MUBI Presenta: ‘Joy Division’ de Grant Gee

“Someone take these dreams away,
That point me to another day,
A duel of personalities,
That stretch all true realities.”
Dead Souls

Esta historia ya la hemos escuchado. Un pueblo gris, sin alma, un lugar decaído e imbuido de nostalgia da a la luz el siguiente gran fenómeno. Puede ser artístico, político o social, no importa. Es el tipo de relato listo para ser explotado por un libro de autoayuda, la reflexión esquemática que espera ser narrada en una conferencia de Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Sin embargo, Joy Division se gestó en una localidad así y creció hasta cambiarle el rostro al mundo de la música. Mientras leen estas líneas en alguna parte del globo alguien está tocando un Love Will Tear Us Apart.

El documental Joy Division (2007) de Grant Gee se sumerge de manera cronológica en la vida del homónimo grupo buscando desentrañar las razones de su duradera huella. Entender cómo una banda logró capturar el espíritu de una ciudad en ruinas, marginalizada y deprimida. “Manchester era un lugar horrible”, nos recuerda uno de los integrantes de la agrupación a cuadro. La trascendencia del sujeto retratado es lo suficientemente grande para ir más allá de la tradicional estructura documental elegida por Gee, donde cabezas parlantes comparten sus anécdotas sobre material y música de archivo.

Para Gee, la semblanza de Joy Division es al mismo tiempo la de su vocalista: Ian Curtis, quien se suicidó cuando la cuadrilla estaba a punto de iniciar una gira por los Estados Unidos. Es la sombra de Curtis la que cubre, y sin duda potencia, cualquier discusión sobre la banda que le dio fama. El mito está irresolublemente unido a él. Como el recién estrenado Cobain: Montage of Heck (2015) o la biográfica Control (2007), de Anton Corbijn, el documental funciona como un mapa de una personalidad trágica, una especie de juicio —así sea amigable— hacia aquellos alrededor del infausto rockstar, los mismos que hoy aseguran estar arrepentidos no haber visto las pistas, de no ayudar cuando pudieron.

Desde el inicio, la bipolaridad de Curtis sobre el escenario fue clave del sonido único producido por el conjunto. Todos colaboraban, sin duda, pero él llevó su enojo, furia, crudeza, a la música. No son pocas las veces a lo largo de la cinta en que alguno se pregunta cómo fue posible no atisbar la depresión de Ian, lo atormentado de su alma y la verdad más allá del arte. Ese sueño imposible da igual a una vida, y sin embargo muchos la dejan buscando alcanzarlo.

Sirva la película para recordar a la leyenda, esa presencia hipnótica que sólo podemos absorber a través de videos granulados o producciones llenas de tiza —eliminada por los modernos equipos de producción musical. Ese trance de Ian Curtis encima de la tarima, lleno de vulnerabilidad y electricidad al mismo tiempo, es motivo suficiente para lamentar su temprana pérdida. Así lo entiende Gee: el mejor homenaje es apreciarlo por medio de los recuerdos porque no tenemos nada más.

La procesión avanza, los gritos terminaron. Alaba la gloria de aquellos seres queridos que se han ido…

Por Rafael Paz (@pazespa)

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