confundidos respecto a si debemos admirar la belleza y plasticidad de las imágenes o concentrarnos en el dolor y la rabia inherentes al tema. Habrá que pensarlo tanto como soñarlo.

Violation
Dir. Dustin Mancinelli & Madeleine Sims-Fewer

Aunque se ha sugerido ver una película como Violation junto con Possesion (1981), del polaco Andrzej Żuławski, y el experimento ofrece puntos muy estimulantes de discusión, vale la pena evaluar el trabajo de Mancinelli y Sims-Fewer en sus divergencias con la copiosa cantidad de proyectos que tienen una temática similar como eje, películas donde una agresión sexual da pie a una historia de venganza: El ángel de la venganza (Ms. 45, 1981), Venganza desnuda (Naked Vengeance, 1981), Elle: abuso y seducción (Elle, 2016), o The Nightingale (2018); junto a películas que exploran la misoginia, como Audición (Ôdishon, 1999) o Me quedo contigo (2014).

En Violation, una próxima divorciada (la co-directora Madeline Sims-Fewer) visita a su hermana con quien lleva años distanciada. Durante la visita su cuñado la viola y su hermana decide ignorarlo, entonces ella busca venganza con una inusual ferocidad. La construcción del relato se basa en la tensión de dos momentos: la agresión y la retribución, sin embargo, la forma en la que Mancinelli y Sims-Fewer estructuran dicha tensión no es equilibrada.

La fragmentación de la narrativa hace que la escena de retribución se dé a la mitad de la película, no al final, sin que ello merme el impacto. De hecho, lo perturbador de la secuencia toma una presencia ominosa en el resto del metraje que, sorprendentemente, es capaz de seguir acumulando tensión. Toda la violencia contenida en la venganza se contrae en el momento de la agresión original, filmada sin explotar el dolor de la víctima, sino enfocándose en elementos periféricos como el ambiente o los insectos, una presencia es recurrente a lo largo del filme. Amenazas apenas visibles que atacan silentes con efectos devastadores.

La Nuit des Rois
DIr. Phillipe Lacote

¿Qué sentido puede tener contar una historia cuando estamos inundados de ellas? A pesar de la abundante oferta de narrativas e historias, la narración oral ha perdido tanto poder que su rol se da por sentado en casi todas las películas donde la oralidad funge como preámbulo a la imagen. Existen raras excepciones como The World is Full of Secrets (Graham Swon, 2018), a ésta podríamos sumar La Nuit des Rois, película del cineasta africano Phillipe Lacote, que se ha presentado en Toronto, Nueva York y ahora en Sundance, además de ser candidata a representar a Costa de Marfil en la entrega de los Oscar.

Más allá de los premios que terminarán por opacar las virtudes más sutiles de la película –las cuales poco tienen que ver con lecturas sociales o políticas–, ésta es una reivindicación del poder que puede tener una persona rodeada de aquellos que escuchan una narración. Está ubicada en una prisión autogestionada en Abidjan, donde el “rey” de la misma, un presidiario agonizante, debe ceder su poder a alguien más. En la última noche de luna llena, el joven Roman (Babary Koné) asume el rol de “narrador” en el estructurado sistema jerárquico de la prisión, ignorando que esa decisión implica su muerte.

Cuando un reo conocido como “Silencio”, interpretado por el kinético actor francés Dennis Lavant, previene a Roman de su inevitable destino, éste decide contar el relato de un criminal en los barrios bajos de Abidjan mezclado con la historia de reyes antiguos, hechiceros y épicas batallas, la supervivencia y las aventuras que se desenvuelven en un espacio lejos de dioses y reyes, aunque no por ello con menor espacio para la virtud y la nobleza. Las digresiones que la película toma para “ilustrar” las historias de Roman no tienen el nivel de aquellas que puede conjurar un cineasta tan riguroso como Souleymane Cissé (Yeelen, 1987), sin embargo, Lacote muestra una mano mucho más precisa en otros espacios marginales como la calle y la cárcel, lugares en los que narrar se convierte en un flamante vehículo de salida.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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