‘La pasión de Cristo’: Un tormentoso via crucis

En la soledad de la noche decorada por un intenso azul, en el Huerto de Getsemaní, Jesús ora en agonía ante la dura prueba que le espera. Mientras algunos de sus discípulos duermen, la presencia del demonio disfrazado de malévola mujer aparece y cuestiona al Mesías sobre sus venideras acciones en virtud de una humanidad pecadora que se limitará a actuar con perversidad y sin misericordia. Jesús resuelve su destino y carga con ello, esperándole desde la traición y la negación, hasta los azotes, las burlas, la crucifixión y la resurrección.

No hay ninguna persona, séase atea o de la religión que profese, que no sepa quién fue Jesús de Nazaret. Como bien es sabido, su obra ha sido transmitida en el paso de cada siglo. Desde los preceptos bíblicos y la interpretación de sacerdotes y rabinos, los afamados via crucis en Iztapalapa y el resto del mundo, hasta las clásicas cintas que tratan de recrear su labor espiritual, aquellas que conocemos primordialmente gracias a las retransmisiones vespertinas de Sábado de Gloria en la televisión local.

Y también se conoce que Mel Gibson lo retomó para crear un relato bíblico simplemente llamado La pasión de Cristo (The Passion of the Christ, 2004), uno que suscitó todo tipo de controversia por su nada sutil aborde de las últimas 12 horas de vida de Jesús.

La razón es sencilla: el enfoque primordial recae en el retrato del sufrimiento, de la palabra pasión, esa denominación en latín que, en este caso, comprende a los evangelios enfocados en las últimas etapas en la vida de Jesús. Gibson, quien retomó los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan y las visiones de las monjas María de Agreda y Anne Catherine Emmerich, escribió el guión en conjunto con Benedict Fitzgerald.

También añadió a su épica bíblica algunos elementos que la diferenciaron de visiones más nobles como las de Franco Zeffirelli (Jesús de Nazaret, 1977), George Stevens (La historia más grande jamás contada, 1965), el mexicano Miguel Morayta (El mártir del calvario, 1952) o el musical por parte de Norman Jewison (Jesucristo Superestrella, 1973). Y no sólo destacan la brutalidad en la flagelación y agresiones físicas, el exceso de sangre o la inclusión del idioma arameo, latín y hebreo (todos ellos los más reconocidos de la película), sino que también son evidentes los simbolismos, como el mal representado en el paso del demonio entre soldados que disfrutan ejercer el poder de la violencia, la distorsión del bien, el amor incondicional de una madre o la culpa representada en lágrimas o en niños agresivos.

A su vez, en su sombría obra, no olvidó el mensaje con el que sí guarda similitud con el resto de películas congéneres: la fe, la predicación espiritual para la humanidad (los recuerdos de la entrada triunfal a Jerusalén o la última cena, entrelazados mientras Jesús carga su pesada cruz rumbo al Gólgota) y el amor redentor que pretende buscar la liberación del pecado.

Cabe mencionar que los creyentes más sensibles la acusaron de antisemita, una descripción que quizá no aplicaría del todo a La pasión de Cristo. Si se compara a la manipulación con la que Caifás, el sacerdote judío, logró la aprensión de Jesús o con la crueldad de sus allegados y seguidores o con los insanos azotes perpetrados por los soldados romanos, se deduce que, sin importar la nacionalidad o procedencia, la naturaleza humana, además de complicada, guarda una oscuridad nata. Incluso más de dos mil años después permean actos malignos similares o más bestiales, aquellos de corrupción, inhumanidad, injusticia y violencia que nos rodean día a día, por lo que el mencionado denominativo es injustificado.

Los personajes trascendentales en dichos evangelios cumplen con su célebre función predestinada, incluyendo con cierta libertad y complejidades de los seres humanos: el miedo de Jesús (Jim Caviezel) ante su dura prueba y su fuerza espiritual con la que enfrenta el dolor; las culpas y arrepentimientos de Pedro y Judas (el primero, por negar a Jesús tres veces, y el segundo, por su traición); el dilema de un clemente Poncio Pilatos (Hristo Shopovov) en encontrar parcialidad en la sentencia de Jesús; la ironía del manipulador Caifás y su gran habilidad para construir intrigas, y el amor maternal de María (Maia Morgenstern), quien, destrozada por el sufrimiento de su hijo, intenta mantener fortaleza interna ante su destino, constándolo en cada momento que lo atestigua, acompañando a Jesús hasta la crucifixión.

El realismo estremecedor recreado en la penumbra del Vía Crucis por parte de Mel Gibson impera por los mencionados idiomas antiguos con los que fue filmada, los claroscuros entrelazados con la crudeza en la fotografía de Caleb Deschanel (inspirada en el arte barroco de Caravaggio), la evocación espiritual con flauta, tambores y el cántico arameo con la música de John Debney y por retratar una historia cuya intención, de acuerdo con el cineasta, fue “viajar en el tiempo y presentar al público aquellos hechos tal y como ocurrieron”.

Así, a una década de haber sido estrenada en el mundo, el impacto de La pasión de Cristo provocó morbo, escepticismo, llanto en algunos, conmoción, indignación en otros, innumerables parodias (una de ellas la famosa representada por Cartman y compañía en South Park) y estará rodeada por una eterna controversia por el implacable retrato del sufrimiento interno y físico, esa Pasión por la que atravesó el Mesías por la humanidad.

Por Mariana Fernández (@mariana_ferfab)

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