‘Eraserhead’: el manifiesto (primer borrador)

El arte es un asunto privado, el artista produce para sí mismo, una obra inteligible es el producto de un periodista, y porque en este momento golpea mi antojo de combinar esta monstruosidad con pintura al óleo: un tubo de papel simulando el metal que se presiona de forma automática y vierte villanía y odio cobarde. El artista, el poeta se regocijan en el veneno de la masa condensada en un jefe de sección de esta industria, que está feliz de ser insultado: es una prueba de su inmutabilidad.
Manifiesto Dadaísta, 1918.

David Lynch es uno de esos directores que siempre levantan ceja y provocan abandono de sala, adormecimiento e irritación, al tiempo que generan un seguimiento desmedido (en ocasiones un tanto pobre en las lecturas de sus películas), quizá por el uso de elementos estéticos que condensa con maestría a la hora de contarnos y desfragmentarnos una historia. Su cine provoca intriga, morbo y múltiples lecturas. Eraserhead es una especie de bofetada narrativa, que además sería el sino de casi toda la carrera “lyncheana”.

El primer largometraje de Lynch tomó años para ser estrenada en 1977, con un presupuesto de 10,000 dólares (mismos que fueron tortuosos de conseguir), en buena medida por parte del American Film Institute de Los Ángeles, en donde el director realizó estudios cinematográficos. Amigos y familiares también le entraron con una corta para filmar esta por demás atípica película, filmada en blanco y negro saturado, llena de simbolismos y rupturas narrativas que ambientan una historia que abreva mucho del dadaísmo y el surrealismo. El resultado es grotescamente bello.

El actor Jack Nance (Blue Velvet, Wild at Heart, Twin Peaks) interpreta a Henry Spencer, un hipernervioso trabajador fabril que dice estar de vacaciones. Henry recibe un día la carta de su ex novia que le notifica que va a ser papá, por lo que se ve obligado a casarse y conocer a la peculiar familia de su pareja. El hijo nace algo mal, raro, mutado en una criatura asquerosa y abominable que Henry tiene que cuidar.

La película, pese a ser abominable y terrorífica, no carece de belleza. El mismo Lynch la ha llamado “Historia de Filadelfia” al comparar la ansiedad provocada por vivir en esa ciudad. El cuidado estético, el diseño de sonido y la narrativa fungen como un todo con las escenas oníricas, en extremo simbólicas, que van descomponiendo la historia lineal detrás de ella. Eraserhead suele poner en jaque a la hora de “comprenderla” en su totalidad, y sin embargo es tan cercana, con una línea discursiva que bien podría llamarse “post existencialismo”, con incógnitas universales que parten desde un personaje en apariencia gris e inocuo, que toca elementos que se dirigen a una mirada oscura e incisiva sobre la humanidad misma, desde sus elementos estéticos (fetos, imágenes industriales, ambiente apocalíptico, etc.) y su conexión con interpretaciones. Desde su estreno han ido desde el análisis de su plástica, su lenguaje e innovación cinematográfica que la reconoce hoy en día como un trabajo esencial y único.

Así mismo, Eraserhead es la base de un estilo en Lynch, que siempre elude la interpretación y trata de escapar, descontextualizando cada escena que vemos, comienza a jugarnos bromas narrativas, mete otras, irrita; a veces pareciera que al final no dice nada. El absurdo juega un papel importante, aunque lo sabe insertar de una manera muy precisa y elegante.

Lynch se preocupó desde el principio por que se viera bien y que los sonidos estuvieran en sintonía. Cabe señalar que el soundtrack es una pieza de culto que Lynch creó en colaboración con el ingeniero de sonido Alan Splet, en resultado por demás perturbador, que además es referente tanto de artistas electrónicos de la escena industrial y noise (Merzbow, Esplendor Geométrico, Einstürzende Neubauten), como del rock llamado alternativo (Pixies, Nine Inch Nails).

Al soundtrack lo han llamado literalmente un soundtrack, compuesto de dos piezas: “Excerpts from: Digah’s Stomp/Lenox Avenue Blues/Stompin’ the Bug/Messin‘”, que recorre diferentes pasajes de la película, a través de silencios, ecos, sonidos oscuros, fríos, ruidos desconcertantes, lejanos y tétricos. La otra canción es “In Heaven”, compuesta para la película por Peter Ivers, que tiene una dulzura interpretada de forma perturbadora en sus vocales y unos órganos memorables, autoría de Fats Waller.

Lynch ha dicho de Eraserhead que es más sensorial que intelectual. Su grado de abstracción es tal, que permite la multiplicidad de lecturas personales sin dejar de apreciársele como una obra estética fundamental. Con el tiempo, Eraserhead se mantiene como una pieza de culto dentro del cine de cepa bizarra y marcaría la pauta del estilo Lynch: extravagante, negrísimo en su humor, perverso, elegante y desconcertante. La solidez de Eraserhead quiso ser continuada al año siguiente con Ronnie Rocket, más deschavetada, grotesca e ininteligible que la anterior.

Con el tiempo, David Lynch se ha refinado aún más y el presupuesto no suele mermar demasiado en cuanto al despliegue estético al que ya nos tiene acostumbrados, con piezas tan contundentes como inconexas como Blue Velvet (1986), Inland Empire (2006) o The Elephant Man (1980). Lynch ha sido nominado al Oscar en seis ocasiones, sin lograr ninguna estatuilla, lo cual no importa en cuanto a producción y exploración artística de este director multidisciplinario se refiere.

Eraserhead es una obra que sigue generando interés y lecturas en cuanto a sus elementos estético-discursivos, un viaje sensorial atascado de analogías y metáforas de largo alcance. A sus treinta y seis  años sigue luciendo transgresora y hermética. Es un primer borrador de un manifiesto cinematográfico que no hay que borrar.

Por Ricardo Pineda (@Raika83)

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