‘Petróleo sangriento’: El triunfo de Satán

Better to reign in Hell, than serve in Heav’n
Satán en Paradise Lost

La cualidad épica no está en la cantidad de personajes en una cinta, sino en las repercusiones de su argumento. En Petróleo sangriento (There Will Be Blood, 2007) Paul Thomas Anderson finalmente se libró de su concepción hollywoodense del mundo y aunque la cinta no fue barata, la historia está limpia de las exageraciones en Magnolia o Boogie Nights. El destino y la coincidencia se han marchitado, aunque no así los gritos ni los caracteres extremos, pero se debe a un énfasis apocalíptico que examina magistralmente en el protagonista, Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis), la determinación de un hombre por negar el reino de Dios e imponer el suyo.

Al igual que Satán en el poema épico Paradise Lost, de John Milton, Daniel es carismático, manipulador y un rebelde en pugna con la autoridad divina. Ante la naturaleza imperceptible de Dios, Daniel confronta a sus representantes con la razón y su poder material y se impone como un rey en el mundo mortal mediante el dinero y la persuasión.

Aunque sus armas requieren de otra gente para funcionar, Daniel pareciera rodeado por una esfera de fuego que consume a quien se le acerque. Su sueño, revela, es tener suficiente dinero para vivir lejos de todos porque al ver a la gente no ve ningún valor. Megalómano y destructivo, Daniel crea un emporio petrolero para envenenar a la realidad con billetes, incluso si implica cobrar vidas. Tan sólo su hijo, H. W. (Dillon Freasier), es dejado en la orfandad y adoptado por Daniel durante sus labores, años antes de ensordecer por la misma razón.

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Siempre hambriento de más, Plainview no sólo parece una encarnación de Satán, sino también del Capital, que todo lo consume. Cuando Paul Sunday (Paul Dano) le ofrece la posibilidad de perforar en el rancho de su familia, Daniel se encamina hacia California junto con su hijo para contaminar una embajada de Dios con promesas de educación, pan y agua, que nunca se concretan.

El hermano gemelo de Paul, Eli (Paul Dano), advierte el peligro de tener a Daniel caminando entre sus feligreses, más por el temor a perder su fuerza en la comunidad como predicador, que por proteger la virtud según sus revelaciones. Él también es un ángel caído, pero blande la palabra divina como su espada; “Yo bendeciré el pozo”, le impone a Daniel antes de que la plataforma petrolera comience su operación, pero termina viendo con sorpresa al empresario mientras él mismo hace la oración para humillarlo.

El pueblo de Little Boston alberga estas primeras hostilidades de la Guerra en el Paraíso peleada no con violencia épica ni ejércitos cuantiosos, sino con insultos y humillaciones que pasan de lo sutil a lo letal entre Daniel y Eli. La primera andanada la dispara Daniel al ignorar la instrucción de Eli, pero también al convertirse en el protector de su hermana menor, a quien su padre golpea por no rezar.

Para Daniel las personas son mortero para construir su pared que lo separe del mundo; la escena en que H. W. queda sordo por una explosión de gas mientras Daniel se emociona ante la torre de fuego que simboliza su ambición resume esta característica. “Hay un océano de petróleo bajo tierra. Nadie puede tenerlo más que yo”, explica Daniel.

El petrolero sólo le expresa cierta ternura a H. W. y a su medio hermano recién descubierto, Henry (Kevin J. O’Connor), a quien termina por asesinar cuando descubre que es un impostor. El dueño de un lote que Daniel necesita convierte este desbordamiento de ira en moneda de canje para conseguir la tierra faltante: le da la propiedad a Daniel si se une a la iglesia de Eli.

El bautizo de Daniel es una escena monumental; su volumen es más el de un exorcismo y el trasfondo es una humillación. Como Daniel ha enviado a H.W. a un internado, Eli lo obliga a gritar arrepentido que abandonó a su hijo mientras le ofrece la sangre de Cristo. Años más tarde, el rencoroso Daniel dará la vuelta a esta escena y consumará su reinado.

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La última batalla se da en la mansión Plainview, el retorcido sueño hecho hogar. Eli acude a pedir ayuda para taladrar el terreno por el que Daniel fue bautizado y éste acepta, pero sólo si el predicador admite ser un falso profeta y que Dios es una superstición. Los gritos renuentes de Eli parecieran incongruentes en un pastor que, dice, ha pecado, pero el orgullo es fuerte; él no se aflige por Dios, sino por sí mismo.

Daniel arrasa la esperanza de Eli en el terreno cuando le asegura que ya no hay nada por perforar allí, que se bebió su malteada. El petrolero grita que él es la tercera revelación mientras le arroja bolas de boliche al predicador, para después matarlo con uno de los pinos. Cuando su mayordomo le pregunta si está todo bien, Daniel, el Satán materialista, se apropia del consummatum est cristiano: “Ya terminé”.

There Will Be Blood ofrece con este desenlace un lamento por la capacidad humana para destruir la fe con la materia; el hombre es incapaz de alcanzar la virtud según Cristo, pero se regodea en su talento para ahogar a Dios en oro negro. El apocalipsis según Anderson es el triunfo de Satán, de la codicia, de la misantropía, pero sobre todo, la derrota del hombre, condenado a vivir fuera del paraíso.

Por Alonso Díaz de la Vega (@díazdelavega1)

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