Macabro | ‘Wolfcop’ y el whisky de la vida

It was a big fucking wolfcop…

Las teorías conspiratorias han regido el imaginario social por siglos; los masones, logia vinculada a los iluminati, se especula tienen estrecha relación con las esferas de poder que controlan el mundo, en sentido político, económico y cultural. Protectores de secretos negados a la humanidad, custodian la identidad de sus miembros, la divulgación de avances científicos, acontecimientos históricos que se creen irresueltos y contacto con especies de otros planetas. Su amplio conocimiento rebasa una religión de dios unívoco, por el contrario, su cuerpo teórico bebe de distintas corrientes teológicas y filosóficas que abarcan desde las primeras civilizaciones y son simbolizadas en figuras geométricas sacras. Wolfcop (Lowell Dean, 2014) es una narración de producción canadiense que tiene como figura principal a Lou Garou (un Marc Ruffalo de la hoja de maple, Leo Fafard), un policía desaliñado y el “perdedor” del pueblo que ingiere litros de whisky para mantenerse alerta. Una noche, obligado a hacer su trabajo, es secuestrado en un bosque para marcar su tórax con un pentagrama; ritual efectuado por tres encapuchados y enmascarados sacerdotes del ser oscuro.

Garou tardará poco tiempo en recordar a través de memorias estrobóticas la marca escarbada en su piel; esa misma noche de luna llena, mientras está en el mejor lugar del mundo (frente a una barra con whisky, cerveza y la chica barman ultra sexy Jessica (Sarah Lind), se convertirá en hombre lobo. Sus recuerdos son confusos, pero los cuerpos destazados en el baño del bar indican que tuvo una noche productiva. El pentagrama de personajes se va desglosando poco a poco: Garou y la inexplicable atracción de Jessica por el policía en primer plano, después se demarcará a Willie (Jonathan Cherry, que sostiene el filme a través de sus diálogos hilarantes), un vendedor de armas y municiones, frito y clavado con temas de cienciología, ocultismo y ovnis; Tina, la compañera policía aplicada y bien portada de Garou y su jefe, el sheriff del pueblo. Con un arte y estética ochentera, Dean rememora películas de la época en la que los policías tenían un papel protagónico en el heroísmo, y el corazón del público se identificaba con los renegados, los guardianes de la ley que no se acoplaban a la autoridad (Die Hard, John Mc Tiernan, 1988; Lethal Weapon, Richard Donner, 1987).

El wolfcop mantendrá su conciencia de hombre, incluso el habla, cuando esté convertido; su nuevo niñero geek Willie, lo guiará por los derroteros de su animalidad y ayudará para poder sabotear los planes de los encapuchados satánicos. La iluminación congruente y encuadres dominados, a pesar de los exteriores en los que nuevos autos contrastan con la patrulla ochentera, harán que olvidemos el corto presupuesto de la producción; el ritmo y montaje nos llevan de un sarcasmo a otro pasando por desollamientos y sangre saltando a las cámaras. Ser hombre lobo tiene sus beneficios: saborear a la sexy-bruja-bartender del pueblo; una secuencia zoofílica de buena construcción y chistes plásticos. Para desmantelar la trinidad satánica, será necesario ser un buen wolfcop “perdedor”. El filme nos arroja una moraleja: beber litros de whisky para resistir cualquier posesión satánica (y funcionar socialmente) y confiar en las mujeres inteligentes, que siempre tendrán un arma lista para ser usada.

Por Icnitl Y García (@Mariodelacerna)

Toda nuestra cobertura del décimo cuarto Macabro FICH.

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