Otra mirada a ‘Isla de perros’: Nobleza y democracia canina

Isla de perros (Isle of Dogs, 2018) marca el regreso de Wes Anderson a la animación en stop motion y, al mismo tiempo, lo mantiene en una etapa en la que ha llevado su estilo único hasta la creación de ciudades ficticias completas. Si su anterior largometraje, El Gran Hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, 2014), se desarrollaba en un país europeo inventado y tenía de fondo una alegoría del inicio de la Segunda Guerra Mundial, Isla de perros tiene lugar 20 años hacia el futuro en una ciudad japonesa ficticia, Megasaki, aunque ciertamente existen las alegorías a diversos conflictos de nuestra actualidad.

El Japón de Anderson no sólo es una mezcla de elementos tradicionales y futuristas a nivel visual, sino también temáticamente. En un futuro distópico, los ecos de dinastías autoritarias pasadas están más presentes que nunca gracias al alcalde de la ciudad, Kobayashi (voz de Kunichi Nomura), un dictador corrupto que busca otra reelección. El gobierno de Kobayashi tiene a unos enemigos bien definidos, producto de una lucha ancestral; empero, no estamos hablando de personas con ideologías opuestas, sino de los perros de la ciudad. Al inicio del filme, Anderson introduce la leyenda del niño samurái que muchos años atrás traicionó a su propia especie para salvar a los perros del yugo de la dinastía Kobayashi, notoria por su amor hacia los gatos. Para mala fortuna de los perros, el actual alcalde está dispuesto a exterminarlos, tomando como pretextos prefectos la gripe, la fiebre y la sobrepoblación canina que amenaza el bienestar de los humanos.

Con un trasfondo tan político como mitológico, Anderson se termina enfocando en algo más mundano para conjugar cuestiones reales como el maltrato y el abandono de perros en una trama en la que todos los canes de Megasaki son exiliados, por ordenes oficiales, a la llamada Isla de basura. Nuestros protagonistas son cuatro perros de casa y uno callejero (voces de Edward Norton, Bob Balaban, Bill Murray, Jeff Goldblum y Bryan Cranston) que por seis largos meses han tenido que lidiar con las dificultades inherentes de estar exiliados en una isla llena de desechos, donde las enfermedades que los afectan en varios sentidos, físicos y mentales, van de la mano con la escasez de alimento y en general la áspera batalla de la supervivencia.

Es un escenario deprimente que sin duda nos recuerda a ese par de inocentes perros que sufren 85 minutos de agonía pura en la excelente pero desesperanzadora The Plague Dogs (1982) de Martin Rosen; incluso otros de los canes que habitan la Isla de basura han sido víctimas de terribles experimentos a manos de los humanos y continúan sufriendo las secuelas, tal y como los protagonistas de The Plague Dogs. Sin embargo, ese humor muy particular de Anderson está presente desde el primer instante en el que vemos a la jauría acordar con otro grupo de perros la revisión previa del contenido de una bolsa de basura, para así saber si vale la pena pelearse por las sobras.

Constantes gags perrunos, timing cómico impecable y cinco personalidades bien definidas (Cranston, por ejemplo, le da vida al rudo y malhumorado callejero de nombre Chief) hacen de la jauría de Isla de perros un verdadero deleite, al tiempo que Anderson los convierte en la parte fundamental de su moraleja, una vez que conocen a Atari Kobayashi (Koyu Rankin), un niño huérfano de 12 años, sobrino y también pupilo del alcalde, quien ha arribado al gran basurero con la esperanza de poder rescatar a su amado perro guardián Spots (Liev Schreiber).

No es coincidencia que durante una de las primeras interacciones llenas de empatía entre la jauría y Atari suene de fondo un tema musical proveniente de la obra mayor Los siete samurai (Shichinin no samurai, 1954), el cual aparece en la cinta de Akira Kurosawa justo cuando los granjeros, un joven samurái y el legendario personaje de Toshiro Mifune, admiran al veterano ronin (Takashi Shimura) que será el eventual líder de la resistencia. Además de la total exposición de la cultura nipona –de escenas de sumo y teatro kabuki, haikus, una peculiar recreación en stop motion de la preparación del sushi, animación tradicional, influencia visual de pinturas, al score de Alexandre Desplat– Anderson parece tomar algunos de los valores presentes en un clásico de ese país como Los siete samurai.

La lealtad incondicional que los perros le terminan demostrando a Atari, por el hecho de que es un jovencito humano que tuvo el valor de intentar salvar a su mascota, es equivalente al honor de los samuráis que deciden arriesgar sus vidas por una causa noble y sin esperar nada a cambio. A diferencia de otras cintas, Isla de perros no recrea la trama de Los siete samurai, al tratarse de una aventura simple con Atari y la jauría viajando al punto más remoto de la Isla de basura en busca de Spots. Con esto basta para una conmovedora reconexión entre las dos especies, porque hasta el inicialmente reluctante y solitario callejero Chief (que en algunas escenas remite al Mifune apartado del grupo de samuráis) reafirmará que mientras los humanos se siguen consumiendo en propaganda política, mentiras, actos criminales y líderes autoritarios que ven por sus propios intereses, la nobleza canina permanecerá intacta.

En este mundo de Anderson, magistral, creativa y meticulosamente diseñado (y más ambicioso incluso que el de la genial El fantástico Sr. Zorro), los perros protagonistas actúan desde el inicio como una democracia donde se hace lo que dicta el voto mayoritario, y obviamente de forma mucho más humana que la tiranía de Kobayashi. Serán los supuestos seres racionales los que tendrán que redimirse –de la mano de héroes como Atari y la chica activista Tracy (Greta Gerwig)– para estar a la altura del “mejor amigo del hombre”.

Por Eric Ortiz (@EricOrtizG)

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