‘Lucy’: La derrota de la razón

La trascendencia yace inerte en cada persona. Un potencial de abrumador peso se cierne sobre nuestras cabezas. Los límites de la imaginación se ven deshechos y permiten una alteración de la realidad tal, que parece a muchos ojos “ridícula” o “fantasiosa”.  Estos adjetivos se convierten ominosos en el vibrante filme del cineasta galo Luc BessonLucy (2014), que después de una serie de descalabros creativos como Una familia peligrosa (Malavita, 2013) o Amor, honor y libertad (The Lady, 2012) encuentra en la ficción especulativa una refrescante y recargada síntesis cinematográfica que encuentra las mejores virtudes de Besson: una figura femenina fuerte al centro y una brillante premisa que vincula los dominios de la antropología, la neurociencia y la ética evolutiva con una vertiginosa cinética.

Lucy (Scarlett Johansson) es una mujer glamorosamente vulgar que conoce a un tipo en Taiwan que la pone a entregar un maletín a un sádico capo (el mítico Sik Choi, de Oldboy). El maletín contiene una poderosa droga conocida como C.P.H. 14 (de origen fetal). Ahora convertida en mula, Lucy ingiere accidentalmente casi una bolsa completa de la droga, lo que hace que la capacidad de su cerebro vaya aumentando hasta llegar, gradualmente, al 100%.

El lenguaje cinematográfico de Besson es voraz e hiperactivo, aunque disperso. Su ambición busca conectar el origen del mundo con el final del mismo, estableciendo a la fémina Lucy (tanto la  famosa australopithecus como su protagonista) como puntos de convergencia en la historia de la evolución humana, al tiempo que desarrolla postulados filosóficos sobre las implicaciones del despertar del poder infinito del cerebro en un mundo que cada vez subestima más las funciones del mismo y califica más con superstición que con razón. Ah, y también es una película de acción con balas, madrazos y estrogenada acción al estilo Besson (Nikita1994). En pocas palabras, un malabarismo fílmico y conceptual tan complejo, químicamente sintetizado y atractivo, como la droga que consume Lucy.

Reminiscente de algunos filmes del propio Besson como El quinto elemento (The Fifth Element, 1997) y salpicada con referencias a otras sacudidas mentales como Telépatas mentes destructoras (Scanners, 1981), de David Cronenberg, o Estados alterados (Altered States, 1980), de Ken RussellLucy es una película caótica y recargada, pero no por ello menos interesante. Las ideas son el decorado ideal para un filme de acción tan barato como los que inundan las pantallas semana a semana. Probablemente de ahí nazca la naturaleza ambivalente de Lucy: una idiotez profundamente inteligente.

Scarlett Johansson es pura presencia que se confirma como el canal ideal de lo inasible y lo metafísico, después de su alienante y espectacular trabajo en Under the Skin (2013), de Jonathan Glazer. Pasando de una empatía natural a un desapego abstracto a medida que su capacidad cerebral va aumentando, el estoicismo de Johansson es vital para, cuando menos, olvidarnos del escepticismo. Lo mismo para Morgan Freeman, quien interpreta a un reconocido investigador que mientras dicta conferencias en la prestigiosa Sorbona, le recomienda a Lucy pasar toda su información, heredando datos, mas no inteligencia.

Lucy es un filme refrescante y anómalo que se mueve de la más corriente banalidad a una trascendental manía, en la que el conocimiento despedaza la emoción, y la ignorancia se convierte en nuestro temporal seguro de permanencia, un esquizoide paquete altamente concentrado que estimula y entretiene a quien lo mira con seriedad, pero que exaspera a quien espera un dictado de coherencia.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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