‘El libro de la selva’: Refrescando a los clásicos

La nostalgia es un juego engañoso. Al crecer nuestros recuerdos se vuelven una cápsula de escape a los problemas del presente. Recurrir a ellos es una herramienta para sentirnos mejor.

Imágenes de caricaturas, viajes familiares, películas, música y objetos se transforman así en algo más. Por eso recurrir a la nostalgia como estrategia de marketing resulta tan redituable y a la vez tan frustrante.

Alcanzar las expectativas creadas por años de dulces experiencias es imposible. El estreno de Star Wars VI: El despertar de la fuerza es un buen parámetro, por un lado fue recibida con beneplácito por millones de personas (la taquilla lo demuestra), sin embargo cuando el furor se calmó y la razón comenzó a dar señas de vida los cuestionamientos sobre la verdadera calidad y originalidad del producto comenzaron a aparecer.

Pasa lo mismo con productos de menor expectación popular, como los cuentos animados de Disney. Hace unos años, como parte de su proceso de modernización y monopolización del mercado (Pixar, Marvel, Star Wars y Mickey Mouse trabajan para el mismo casino), la empresa fundada por Walt Disney decidió revitalizar sus clásicos animados. La estrategia ha funcionado comercialmente y arrojado resultados mixtos en todos los demás frentes. Aunque lo importante siempre es vender juguetes.

La siguiente parada en esta carretera es El libro de la selva (The Jungle Book, 2016), adaptada originalmente del libro de Rudyard Kipling en 1967 bajo la dirección de Wolfgang Reitherman (Robin Hood, Los 101 dalmatas). Esa primera versión sin duda es recordada con cariño por el público mexicano gracias a la entrañable interpretación vocal de Tin-Tan en el pelaje del despreocupado oso Baloo, aun cuando sufre de los mismos problemas de cualquier producción disneyana de aquellos años (números musicales repetitivos o chato diseño de personajes, por poner algunos ejemplos).

Mowgli (Neel Sethi) es un cachorro humano que vive en el corazón de la jungla. De pequeño fue rescatado por una pantera (Ben Kingsley) y desde entonces fue criado por una manada de lobos. Las complicaciones llegan junto a una sequía que afecta a toda la selva, el temible tigre Shere Khan (Idris Elba) se presenta para lanzar una amenaza: quiere ver al niño muerto y expulsado del lugar porque teme que pronto se convierta en un hombre.

Así, la nueva versión intenta hacer coincidir dos frentes: no perder la esencia de lo “clásico” y modernizarse gracias a la tecnología disponible (con miras a convertirse en una franquicia, claro está). Es una tarea que el realizador Jon Favreau (Iron Man, Chef a domicilio) lleva a buen puerto, quizá nunca desarrolle una verdadera voz autoral pero no se complica y eso se agradece. La atención de Favreau y todos los involucrados está en entregar un producto entretenido. Destinado a dejar satisfecho a la mayor cantidad de público posible.

Para lograrlo la película elimina los números musicales para favorecer las escenas de acción (el oso conserva su momento melódico), al mismo tiempo que intenta mostrar una visión menos idealizada de la jungla. Aunque hay momentos de misticismo (la visión de los elefantes como creadores), nunca toman por completo el tono de la cinta. Incluso se da tiempo de insertarse en una tradición literaria y fílmica (esa hermosa cita a Apocalypse Now de Francis Ford Coppola cuando el Rey Louie entra en escena).

Mowgli es visto como una amenaza porque lo es. Es un ser humano que, a pesar de actuar como todo un animal, en realidad nunca se convertirá en uno. La separación entre unos y otros, a pesar del cariño, es palpable. Por eso las herramientas y aparatos creados por el niño, aún con cierta idealización de capacidades, son presentadas con un ojo de incomprensión. Una lección para los más pequeños sobre los alcances de la creatividad y la responsabilidad que le debemos como especie a la naturaleza.

Son ideas que nutren el espectáculo tecnológico (las computadoras están cada vez más cerca de igual a la realidad) y el buen trabajo vocal de todos los actores involucrados (Bill Murray se roba toda la buena onda, pero es Bill Murray). El libro de la selva resulta, de esa manera, un eficiente choque de tradición y tecnología, suficiente para que la Casa del Ratón se gane unos centavos.

Por Rafael Paz (@pazespa)
Publicada originalmente en Forbes México Digital.

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