MUBI Presenta: ‘Una mirada dentro de la mente de Charles Swan III’

El apellido pesa más que muchas toneladas en cualquier ejercicio artístico hoy en día. Y siempre. Los hijos de memorables artistas cargan con el peso de honrar la memoria de sus padres en cualquiera de las cosas que hagan. Ejemplo claro y rápido son los descendientes de John Lennon, que han estancado sus carreras a consecuencia de la teoría. Sin embargo, el apellido Coppola es todavía más complicado para formar expectativas. Dentro de ese círculo de artistas, encabezado por Francis Ford Coppola y del cual se desprenden varios nombres reconocidos en la industria cinematográfica de los últimos diez o 15 años, se encuentra un conjunto de virtudes que la convierten en una de las familias más fructíferas del medio.

Ahí está Roman Coppola como el heredero principal del legado, justo al lado de Sofia. La diferencia entre los dos es que el trabajo de él es menos meticuloso y mucho más divertido. El cine de Roman es elegante y muchas veces irracional, al grado del delirio, y lo convierte en el menos egocéntrico del grupo.

Por supuesto que no es ningún aficionado. Su trabajo como director de videos y en publicidad es de alta manufactura para sus requerimientos. Como cineasta, se desarrolla en escenarios lejos de la complejidad de películas como Somewhere o Bram Stoker’s Dracula. Como si después de estar rodeado e involucrado en ejercicios familiares –productor en la primera y director de la segunda unidad en la segunda– tratara de buscar un significado nuevo al cine Coppola. Y lo logró. Para CQ, su debut como director y escritor a principios de la década, elaboró una historia de ficción que se sostiene de comedia pura infravalorada a la distancia. No sorprende entonces que su película Una mirada dentro de la mente de Charles Swan III (A Glimpse Inside The Mind Of Charles Swan III, 2013) comparta corazón con la primera y con mucho de lo que ha hecho antes de aquí.

La película gira en torno a un publicista exitoso que ha vivido en el placer que ese  mismo éxito le ha brindado, hasta que la mujer de la cual está enamorado decide terminar su relación y comienza su debacle como persona y se sume en una depresión. El  Charles de la cinta parece entonces salir directamente de aquella época en la que el que le brinda vida, Charlie Sheen, disfrutaba los excesos en la vida real y se tornó en una de las personas más complicadas de la industria. Que a su vez parece ser el futuro de su fugaz personaje en Un experto en diversiones (Ferris Beuller’s Day Off, 1986). La película entera cuenta la historia de un Charles muy cercano a Sheen.

De ahí que el resto de los personajes se comporte más como un grupo de apoyo que como verdaderos coestelares. Jason Schwartzman (primo, ya de paso) y Bill Murray como los principales –el primero, su mejor amigo cantante, y el segundo, su agente de negocios– hacen una especie de autointerpretación de como los conocemos y se perciben casi cómicos de sí mismos.

Esa parece ser la intención del director desde un principio. La película entera está construida a base de momentos que lucen más como un chiste mal contado que como una verdadera comedia analítica. No es sorpresa, entonces, después de ver sus aportaciones con Wes Anderson, notar los momentos en los que estuvo involucrado. Tampoco lo es si se realiza la estética con la que fue filmada. Anderson y Coppola están a un paso de distancia de ser uno mismo, pero Roman es todavía más simplista. Y así destaca del resto de sus conexiones.

El cine de Roman Coppola es de esos que no están para tomarse en serio, a pesar de saber de dónde viene, porque nunca se sabe a dónde va. Y es parte del encanto que sostiene a Una mirada dentro de la mente de Charles Swan III. Por ello es que resulta imposible analizar la película como un ejercicio formal y tratar de demeritar el empeño de su creador: porque la realidad es que el empeño de Roman Coppola en cualquiera de sus películas como director se encuentra más del lado del entretenimiento personal que de aquél que complace a los que estarán prontos a vivirlas.

Si se piensa así entonces, aquella imagen de Steve Zissou en donde se hace homenaje a aquella de Francis Ford con Sofia en Cannes, poniendo a Roman como el elegido, tiene un poco de sentido. Levantar en brazos a Roman sólo en imitación, como la de sus películas y personajes. El incómodo irracional y el eterno cómico infravalorado.

Por Joan Escutia (@JoanTDO)

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