‘Hasta el último hombre’: Objeción de conciencia

El nombre de Mel Gibson, encumbrado tiempo atrás en la cima del éxito en el medio cinematográfico, se ha visto enlodado en los últimos años por una serie de polémicas (la mayoría de ellas gestadas por él mismo) que hundieron su imagen pública, siendo algunas de ellas su calificación de los judíos como los “culpables” de las guerras de la humanidad en 2006 y las bromas disfrazadas de dimes y diretes con Ricky Gervais en la edición de los Globos de Oro 2016.

La suma de escándalos ensombreció su carrera, siendo prueba de ello su escasa presencia en proyectos cinematográficos, principalmente su labor como cineasta. A una década de su visceral y un tanto inexacto retrato de la cultura maya en Apocalypto (2006), Gibson retoma en Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge, 2016) la representación de la figura heroica, en esta ocasión a través de Desmond Doss, el primer objetor de conciencia en la historia de la Armada estadounidense.

Apoyado con el guion de Robert Schenkkan y Andrew Knight, la perspectiva bélica adquiere un tinte convencional por medio de una primera parte bastante complaciente en la que la infancia del personaje, aquejada por el alcoholismo del padre (Hugo Weaving), marcaría las convicciones que adquiriría en cuanto a su negación al uso de armas. A raíz de un incidente de violencia con su hermano, el joven Desmond Doss (Andrew Garfield) y su tranquila vida en la provincia sureña, donde conoce al amor de su vida, la enfermera Dorothy (Teresa Palmer), adquiere un repentino cambio al sentir un “llamado personal” para enfilarse al ejército, deseando fungir como médico en vez de soldado.

El inicial tono ligero del relato, su calidez e inocencia, aquejado también por los clichés del género, cambia de poco en poco a uno más oscuro en el que la defensa de las convicciones personales y la fe religiosa son las encargadas de resaltar a un personaje tranquilo y de firmes creencias que demuestra su sentido del deber. Andrew Garfield logra un notorio trabajo al reflejar la fuerza interna de Doss y su subsecuente pérdida de inocencia en el cruel campo de batalla, lugar en el que el soldado mantiene sus preceptos después de una corte marcial, mostrando su valentía, comprometido en salvar el mayor número de vidas y su objeción de conciencia.

Gibson resalta al héroe y la defensa de sus convicciones, tal y como lo presentó con William Wallace en la Guerra de Independencia de Escocia en Corazón valiente (Braveheart, 1995), preservando también la esencia de la reflexión en penumbras, reflejado en la meditación de Jesús en La pasión de Cristo (The Passion of the Christ, 2004), preservando también el estilo agresivo y salpicado de gore de esta última.

La crueldad en los campos de batalla, reminiscentes a la crudeza de Steven Spielberg en Rescatando al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998), realza la secuencia de la batalla de Okinawa, logrando salir del ligero bache narrativo de los orígenes de Doss para brindar su compromiso en el cumplimiento de su objetivo personal, rodeado de una espiral de violencia y confrontaciones en tierra hostil.

Enmendando los cabos sueltos familiares y los clichés en el desarrollo del romance y el entrenamiento, Hasta el último hombre logra entremezclar la importancia de la defensa de las convicciones personales con una recreación bélica que, de manera irónica, resalta tanto las incongruencias de la guerra como la necesidad de escenarios pacíficos alejados de las armas y del daño a los demás.

Mel Gibson logra sacarse la espina de sus debacles cinematográficos. Un poco nada más.

Por Mariana Fernández (@mariana_ferfab)

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