Macabro | ‘Antibirth’: Úteros tóxicos

Algo que se le puede agradecer con creces al género del horror es la transformación del cuerpo humano en un medio expresivo y moldeable, como si se tratase de una texturizada y tétrica plastilina. Desde los engendros de rabia y rencor de David Cronenberg en The Brood (1972), pasando por la gelatinosa orgía de Brian Yuzna en Society (1989), hasta llegar al tóxico parto de la hilarante, aunque irregular, Antibirth (2016)La opera prima del videoasta Danny Perez cuenta la historia de una joven drogadicta (la oscuramente carismática Natasha Lyonne), quien despierta después de una gran juerga con síntomas de una extraña enfermedad que toma forma de embarazo y también la hace tener lyncheanas visiones de fórceps, camillas y demás febriles alucinaciones.

Perez trata de construir alrededor de este peculiar embarazo una atmósfera que desafortunadamente no se logra del todo. Termina por dejar una primera parte que se siente redundante, sin mucha dirección y que se recarga demasiado en la acidez de su protagonista, la feroz Natasha Lyonne de la serie Orange Is The New Black, así como de mostrarnos a la bella Chlöe Sevigny siendo Chlöe Sevigny. Hay destellos interesantes en las secuencias de alucinación onírica, como la de esos inolvidables aluxes agrandados en una fiesta infantil o los mismos practicando peligrosas proezas ginecológicas en una plancha de operaciones.

A pesar de su olvidable, casi desechable primera parte, el filme toma vuelo cuando aparece la destornillante presencia de la intensa Meg Tilly (Sisters of the Madgdalene, 1975) como Lorna, que, ya saben, es Lorna. La mujer trata de proteger a nuestra protagonista de la extraña conspiración en la que se ha visto envuelta, buscando pistas y tratando de conectar los puntos que nos llevan a la nauseabundamente magistral secuencia final.

Perez hace uso de recursos plásticos que van del intercorte, a efectos estrambóticos de riguroso control que generan una sensación de desasosiego. No tan intrusiva como la de otros cineastas (Enter the void, Gaspar Noe) y que están bien dosificados a lo largo del filme. Su mayor fortaleza recae en los extremos a los que lleva el cuerpo de su protagonista.

Los efectos físicos, que incluyen una estriado y gigantesco vientre haciendo juego con una gigantesca bola de pus en la planta de pie. Llegan a un paroxismo casi sublime al momento del “antiparto”. La locura se desborda y los límites son empujados a puntos que resultan coherentes con el desarrollo del filme, transgrediendo la simple exageración y creando un nuevo orden a medio camino entre Lloyd Kaufman, David Cronenberg y John Carpenter. Enciendan sus puros…

It’s a thing!

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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