FICM | ‘The Rover’: Distopía y existencialismo de carretera

Where I lay my head is home
And the earth becomes my throne
I adapt to the unknown
Under wandering stars I’ve grown
By myself but not alone
I ask no one
“Wherever I May Roam”- Metallica

Diez años después de un colapso económico que asola el mundo occidental, Australia (o lo que queda de una nación fragmentada) vive una poscrisis con tintes distópicos y desoladores. Como en los westerns clásicos, la isla se ha convertido en un espacio cerrado, caótico: tierra de nadie. Este es el escenario que enmarca The Rover (2014), de David Michôd, un drama crudo y violento que protagonizan Guy Pearce, en el papel de un oscuro y sanguinario asesino, y Robert Pattinson, en uno de los mejores personajes que el cine ha visto en mucho tiempo: un joven que, según el mismo Michôd, está: “perturbado y dañado, pero que tiene un alma hermosa e ingenua”.

Resulta tarea imposible no comparar o relacionar The Rover con Mad Max (1979), George Miller, por el formato de la trama: automóviles y carreteras en los páramos australianos; sin embargo, la cinta se nutre aún más de la cultura del cowboy y la estructura de las road movies con una atmósfera existencialista. La historia sigue a Eric (Guy Pearce), un ex militar resentido que recorre las carreteras tras perder a su familia y su granja. Un grupo de criminales roba su automóvil y va tras ellos, con un móvil que desconocemos y que sospechamos se trata de algo mucho más profundo que sólo recuperar su vehículo. En el camino rescata a Reynolds (Robert Pattinson), hermano menor del líder de una banda de delincuentes que llegaron a Australia en busca de oro en las minas (una suerte de fiebre dorada pero en un mundo derruido y no de promesas palpables). El joven ha quedado herido tras un enfrentamiento con los militares que patrullan los caminos. Reynolds es un joven del sur de Estados Unidos, cuya personalidad estúpida y lenta recuerda a algún personaje del universo de las novelas de Faulkner. Juntos recorren la autopista, escenario anárquico que se encuentra habitado por maleantes, traficantes de armas enanos, una matrona que prostituye jovencitos y una doctora que protege a una manada de perros de que los hombres hambrientos los devoren.

David Michôd es un director que sabe asimilar sus referencias y las lleva al límite, las retuerce y las ensucia de tal modo que nos brinda una voz propia, visualmente cuidada y desgarradora. Si es evidente  la influencia de la saga distópica Mad Max, que protagonizara un jovencísimo Mel Gibson a finales de los 70, en el espíritu de The Rover, también es verdad que su obra se nutre de películas tan dispares como el clásico noir, El ocaso de una vida (Sunset Blvd., 1950), de Billy Wilder; La delgada línea roja (The Red Thin Line, 1998), de Malick; Apocalypse Now (1979), de Coppola, y cintas más recientes como El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (The assessination of Jesse James by the Coward of Robert Ford, 2007), de Andrew Dominik, y Valhalla Rising (2009) y Drive (2011), éstas últimas, películas de Nicolas Winding Refn, cineasta contempóraneo con el que encuentro mayor similitud en estilos.

The Rover 2

Ya desde su debut con el drama de corte gangsteril, Reino animal (Animal Kingdom, 2010), el cineasta australiano había demostrado una enorme capacidad para crear, de la mano de sus protagónicos, personajes sumamente complejos y contrastantes. Vale la pena destacar que en sus dos filmes colabora Guy Pearce con sobrias actuaciones. En esta ocasión, Michôd nos regala una de las mejores interpretaciones de Pattinson, quizá menospreciado por su trabajo como el vampiro brillantina en la decepcionante saga de Twilight, pero que poco a poco ha demostrado un trabajo serio en cintas con directores de la talla de Cronenberg. Uno de los aciertos en la actuación de Pattinson es la fluidez de sus diálogos y la naturalidad de sus gestos y tics nerviosos, que construyen un personaje inquietante recubierto de ternura.

The Rover explora en su mundo postapocalíptico todos esos elementos que sostienen la economía del mundo actual y que resultan absurdos. Lo son cuando la única forma de sobrevivir es luchar al margen de la ley, pero también lo son en el marco presente de las estructuras sociales que dominan las urbes como, por ejemplo, la ficción del dinero (“¡Es sólo papel!”, reclama el personaje de Guy Pearce en una de las escenas).

El nihilismo que recubre la cinta reinterpreta el discurso del mundo después de su fin. En este escenario, The Rover presenta un cruce de caminos controlados por la militarización y la economía extranjera, en este caso el dólar estadounidense como única moneda de cambio aceptable. Atravesando dicho contexto, lo más trascendente de la cinta radica por supuesto en el conflicto humano de los personajes. Por un lado, la fuerza de un hombre que desea recuperar su automóvil a toda cosa (para realizar un ritual que se revela al final y que le devuelve su humanidad o que lo convierte en alguien aun más despiadado), y la transformación de un joven que no puede cuidarse solo en un mundo hostil, pero que aún tiene corazón para hablar sobre las posibilidades de la vida en el abismo de la destrucción humana.

Davo Valdés de la Campa (@Davovaldes)

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