Mubi presenta: ‘Las señoritas de Rochefort’

La permanencia de Las señoritas de Rochefort (Les demoiselles de Rochefort, 1967), de Jacques Demy, no se mide con historicismo en busca de innovación, sino con el recuerdo de sueños ya empolvados. Lejos del musical subversivo Una mujer es una mujer (Une femme est une femme, 1961), de Jean-Luc Godard, esta cinta es un conservatorio de la tradición y el idealismo, aun a pesar de sus rupturas de la cuarta pared. En este mundo de colores pastel, tan alegres que evocan el caramelo y la infancia, la inocencia se establece como la principal forma de interpretar el mundo. Entre la alegre música de Michel Legrand, cuyos contrabajos y trompetas suponen la joie de vivre de una comunidad de la Francia provincial; las letras del propio Demy, donde se canta “lo bello de la vida”, y la ingenuidad de un grupo de amantes que no se encuentran entre sí, a pesar de que unos describen a otros ante amigos en común, se construye una fantasía inolvidable.

El de Demy no es el mundo real. El amor, en su cinta, es un imán de casualidad donde las parejas no se conocen; se inventan. El pintor y soldado Maxence (Jacques Perrin) canta cómo extrae de su imaginación a Delphine (Catherine Deneuve), tal como el preocupado narrador del estándar de jazz My Ideal. En ambas canciones la mujer en la mente causa melancolía porque podría no ser real. La belleza provoca el amor y éste, el significado de la vida. Por fortuna para los personajes, en el sueño de Demy no sólo es posible conocer al ideal, sino inevitable. Si el psicoanalista Carl Jung se mostró tímido ante su teoría de la sincronicidad, la teoría de la coincidencia, Demy la convierte en regla. Solange (Françoise Dorléac), la gemela de Delphine, se encuentra con el compositor Andy Miller (Gene Kelly) y se enamoran a primera vista, sin saber que un amigo mutuo, Simon Dame (Michel Piccoli), está por presentarlos. Dame, a su vez, ignora que las gemelas son hijas de la mujer que ama, Yvonne (Danielle Darrieux).

El destino se impone y se manifiesta como un grupo de extraños gitanos que venden vehículos: Etienne (George Chakiris), Bill (Grover Dale) y su compañía de bailarines publicitarios. Para ellos la vida es mudarse y “saquear corazones”, y su llegada al pueblo de Rochefort es precisamente un acto de inercia; la nota que empieza la canción. En uno de los primeros planos, Demy anuncia este arribo también como un alivio de la posguerra: los gitanos motorizados entran vivaces, coloridos, y el ejército marcha en su aburrido uniforme fuera del pueblo; la rigidez de los soldados se contrapone con el baile de los forasteros, cuyas coreografías son un entramado plástico de alegría con giros, flexiones y saltos. En el movimiento se aloja el gozo del espectador, invitado a imitarlo por una libertad cinética. La danza y la música son algo más que el complemento de la fantasía porque, si el sueño en el guión cumple deseos, las artes sensuales se comunican con la piel. Ver y escuchar Las señoritas de Rochefort deleita los sentidos de manera que el cuerpo se relaja y se abre al trance, que se escabulle hacia la mente.

Esta energía del movimiento se replica en la anécdota. Los amantes desconocidos tienden a pasar cerca pero sin verse. Viviendo de prisa y obsesionados con el cambio, ignoran el llamado de la atracción. Demy se propone expresar la incapacidad de encontrar el amor que buscamos, menos elusivo en su imaginario que la verdad, en una visión de ensueño donde el azar es obstáculo pero también resolución. A pesar de que las gemelas cantan sobre “amar la risa y el llanto”, Rochefort no es un escenario complejo. El optimismo abunda tanto en estructura dialéctica como en expresión sensible y hasta la invasión de los forasteros es un acto gentil de visita y bienvenida. Afuera de la película el mundo es distinto; salir de la sala de cine es despertar y reencontrarse con la realidad, que encoge los sueños, pero que también los alimenta.

Alonso Díaz de la Vega (@diazdelavega1)

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