‘¿Quién llama a mi puerta?’: El misterio de la feminidad

Los hombres siempre quieren ser el primer amor de una mujer. Esa es su torpe vanidad.
Oscar Wilde, A Woman of No Importance

El ideal es el miedo provocado por la distancia. Fabricamos íconos con la materia inacabable de lo real porque la lejanía nos impide analizar y comprender. La compasión es una virtud cara, y el prejuicio una adicción sencilla que nos cierra las puertas hacia lo verdadero ante la comodidad de inventar el mundo y cuanto existe en él. Por milenios la mujer ha sido misterio, cosa, ante el temor de los hombres que, impresionados por la capacidad de dar vida, se han postrado ante la virgen, la madre, la hechicera, la reina. Los arquetipos de la mujer descienden del miedo a reconocerla como otra, como persona incapaz de la perfección, al igual que cualquier hombre.

Agobiado por una fe castrante, Martin Scorsese creció como un niño reprimido, inclinado a una vocación sacerdotal que terminó abandonando por una oportunidad de introspección en el arte. Tímido por el asma que lo mantuvo encerrado en su niñez y por el fuerte conservadurismo de su entorno católico, Scorsese fue atrapado por la mentirosa magia de la mujer. Desde su primera cinta, Who’s That Knocking at My Door? (¿Quién llama a mi puerta?, 1967), hasta The Wolf of Wall Street (El lobo de Wall Street, 2013), los personajes masculinos del director italoamericano han compartido un asombro ante figuras rubias, angelicales, que hechizan con su presencia a estos hombres profundamente equivocados. Su negación de la otredad en las mujeres que los inspiran es un rechazo a sí mismos como seres relevantes por el mero hecho de estar vivos; sólo el control de estas beldades, acaso diosas, les afirma su masculinidad en una ruta inevitable, por destructiva,  a la soledad.

Para Scorsese, este tipo de relaciones entre hombres inseguros y mujeres independientes es una purga de sus propios miedos, pues el abuso masculino es siempre contemplado como un acto brutal, temible. JR (Harvey Keitel), el primer hombre en la obra de Scorsese, su Adán, es el padre de una inmensa lista de brutos obsesionados con la virgen y la puta, que ven a la mujer como una u otra, nada más. La novia  de JR (Zina Bethune) ni siquiera posee un nombre porque la cinta, narrada desde la perspectiva del varón castrado, impotente, muestra en ella un arquetipo que finalmente logra romper con la revelación de que fue violada. Cuando la virgen se desmorona, la puta es incuestionable para JR, quien es incapaz de ligarla con el matrimonio o la maternidad, como explica mientras habla de un personaje en una cinta: “No te casas con una broad (vieja)… Hay girls (chicas) y hay broads”. La mujer, para JR y sus descendientes en la obra de Scorsese, se resume de acuerdo con su función y se le niega cualquier posibilidad de cambiarla y de afirmarse como un compuesto de ambas. La imagen de una sexualidad abierta es irreconciliable con la perfección de la esposa, ilustrada desde las primeras escenas de la cinta por la propia madre de Scorsese. La lógica de JR es la del Complejo de Edipo: la madre es esposa y viceversa, y entonces la visión virginal es factor de deseo y repulsión. Sirve para casarse, pero no para experimentar con la sexualidad.

Para JR la expectativa de un futuro con su novia se viene abajo porque ella ya fue penetrada, aunque le asegura que su primera vez real será con él. JR es sordo ante las súplicas de la chica, pues su concepción del mundo, y por tanto su ego, tiene más peso que el amor. Sin embargo, Scorsese no culpa al catolicismo en sí, sino a la forma en que los hombres se afilian a él. La fe es en JR un refugio porque su timidez encuentra un cauce de aceptación, y no una postura espiritual; si lo fuera, no se juntaría con gángsters ni se reiría por jugar con una pistola. Matar es tan pecado como fornicar, pero JR sólo encuentra la culpa en casarse con una broad porque no siente la confianza y la seguridad para amar con libertad a una mujer entera, sino sólo a una mitad idealizada.

Esta mentalidad iconólatra es la base de los personajes subsecuentes de Scorsese, quienes, incapaces de tolerar la realidad, se ven embotados por lo magnífico, lo excepcional de los vicios, el crimen, la feminidad mágica, la libertad superficial que da el control. Es por ello que la lectura del cine de Scorsese debe ser irónica, pues no estamos ante un narrador omnisciente, sino ante un compasivo escucha. Desde ¿Quién llama a mi puerta?, la forma que ha empleado Scorsese se basa en la percepción de los hombres errados, siempre en desequilibrio a pesar de la consciencia femenina, apagada por el extintor prejuicio. Ninguno de los dos sexos es perfecto, y por eso, dependiendo del carácter, los personajes de Scorsese saldrán redimidos o caídos.

La trama y el tema de esta primera aventura cinematográfica son, entonces, una llave para revelar el pensamiento de una de las grandes mentes del séptimo arte, y una reflexión fundamental en el siglo XXI, cuando el resentimiento está fuera de control y sólo la búsqueda de la verdad podrá iluminar el oscurantismo al que nos intenta arrojar.

Por Alonso Díaz de la Vega (@diazdelavega1)

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